Aplausos o abucheos: Nicolás y Alejandra

La carrera del director Franklin Shaffner no destaca por su extensión ni por su regularidad, pero sí por el cúmulo de casualidades que condicionaron su vida hacia derroteros que ni él mismo había imaginado. Nacido en Tokio de padres misioneros, iba para abogado cuando la Segunda Guerra Mundial se cruzó en su camino, siendo reclutado para combatir en Europa y más tarde en Asia. Una vez licenciado, y considerando que ya era tarde para acabar sus estudios y ejercer Derecho, la casualidad quiso que encontrase trabajo en la naciente televisión, donde a partir de los años cincuenta reveló un talento innegable como realizador. A partir de 1960 empezó a dirigir cine sin llamar mucho la atención hasta que la casualidad, una vez más, quiso que en 1968 se encargase de El planeta de los simios, un colosal éxito de crítica y de público que le puso en la nómina de los grandes directores de Hollywood. Fue el inicio de una época corta pero gloriosa, refrendada dos años más tarde con Patton, la película que le hizo tocar el cielo con los dedos. Cubierto repentinamente con la aureola del triunfador, del rey Midas que convierte en oro todo lo que toca, el productor Sam Spiegel se fijó en Shaffner y le convenció para ponerse al frente de otra biografía, pero radicalmente distinta a la del belicoso general yanki.

Porque si en Patton Shaffner retrataba a un héroe de guerra que pese a ciertos “defectillos” era respetado hasta por sus enemigos más feroces, en Nicolás y Alejandra nos introducía en una de las figuras históricas más trágicas de siglo XX: la de Nikolai Alexandrovich Romanov, más conocido como Nicolás II, último zar de todas las Rusias, cuyo reinado de casi veintitrés años estuvo marcado por el infortunio desde el mismo momento de su entronización. Spiegel llevaba años barruntando la idea de convertir la historia en un largometraje basándose en una novela escrita por Robert K. Massie. Avaro y trapacero, como bien atestiguaba David Lean tras haber trabajado con él en multitud de ocasiones, incluso pensó en hacerlo sin pagar los derechos del libro considerando que los hechos que narraba eran de dominio público, pero finalmente llegó a un acuerdo con el novelista y pudo encargar un guión a James Goldman, quien no se cortó un pelo a la hora de retratar a Nicolás II más o menos como lo que era: un personaje inepto y pusilánime cuyos enormes errores terminaron provocando su propio derrocamiento y el advenimiento de la Unión Soviética (personificada en un Lenin sediento de poder y dispuesto a cualquier cosa para obtenerlo), acabando abruptamente con una dinastía que había gobernado el enorme imperio ruso durante trescientos años.

En Nicolás y Alejandra los personajes se mueven en un entorno cuidado hasta el último detalle, con un diseño de producción y un vestuario realmente sobresalientes a pesar de los recortes impuestos por Columbia Pictures, que deseosa de atar en corto a Sam Spiegel acabó dándole a probar su propia medicina. Si a esto le unimos que la caracterización de los actores (sobre todo los principales) está particularmente conseguida, el resultado es que el espectador tiene la sensación de ser testigo directo de la decadencia de los zares. Además las interpretaciones son de una calidad muy notable, como corresponde a un elenco proveniente en su mayoría del teatro británico más prestigioso. Particularmente en el caso de Michael Jayston (Nicolás II), que ya desde el principio sabe transmitir las tachas de un hombre que carece por completo de la fortaleza necesaria para ser un buen gobernante, dominado por su manipuladora y en ocasiones neurótica esposa. La actriz Janet Suzman, estrella de la Royal Shakespeare Company, se encargó de darle vida en lo que suponía su debut en el cine, y lo hizo tan bien que hasta la nominaron a un Óscar. Son los puntos positivos de una cinta que quizás pueda hacerse algo larga para algunos (son tres horas de duración) y demasiado parecida a un culebrón, pero que va de menos a más y cuya mejor parte se reserva para la segunda mitad, a partir del momento en que Rusia entra en la I Guerra Mundial, cuando todas las incapacidades de aquel régimen enfermo y de su débil e inútil dirigente se nos muestran con toda su crudeza hasta la llegada del inevitable final.

Resultado: Aplausos. Con sabor a tragedia.

Ficha en la IMDB.

(Este artículo fue publicado inicialmente por Leo Rojo en COMPUTER-AGE.NET y se reedita con el permiso de su webmaster).

Aplausos o abucheos: Moteros tranquilos, toros salvajes

Documental de la BBC sobre la última etapa de esplendor de Hollywood, que acto seguido caería en una espiral decadente que durante los años siguientes solo se invertiría de forma puntual hasta llegar, por fin, a este siglo, con la antaño Meca del cine metida en una profunda sima de la que, casi seguro, ya no saldrá jamás. Porque como entretenimiento, e incluso como arte, el cine se ha visto desplazado por nuevas formas de ocio como los videojuegos. Solo en ciertos países como China continúa siendo un negocio verdaderamente rentable; un asunto sobre el ya comenté algo cuando le dediqué espacio al estreno de Keanu Reeves como director.

