Viendo: Fuerza Aérea S.A

El estreno de este documental provocó que el control del espacio aéreo argentino, hasta entonces gestionado por militares, fuese transferido a manos civiles. Tal fue la controversia generada por Enrique Piñeyro con esta película – denuncia en la que destapaba los mamoneos de un sistema corrupto, cuyos gerifaltes se tomaban la seguridad aérea casi a broma. Pese a tener más de diez años y estar circunscrito su argumento al ámbito de la Argentina, Fuerza Aérea S.A merece ser visto no ya por lo que cuenta, sino por cómo lo cuenta, con el capitalismo salvaje fomentando políticas que, en último término, derivan en corrupción para maximizar a toda costa el beneficio de gobiernos y empresas. Un latrocinio sin parangón, por cuanto afecta a un tema tan delicado como es el de la seguridad aérea, y con más implicaciones de las que parece incluso a escala planetaria: ni los países más desarrollados se han librado de normativas absurdas que anteponen la “eficacia” económica sobre todo lo demás, provocando catástrofes gravísimas. Enrique Piñeyro, un personaje fascinante que mencionamos hace tiempo escribiendo acerca de su película Whisky Romeo Zulu, sabe expresarse ante la cámara y articular la narración para captar todas las atenciones del espectador y que no despegue los ojos de la pantalla.

Viendo: Kagemusha

Los setenta fueron un autentico via crucis para Akira Kurosawa. Sus días de mayor popularidad como cineasta durante las dos décadas anteriores quedaban ya muy atrás en el tiempo, así como sus mejores películas. Muy necesitado de trabajo tras una mala racha, había aceptado participar en el rodaje de la mastodóntica coproducción bélica japo-yanki Tora Tora Tora!, de la que salió tarifando. Creyéndose acabado, intentó suicidarse y tuvo que marcharse nada menos que a la Unión Soviética para seguir haciendo cine. De vuelta a Japón, tuvo tantos problemas para obtener dinero con el que financiar su nuevo (y caro) proyecto, titulado Kagemusha, que acabó alquilando el plató para que una marca de whisky rodase spots en él. Por fortuna la década estaba cerca de concluir, y en estas conoció a Francis Ford Coppola y George Lucas durante una visita a Los Ángeles. Ambos eran grandes admiradores de Kurosawa, y siendo por aquel entonces los cineastas más poderosos e influyentes de Hollywood, convencieron a la 20th Century Fox para que cubriese el agujero presupuestario de Kagemusha a cambio de los derechos de distribución de la película fuera de Japón. Todos salieron ganando con el trato: Kagemusha fue un éxito rotundo en su país natal, donde se encumbró como el filme más taquillero de 1980; la fama de Coppola y Lucas, unida al hecho de que Japón y su cultura estaban muy de moda en todo el mundo, ayudaron a que la cinta captase la atención del público occidental redescubriendo a un cineasta que muchos no conocían, amén de la atracción de los medios y numerosos galardones, incluyendo la Palma de Oro en Cannes y dos nominaciones a los Óscar. Akira Kurosawa vio rehabilitado su prestigio, y todo junto le permitiría reunir más tarde los fondos necesarios para filmar Ran, su última gran epopeya localizada en el turbulento Japón de los samurai.

Whisky a go-go.

¿Y qué tal Kagemusha? Pues en líneas generales bastante bien, especialmente en la primera hora y media de las tres que dura. Luego se vuelve un tanto espesa, pero indudablemente estamos ante una película a revindicar, dado que cada vez la recuerda menos gente y apenas ha sido emitida por TV en los casi cuarenta años transcurridos desde su estreno, si bien hace poco fue maravillosamente reeditada en Blu Ray por Criterion.  En el plano artístico es una obra casi sublime. Kurosawa era un cineasta sumamente meticuloso, y se nota. La filmación llevó nueve meses, dos de los cuales se invirtieron en la espectacular batalla final, minuciosamente planificada como todo el film y que involucró a cientos de extras. Las actuaciones son correctas, ocasionalmente algo sobreactuadas siguiendo la tónica habitual en el cine japonés, pero logrando meter en harina al espectador especialmente en el caso de de Tatsuya Nakadai, un viejo conocido de Kurosawa que en cierta forma ocupó el lugar del incomparable Toshiro Mifune como actor fetiche del realizador al protagonizar esta película y la posterior Ran, dando credibilidad a un papel difícil que, aunque no lo parezca, está inspirado en un personaje real: Takeda Shingen fue un auténtico señor de la guerra del siglo XVI, cuya legendaria vida le convertiría en una figura de gran arraigo en la cultura popular nipona. La película arranca cuando el hermano de Shingen encuentra por casualidad a un hombre casi idéntico al Gran Señor y al que iban a ejecutar por ladrón, decidiendo librarle de la muerte a cambio de que se deje instruir como kagemusha (doble) para suplantar a Shingen en ocasiones especiales. Los problemas llegan cuando Shingen muere y el ladronzuelo se ve obligado a ejercer como doble a tiempo completo.

