Viendo: Hellraiser

El inglés Clive Barker (Liverpool, 1952) era un escritor de novelas de terror licenciado en Arte y Literatura que se decidió a dirigir cine tras el desencanto que le produjeron las dos primeras películas basadas en su obra, para las que había cedido los derechos y escrito el guión. Pese a no tener ni idea de cómo rodar, algo que admitía sin redaños, logró reunir un millón de dólares americanos (lo que en 1986 ya era una suma ridícula), y con la tontería dio a luz uno de los mayores clásicos en la historia reciente del cine de terror, recaudando más de veinte millones de dólares sólo en cines y dando pie a una saga que todavía hoy continúa. En su día, la crítica se cebó con un trabajo adolecido por todos los males que típicamente afectaban a esta clase de filmes de serie B, que además tuvo que ser censurado para superar el filtro de la repugnante MPAA estadounidense. Pero aun siendo consciente de ellos no se puede negar el empeño y la voluntad de Clive Barker en su intento de ofrecer un producto lo mejor posible, caracterizado por unos efectos especiales bastante bien resueltos pese a ser de saldo y unos malos (los famosos cenobitas) realmente atractivos y hasta carismáticos. Llama la atención la presencia de Andrew Robinson, el malvado Scorpio de Harry el Sucio, interpretando un papel diametralmente opuesto como aprensivo marido calzonazos de la pérfida Clare Higgins, una de las actrices más respetadas del panorama teatral británico.

Viendo: Pacto de sangre

Una de esas películas que sólo se explican como producto de la época en que se filmaron, como consecuencia de la revolución conservadora vivida en Estados Unidos durante la presidencia de Ronald Reagan. La infantilización cultural derivada de esa “revolución” que pretendía retrotraer al país a los años cincuenta de la mano de un gobernante pacato e iletrado como pocos pero al mismo tiempo profundamente inmoral, en cruel ironía con los valores que pretendía hacer tragar a los demás, trajo cambios radicales al cine y se cebó especialmente con él, convertido en medio de propaganda del nuevo régimen dominante: la preocupación por las buenas historias y guiones fue sustituida por el puro show bussines, espectáculo por y para descerebrados que, paralelamente al desarrollo tecnológico, impulsó la industria de los efectos especiales convirtiendo a sus responsables en estrellas a la altura de las más populares del firmamento cinematográfico.

Stan Winston era una de ellas. Especialista en dar vida a toda suerte de pavorosas criaturas en películas como La cosa, Terminator o Depredador, eso le permitiría llegar a director debutando en 1988 con esta Pacto de sangre, que por contra a lo que cabría esperar por ser lo habitual en el cine de terror durante esa época, no está basada en un relato de Stephen King sino en un poema escrito por un tal Ed Justin. Como no podía ser de otra forma, Winston se encargó también de los efectos relativos al espeluznante monstruo que aparece en la película, que cuenta además con el atractivo de la presencia del conocido Lance Henrriksen como protagonista. El actor interpreta a un modesto comerciante rural, cuyo hijo fallece atropellado accidentalmente por un grupo de chavales pijos de ciudad que se da a la fuga. Cegado por sus deseos de venganza, acude a una enigmática bruja para que le ayude a contactar con un ser de ultratumba al que los lugareños conocen como Pumpkinhead (cabeza de calabaza) y firmar un demoníaco pacto con él sin importar el precio ni las consecuencias.

Viendo: Por favor, maten a mi mujer

Sam Stone y su mujer Brenda forman un matrimonio aparentemente idílico. Ambos disfrutan de éxito en la vida, él como empresario encargado de gestionar los negocios de su confiada esposa, una célebre diseñadora de modas dueña de una gran fortuna por la que finge beber los vientos. En realidad, Sam odia a Brenda tanto como para planear su muerte y quedarse con todo su dinero. Un día Brenda es secuestrada por una ingenua pareja que cree haber sido estafada por la mujer, y exige a Sam un cuantioso rescate a cambio de no cargársela…

Aunque ya por entonces era un veterano curtido, Danny de Vito sólo logró alcanzar la fama con su aparición en Tras el Corazón Verde (1984), que funcionó estupendamente en taquilla. Bendecido por su nueva condición de estrella de Hollywood, de Vito decidió aceptar un papel que le iba como anillo al dedo en esta comedia repleta de caras familiares en el cine de la época. Judge Reinhold venía de participar en Superdetective en Hollywood tras dar el salto desde la televisión, formato en el que se había hecho célebre gracias a la serie Juzgado de guardia. Por su parte, Helen Slater se había pegado el batacazo con Supergirl pero, guapísima, aún conservaba tirón especialmente entre el público joven. Bette Midler no necesita presentación, mientras que a Bill Pullman todavía le faltaban unos años para convertirse en presidente de Estados Unidos. Bajo de la dirección de los responsables de Aterriza como puedas y con el respaldo de una banda sonora de lujo encabezada por Mick Jagger, la película gozó de los atractivos suficientes como para dar réditos pese a no entregar todo lo que tal vez podría esperarse de ella, especialmente a la vista del irónico título original: Gente implacable. En realidad el título es lo único con verdadera mala leche: la película es más que una inocente comedia familiar, algo irregular aunque con algunos tramos brillantes, y en la que Danny de Vito es quien realmente justifica verla gracias a un personaje que borda.