Viendo: Alerta máxima

La consagración de Steven Seagal como estrella del cine de acción llegó con esta descarada copia de Jungla de Cristal, que rebasó la barrera de los ciento cincuenta millones de dólares recaudados en muy poco tiempo. Nuestro aikidoka favorito “interpreta” a Casey Ryback, antiguo soldado de élite método a cocinero (?) que se ve involucrado en el secuestro del acorazado Missouri por una cuadrilla de facinerosos liderada por Tommy Lee Jones. Lo demás es fácil de imaginar. El cotarro lo dirige Andrew Davis, quien ya había colaborado anteriormente con Seagal y tenía un prestigio más que aceptable en estos saraos. Eso y el mencionado éxito de la película le permitiría acceder a retos de mayor enjundia, alcanzando la fama solo un año más tarde como director de El fugitivo, colaborando de nuevo con Tommy Lee Jones y brindándole el primer Oscar de su carrera.

Ambos son los principales responsables de que esta Alerta máxima (Under siege, bajo asedio en el original) merezca ser vista, el primero con su buen trabajo tras la cámara y el segundo como clásico malo pasado mil veces de rosca, aunque tampoco hay que descartar escenas que ya han pasado a los anales como la de Erika Eleniak emergiendo de una tarta de cumpleaños. Pero por encima de todo están los detalles que ponen a este filme al nivel de una comedia involuntaria y que lo hacen francamente divertido. El gran Carlos Pumares lo explicaba hace un montón de años en un cachondo vídeo publicado en el canal de cine que tenía en Terra Networks, hoy lamentablemente desaparecido junto con todo su material. En aquel vídeo, titulado “Alerta máxima con Alerta máxima”, Pumares ponía al descubierto, con su mordacidad habitual, cómo durante la película mueren más terroristas de los que inicialmente secuestran el barco…  

Viendo: Con Air

Sabes que es una gilipollez. Sabes que como película es una puñetera mierda (dirigida por un publicista con ínfulas metido a cineasta, y se nota). Y sin embargo tiene ese “algo” imposible de describir, típico del cine de acción chorra como este, que hace imposible dejarla a un lado cada vez que la echan por la tele. Porque sí, Con Air es una mierda, pero una mierda divertida. Y lo es sobre todo gracias a los actores, plenamente conscientes de dónde se han metido y que saben que están ahí para divertirse, no para componer papeles de Oscar. El que más John Malkovich, gran estrella de la función junto a Nicholas Cage y a quien acaba dando sopas con ondas. A base de “dejarse llevar” hasta pasarse de rosca varios pueblos, Malkovich da vida a uno de los malos más carismáticos del cine contemporáneo.

¡Cyrus the Virus! Repito: ¡Cyrus THE VIRUS!. ¿Mola o no mola?

La película, por lo demás, no es gran cosa. Enésimo clon de Jungla de cristal, en el que un hombre aparentemente vulgar acaba sin querer en el lugar y momento equivocados. En este caso se trata de Cameron Poe, un exconvicto recién salido de la cárcel al que, para trasladar a su casa y reunirlo con su familia, meten en un avión con algunos de los presos más peligrosos de América (así, porque al guionista le sale del nabo). Estos, por supuesto, tienen planeado algo muy distinto del tranquilo paseo que les ha organizado el Gobierno. Una mamarrachada absolutamente delirante pero que, como no se toma en serio a sí misma en ningún momento, acaba hasta enganchando y todo.

Aplausos o abucheos: Starship Troopers

Paul Verhoeven ha comentado en alguna ocasión que, aunque Showgirls fue la película que torpedeó su carrera en Estados Unidos, realmente fue Starship Troopers la que acabó hundiéndola: por primera y única vez en su vida, el director holandés contó con cien millones de dólares para afrontar un rodaje, lo que a finales de los 90 era una pastizarra enorme. En los cines recaudó 120, y si tenemos en cuenta que, como norma general, una película debe recaudar al menos el doble de su presupuesto para empezar a ser rentable, podemos hacernos una idea del fiasco que supuso.

Elegidos para el fracaso.