Viendo: La gran evasión

Clásico indiscutible del cine bélico. Partiendo de una historia real sobre la fuga masiva protagonizada por un grupo de soldados presos en un campo de concentración nazi, el escritor y guionista James Clavell (quien a su vez había estado preso en un campo de concentración japonés durante la guerra) escribió un guión que daría pie a una película magistral, bendecida por un director en estado de gracia como John Sturgess, un grupo de protagonistas carismáticos encabezados por Steve McQueen, y una banda sonora de lujo obra de Elmer Bernstein. Poco más hay que decir sobre un filme que contiene una de las escenas de acción más famosas de todos los tiempos: la de McQueen dándose a la fuga a lomos de una motocicleta y en la que termina saltando con ella sobre una alambrada, aunque en esta última parte el actor fuese doblado por el legendario Yakima Canutt (conocido como el mejor especialista de cine de la historia) para evitar riesgos.

Viendo: Ruta suicida

Una de esas películas que Clint Eastwood acostumbraba a facturar con la idea de sacar cuartos con los que luego financiarse proyectos más arriesgados. Estamos pues ante un filme marcadamente comercial que en principio iban a protagonizar Steve McQueenBarbara Streisand, pero se llevaban tan mal que Eastwood optó finalmente por coger el toro por los cuernos protagonizándola él mismo en compañía de su pareja, Sondra Locke, quien aprovechó para lucir palmito (y algo más) con una cinta hoy considerada “menor” y lastrada por un rodaje que acabó saliéndose del presupuesto. El gasto en balas, supongo, porque aquí hay balas a porrillo sobre todo durante la escena final, que da título a la película tanto en inglés (The Gauntlet) como en castellano (aunque la traducción sea algo sui generis) y resulta ciertamente absurda al punto de casi cargarse la peli entera. Del resto, sin ser la quinta maravilla por simplona y arquetípica, tampoco se puede decir que esté mal del todo: “una de acción” bastante apañada para una tarde, en la que Eastwood, marcado entonces por el éxito de Harry el Sucio, da vida de nuevo a un antihéroe enrolado en las fuerzas del orden al estilo de Harry Callahan, pero esta vez en cutre: un policía de poca monta al que le encargan la custodia de “un testigo sin importancia para un juicio sin importancia” que resulta ser mucho más de lo que parece.

Viendo: Doce del patíbulo

Una de las grandes películas bélicas de la historia, rodada en el punto álgido de la moda que había impulsado la popularidad del género tras la Segunda Guerra Mundial, y que paradójicamente estaba ideada como simple producto alimenticio para las estrellas que conformaban el reparto empezando por Lee Marvin, “segundo plato” para un papel que había rechazado John Wayne. Su convencimiento de estar rodando una mierda de película era tal que el alcoholismo que padecía se agravó, cabreando a todo el equipo. Basándose en una novela de medio pelo, el director Robert Aldrich aprovechó la creciente impopularidad de la Guerra de Vietnam para presentar The Dirty Dozen como un alegato antibelicista: los protagonistas están lejos de ser los héroes habituales del cine bélico. Son lo peor del ejército, chusma que no vacila en cometer actos de violencia tales como asesinar a una chica por puro placer. Por ello la cinta levantó ampollas entre ciertos sectores, que la tacharon de “revisionista” en el sentido peyorativo del término pero no evitaron el elogio de la crítica ni el apoyo masivo del público. Porque al contrario de lo que Lee Marvin esperaba, Doce del patíbulo quedó bastante bien y llega mucho más allá de la que era su intención original, puramente mercantilista con la idea de poner culos en las butacas por encima de todo. Transcurridas cinco décadas desde su estreno aún constituye un entretenimiento formidable, lleno de ritmo y bendecido por un reparto en estado de gracia que brinda escenas memorables de principio a fin, como la presentación de los personajes en la cárcel o toda la parte de las maniobras divisionarias. Una joya.