Los últimos años de Verhoeven en Norteamérica parecen tocados por una especie de mal fario, y es una lástima. Es verdad que Showgirls era mala, pero acabó ganando un dineral gracias al vídeo y al DVD (no hace falta comentar los motivos); la suerte de Starship Troopers fue mucho más inmerecida porque para empezar está realmente bien y como entretenimiento funciona a las mil maravillas. Pero su mensaje fue malinterpretado por los críticos y el público, que la tacharon de ser como Sensación de Vivir con marcianos y de panfleto fascista, cuando en realidad era todo lo contrario. Basada en una novela de serie B, publicada durante la efervescencia anticomunista del macarthismo y los avistamientos OVNI que salpicaban continuamente los noticieros americanos (reflejados a su vez en el cine, por supuesto), Starship Troopers arremete sin contemplaciones contra las sociedades totalitarias y militarizadas, satirizando la manipulación que convierte al individuo, perversamente alienado e idiotizado desde la escuela, en simple peón al servicio de las castas dirigentes, quienes no dudan en sacrificarlo en función de sus propios intereses, algo que se acepta de buen grado además. Exactamente el retrato de nuestra sociedad actual tras el 11S y la guerra de Irak. Y ahí reside, tal vez, el mayor acierto de Starship Troopers: puedes disfrutarla como simple entretenimiento juvenil, con sus protas guaperas, sus batallas especiales y sus riadas de bichos, recreados mediante una exhibición de espléndidos efectos especiales; pero al mismo tiempo esconde una lectura entre líneas cargada de mala baba y que sutilmente se adivina, por ejemplo, en algunas frases del guión completamente demoledoras.

Hay quien sostiene que si Starship Troopers se hubiese estrenado durante el mandato de este gañán, la película habría sido un rotundo éxito. Y no por lo que muchos creen que ensalza.

Insisto pues en que lo ocurrido a Verhoeven durante sus últimos años en Hollywood fue una lastima. Y eso que con Starship Troopers, consciente de lo que se jugaba, quiso ir a lo seguro volviendo a contar con parte del equipo que le había arropado en RoboCop y Desafío total. El guionista Edward Neumeier incluso le hizo algunos guiños a la primera película (esos bizarros insertos publicitarios), pero todo fue inútil. Al director holandés le acabo pesando tanto que, pese al éxito de El hombre sin sombra en 2000, decidió regresar a Europa de todos modos, harto de un Hollywood cada vez más reaccionario en lo moral y cortoplacista en lo económico. Paradójicamente Starship Troopers no tardó en convertirse en un clásico, origen de una franquicia que ha dado mucho dinero; pero en una sociedad como la nuestra, todo lo que no es un pelotazo instantáneo se convierte de inmediato en un fracaso. Una estupidez convertida en axioma potencialmente letal, y que se ha cebado especialmente con el cine. Hoy día, cualquier película que no alcanza lo más alto de la taquilla en el primer fin de semana es un desastre. En el colmo del absurdo, hay películas que han sido catalogadas de “fracaso” semanas o incluso meses antes de su estreno. En tales circunstancias, es lógico que quienes aún piensan con la cabeza como Verhoeven renieguen del cine. De lo que ha sido su vida desde que tienen uso de razón. Es una situación que solo presagia la muerte del que un día se denominó “séptimo arte”, larvada desde dentro por aquellos que dicen defenderlo. Porque los enemigos del cine están dentro de él.

Versión 2.0 de la tradicional disección de la rana en el insti.

Por último, una petición expresa: no me sean cicateros y huyan de las descargas por Internet. No solo porque Starship Troopers merezca disfrutarse con una imagen en condiciones ante su espectacularidad visual, sino porque además los extras contenidos en las mejores ediciones en DVD o Blu Ray valen incluso más que la propia película, que ya es decir. Es el caso de los comentarios de Paul Verhoeven y su equipo, que explican numerosas interioridades del rodaje, hechos curiosos y anécdotas muy divertidas. Como por ejemplo los silbidos e insultos que el personaje de Denise Richards recibía en los pases previos al estreno, llamándola “zorra” y pidiendo a Verhoeven que la matase cambiando el final.

Dina Meyer mostrando sus dos talentos: según el director “su magnética personalidad y un sentido del humor realmente perverso”. ¿Qué esperabais, marranos?

Resultado: Está más que claro.

Ficha en la IMDB.

Viendo: Cocodrilo Dundee

Enésima versión de Tarzán en Nueva York, en la que un infraser procedente de algún país subdesarrollado (cualquiera que no son los Estados Unidos), llega a la ciudad de los rascacielos para servir como atracción de feria a una juntaletras con ínfulas que cree que tiene talento, pero que si trabaja en algo que no sea fregar platos es más que nada porque está buena y gracias a eso se acuesta con su editor. Lo crean o no, semejante parida llegó a estar nominada al Óscar al mejor guión (!), y tuvo tanto éxito que poco después disfrutó una secuela (bastante inferior) que se hacía eco de la “guerra contra las drogas” orquestada por Ronald Reagan para quitar de en medio a los desarrapados del neoliberalismo que afeaban su ideal de América. El que más ganó con la película fue sin duda Paul Hogan, que durante el rodaje conoció a la que actualmente es su mujer Linda Kozlowski, (para casarse con ella abandonó a la que había sido su esposa durante treinta años), y lleva viviendo del personaje desde entonces. Dan fe de ello su aparición caracterizado de “Cocodrilo” durante la clausura de los JJ.OO. de Sydney y una nueva secuela estrenada en 2001, aunque últimamente se le ha recordado más por sus problemas con el fisco australiano, que le llevó a juicio reclamándole un dineral por evasión de impuestos.

Imagen alegórica de la lucha de Paul Hogan contra la Hacienda Aussie.

Por qué querer gustar a todos es catastrófico

En Estados Unidos ya no se hacen películas. Todo el mundo quiere ser correcto, contentar a todos y no molestar. Pero a mí ya no me importa: me da igual si una cosa es correcta o incorrecta. No pienso autocensurarme en ningún momento. Si a mi intuición le parece bien, a mí también. Pero algo ha pasado en Estados Unidos: todo lleva el sello PG (calificación por edades) y las películas “para todas las edades” son las más inanes. Lo que se pretende es que todo el mundo vea todo y eso ha llevado a una catástrofe capitalista.

Hay mucho que decir sobre el capitalismo, lo sé, pero en el cine en particular ha llevado a la industria a un sin sentido. Si todo lo que haces en una película tiene que estar absolutamente presupuestado y tiene que ver con el dinero porque puedes perder a un sector de público u otro, no queda sitio para el arte. Y esto que te cuento es la norma allí: de todo se tiene que sacar provecho económico. Absolutamente de todo.

(Paul Verhoeven).

La importancia de la geometría en el cine

En teoría, hacer cine es muy fácil: basta con agarrar un móvil (o antes una cámara Súper-8) y darle al botón de grabar. Pero a la hora de la verdad, el cine entendido como profesión puede llegar a ser algo mucho más complicado. A fin de lograr el objetivo último que ha de perseguir toda película, que es llamar la atención del espectador que paga por plantar el culo en la butaca, entra en liza hasta la psicología, con detalles tan sutiles que rara vez llegamos a fijarnos en ellos conscientemente. Un ejemplo es el que ilustra el siguiente vídeo, que además de estupendo lleva subtítulos para aquellos que no entiendan inglés.

Viendo: RoboCop

Paul Verhoeven ya era conocido en Estados Unidos cuando, durante los años setenta, la lió parda siguiendo una fórmula magistral que podríamos denominar “sexo + violencia = éxito asegurado”. Una fórmula que, no por sobradamente conocida a esas alturas, había que saber aplicar y que Verhoeven, un buen director, supo aplicar para, con películas como Delicias turcas (nominada al Óscar) o Eric, oficial de la reina, hacer carrera desde su Holanda natal llamando la atención al otro lado del charco. El salto a Norteamérica estaba cantado y llegó en 1985 con Los señores del acero, aunque fue un salto “a medias” porque se rodó en régimen de coproducción con Holanda y España. RoboCop sería su primera película cien por cien yanki, dos años más tarde, y pese a todo lo que había logrado anteriormente, los productores que confiaron en él lo hicieron desde la prudencia: poca gente recuerda que RoboCop se planteó como una serie B de bajo presupuesto fácil de amortizar especialmente en el mercado de los videoclubes, donde esta clase de películas siempre eran recibidas con los brazos abiertos.

RoboCop superó todas las expectativas puestas en ella, convirtiéndose en un clásico instantáneo y compensando con ello los mil padecimientos que el modesto Peter Weller tuvo que soportar durante el rodaje, alcanzado de paso la cima de su carrera. Para hacerse una idea de lo que supuso, baste decir que aguantó un año entero en las carteleras de muchas salas de grandes ciudades. En 1990 Canal+ España inauguró oficialmente sus emisiones con RoboCop, utilizándola como reclamo para captar abonados con un éxito rotundo. Y cuando al fin la película pasó a distribuirse en vídeo un par de años antes, era tal el ansia del público por comprarla o alquilarla que resultó casi imposible de conseguir, pudiendo mi hermano pequeño y yo disfrutar la sensación de “emprender” tal como se dice en la España de hoy al hecho de ganar dinero a costa de los demás, aprovechándose de su necesidad: cobrando a amigos y compañeros de colegio por ver la película en nuestra casa.

Y a todo esto, ¿qué tal la película? La pregunta casi se responde sola. RoboCop continúa siendo una maravilla, además de entretenidísima, gozando de plena vigencia sobre todo en el actual contexto socioeconómico de este miserable inicio de siglo XXI; un contexto perfectamente extrapolable a lo que se ve en la pantalla (a esto en la IMDB lo llaman “distopía futurista”, con dos cojones). No hace falta decir más, sólo disfrutar de esta auténtica joya.

1 2 3 39