Alegoría de un suicidio

En este caso artístico:

En 1978, nadie hubiese imaginado que esta famosa secuencia de El cazador acabaría representando el destino del propio Michael Cimino, que llevaba demasiado tiempo jugando a la ruleta rusa (la gestación de esta película constituyó una odisea en sí misma) y acabó como tenía que acabar. Porque ciertamente no podía acabar de otro modo… 

Viendo: El coloso en llamas

La consagración del llamado cine de catástrofes. En 1972 el productor Irwin Allen y el director John Guillermin lograron un sonado éxito con La aventura del Poseidón, y decidieron que en adelante calcarían una fórmula magistral que parecía inagotable, basada en la utilización de grandes dispendios presupuestarios y la contratación de un reparto plagado de nombres famosos para obtener un producto sensacional (en el sentido sensacionalista del término), en el fondo bastante simple especialmente por su argumento, siempre idéntico: grupo de personas en un lugar X (preferentemente cerrado) sometido a toda clase de perrerías por culpa de un suceso catastrófico repentino e inesperado, que les pondrá a prueba y se cepillará a unos cuantos mientras tanto para solaz del respetable.

Eso es The Towering Inferno, ni más ni menos, cuyo éxito superó al de Poseidón no sólo aupándose a la cima de la taquilla mundial en 1974, sino también aglutinando hasta siete nominaciones al Oscar (incluyendo Mejor Película) y ganando tres, convirtiendo definitivamente al cine de catástrofes en género propio. Basada en dos novelas de medio pelo con idéntica temática, una adquirida por la Fox y otra por el propio Irwin Allen, volvía a demostrar que las películas suelen reflejar el momento en que se filman: al inicio de los años setenta la construcción de rascacielos estaba de moda en Estados Unidos y el futuro vaticinaba un rosario de megaconstrucciones verticales diseminadas por todo el país, lo que hizo que algunos pusiesen en duda su seguridad ante casos como el de un incendio, que los convertiría en ratoneras mortales. Dinero a la vista para los dueños del cotarro cinematográfico y más en concreto para Irwin Allen, que ante la posibilidad de tener que competir con su producto contra otro idéntico y perder pasta, negoció hasta conseguir por vez primera que dos majors de Hollywood (Fox y la Warner) se uniesen para financiar una película y repartirse los beneficios. Una vez sellado el acuerdo sólo quedaba tirar de la abundante chequera conjunta disponible para construir hasta 57 decorados, conjugarlos con una buena ración de los mejores efectos especiales y contratar una constelación de estrellas dispuestas a lucir palmito, con dos de las más populares compartiendo cabeza de cartel, sueldo y hasta líneas de diálogo en el guión para evitar suspicacias de ego, si bien Paul Newman, un hombre discreto que para nada gustaba de rodearse con la aureola propia de una estrella de cine, acabaría un poco hasta las narices de Steve McQueen y sus ganas de figurar imponiéndose a toda costa frente a su compañero.

Sale hasta O.J. Simpson, antes de convertirse en protagonista de su propia película.

Pero dejemos ya las trivialidades recopiladas de la IMDB y pasemos a juzgar una película que fue clásico del cine de evasión y pasto habitual de emisiones televisivas durante años. Con sus casi tres horas de duración, El coloso en llamas se hace un pelín larga, pero continúa siendo un entretenimiento de primera fila especialmente en su primera mitad, utilizada en estos saraos para presentar al numeroso reparto e impulsar la trama gracias a la catástrofe de turno. Teniendo en cuenta el peso de los efectos especiales en esta clase de superproducciones y los catorce millones de dólares gastados en su día, las más de cuatro décadas transcurridas desde el estreno no pesan demasiado en el aspecto técnico, que aún se mantiene digno y permite esconder las carencias de lo que no es sino un entretenimiento burdo y directo con un guión poco trabajado, habitual en filmes como este, cuyos responsables únicamente pretendían llenar sus bolsillos apelando al morbo de los espectadores, cubriéndolo todo con buenas dosis de espectáculo. En este caso no hace falta mencionar que alcanzaron su objetivo con creces.

Homenaje a Carlo Pedersoli

O más en concreto a Bud Spencer, el nombre ficticio por el que todo el mundo lo conocía. Quizá sea este el momento oportuno para rendirle tributo, una vez ha pasado la vorágine tras su fallecimiento a los 86 años y el muerto está bien enterrado (en resumen, olvidado) en el cortoplacista cerebro de quienes buscan molarse en las redes sociales aprovechando sucesos como este.

“Con tal de perder de vista a Silvio Berlusconi, lo que sea”.

Ya en un tono algo menos tocapelotas, la muerte de Carlo Pedersoli, no por esperada en cierta medida (¡que ya era muy mayor, oigan!) deja de ser un hecho obviamente triste. Más aún tratándose de un gigantón entrañable que nunca se vio a sí mismo como un buen actor, pero que tuvo la suerte de acertar con un par de proyectos hechos a su medida (y a la de su eterno compañero Terence Hill) en un momento glorioso para el cine italiano más palomitero, algo que ya cité de soslayo comentando un divertidísimo doble LP recopilatorio con canciones aparecidas en las 19 películas que protagonizaron juntos. En cuanto a las películas cada cual tiene sus favoritas, y aunque muchos citen Y si no, nos enfadamos como su obra cumbre, para mí fueron tres los puntales indiscutibles de su filmografía: Le llamaban Trinidad, Par – Impar y Dos súper dos, que para 1982 ya les pillaba algo mayores y marcaría el inicio de su decadencia una vez agotada la fórmula ganadora que durante más de 10 años les había mantenido en lo más alto.

Total, que el actor cuyo nombre le habría encantado al mismísimo Spencer Tracy, por aquello de unir a su apellido la que era su afición preferida (la bebida), nos deja un legado que va más allá de las innumerables tardes viendo sus pelis en la TV, el vídeo o incluso el cine (servidor aprovechó una retrospectiva organizada en el Cine Doré de Madrid para ponerse las botas). Spencer  – Pedersoli, además de ser el primer nadador italiano en bajar del minuto en los cien metros libres y de participar en dos Juegos Olímpicos, era también licenciado en Derecho, piloto de aviación y exitoso hombre de negocios. Nos lo cuentan en este reportaje emitido por el programa de Euskal Telebista La noche de con motivo del ochenta cumpleaños del tito Bud. Destilando mucha simpatía, como no podía ser de otro modo.

Oyendo: The Shining (Wendy Carlos & various artists)

Segunda vez que comento un trabajo de Wendy Carlos para el cine, destinado como el anterior a una peli de Kubrick, y junto al anterior quizá el más popular si bien, y curiosamente, ella apenas participa en la BSO: tan solo un par de los cortes que la integran son suyos, creados además en colaboración con su gran amiga Rachel Elkind. El resto forman parte de una selección realizada por el propio Kubrick (siguiendo la costumbre habitual en él), procedente de una amalgama de autores entre los que figuran Gyorgy Ligeti, Bela Bartok o el compositor polaco Krzysztof Penderecki. Digamos también que esta entrada constituye mi homenaje particular al colectivo LGTB en estos días de reivindicación para su causa, al tiempo que podría servir de contestación a una ralea de seres mongólicos que no solo mancillan la capacidad humana para plasmar sus pensamientos utilizando la escritura, sino que encima gozan de una visibilidad pública inmerecida. ¡Un saludo al editor responsable de esta lumbrera y al director de Diario de Ferrol, quien por supuesto ahora proclama no ser responsable de sus subordinados!

Durante los años setenta, la aportación de Wendy Carlos sería fundamental para entender la evolución de la música contemporánea. Nacida como hombre en 1939 con el nombre de Walter, Carlos empezó a revelar desde muy joven su prodigiosa habilidad para la música, las artes gráficas y las ciencias, llegando a ganar un premio a los catorce años por el diseño de un ordenador casero. Antes de cumplir la mayoría de edad ya había construido un estudio de grabación completo y compaginaba estudios de música y física en la universidad, pero el momento clave de su vida profesional llegaría cuando en 1966 conoció al ingeniero Robert Moog y empezó a trabajar en un prototipo de sintetizador con el que grabó un disco que revolucionaría el panorama musical del momento. Switched on Bach triunfó comercialmente y ganó tres premios Grammy, abriendo a Carlos las puertas de la fama.

Pese a lo escaso de su aportación, The Shining es probablemente la obra cumbre de Wendy Carlos para el cine. Comparada con su anterior trabajo para Kubrick en La naranja mecánica, ha envejecido bastante mejor. Los casi diez años transcurridos entre ambas bandas sonoras se notan, y el progreso tecnológico permite una integración mucho mejor de los sintetizadores en el conjunto de la música, cuyo sonido es más natural y no chirría tanto. El argumento de la propia película también colabora: aquí no existe una distropía futurista protagonizada por un tarado fan de Ludwig Van y se encuentra mucho más circunscrito a las tradiciones del cine (de terror, en este caso), lo que paradójicamente permite a Carlos ser más innovadora y expresarse con mayor libertad para crear una serie de melodías que aún hoy conservan toda su perturbadora (que no perturbada) esencia. Es el caso del tema que acompaña a los créditos iniciales, inspirado en una antigua melodía medieval sobre el fin del mundo, que sigue siendo un señor temazo, además de plenamente actual. Prueben a imaginárselo sonando durante alguna de esas absurdas charlas motivacionales que tanto se estilan hoy en el mundo laboral, y ya verán lo que es el verdadero TERROR.

¡Aquí está Jack! ¡Y os despedirá a todos si no cumplís vuestra cuota!

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