No es la primera vez (ni será la última) que menciono en esta web al Nuevo Hollywood, un movimiento que con los años ha adquirido tintes legendarios sobre todo teniendo en cuenta lo que vendría después de él. Al final de los años sesenta del siglo pasado, Hollywood se enfrentaba a una crisis parecida a la actual, con la televisión robándole un público que ya estaba harto del cine-espectáculo típico de entonces y al que la caja tonta le bastaba y sobraba. Al contrario que hoy, en vez de seguir explotando una vía agotada aumentando la dosis de espectáculo hueco y sin sentido, quienes sustituyeron a las momias que hasta entonces habían controlado los grandes estudios, jóvenes conscientes del grave problema que tenían entre manos, decidieron darle una oportunidad a una nueva generación de directores y guionistas influenciados por el cine europeo y su talante libertario. Su idea era atraer a la nueva estirpe de espectadores que estaba surgiendo al calor de corrientes contraculturales como el hippismo, iconoclastas y opuestas al orden establecido, que anteponían el realismo social al mero show circense. En resumen, cine de más calidad destinado a espectadores más adultos y con mayor inquietud intelectual, que son los que a la larga dejan más dinero en las salas. Como ocurre casi siempre, las mejores soluciones a cualquier dilema son aquellas que, por obvias, pasan totalmente desapercibidas, y este caso no sería la excepción. El problema llegó cuando los directores, creyéndose dioses, propiciaron una serie de fracasos que abrieron las puertas del cine a una nueva casta de dirigentes, más centrados en obtener beneficios monetarios a toda costa que en hacer buenas películas. La progresiva infantilización cultural que tuvo lugar a partir de la era Reagan y su “revolución conservadora” hizo el resto.

Basado en el aclamado (y extraordinario) libro de Peter Biskind, del cual toma prestado el título, Moteros tranquilos, toros salvajes es un documental brillante que resulta perfecto como introducción para quienes más adelante deseen encarar la lectura del texto de Biskind, obviamente más detallista en su narrativa pero, con todo, mucho más recomendable no sólo por lo que Biskind cuenta en él, sino por cómo lo cuenta gracias a su pluma certera y afilada, retratando sin cortapisas unos personajes y un mundo digamos “peculiares”. Centrándonos en el documental, éste explica con sencillez el intríngulis de un fenómeno excepcional, irrepetible no ya porque la muerte del cine es un hecho se pongan como se pongan quienes dicen defenderlo (en realidad sus enemigos, porque los verdaderos enemigos del cine están dentro de él). El creciente conservadurismo de la sociedad imposibilita cualquier movimiento transgresor a semejanza de aquel. A ello se unen los corsés impuestos a una industria cinematográfica que es más industria que nunca merced a los mercachifles que la controlan con mano de hierro, donde una película que no alcanza el número uno de la taquilla en su primer fin de semana es un fracaso. Personajes inconformistas y con talento como Warren Beatty, Peter Bogdanovich, Billy Friedkin o Francis Coppola fueron aplastados sin contemplaciones por ese gigante intangible tan de moda hoy, al que se denomina genéricamente como “los mercados”, y sustituidos como engranajes defectuosos por otros más apropiados a los nuevos intereses. Moteros tranquilos, toros salvajes relata la apasionante historia de un sueño que acabó en pesadilla. Siendo francos, no podía acabar de otro modo dadas las circunstancias políticas, económicas y sociales que lo fueron rodeando en el transcurso de su existencia, sellando con su final el destino de lo que una vez fue conocido como “séptimo arte”. Para tener una idea sobre la dimensión del cataclismo basta pensar en películas como Bonnie & Clyde, los Padrinos, Chinatown, Nashville, Apocalypse Now, Luna de Papel o El cazador (entre otras muchas), y en cómo fueron sustituidas tras el cambio de década por Rambos, Amaneceres rojos, slashers del tres al cuarto y tontunas subnormaloides con efectos especiales en vez de guión. Una vez los contables pusieron orden y expulsaron del redil a los díscolos, la suerte estaba echada.

Resultado: aplauso estruendoso.

Ficha en la IMDB.

El productor Robert Evans sobre su exmujer, Ali MacGraw: “Me miraba a mí y pensaba en la polla de Steve McQueen”. ¿De verdad alguien quiere perderse esto?

Aplausos o abucheos: Ran

Jamás he ocultado mi ciega admiración hacia Akira Kurosawa. Considerado como “el más occidental de los directores de cine japoneses” y habiendo sido un referente para cineastas de la talla de Sam Pekimpah o Sergio Leone, estoy convencido de que si este hombre hubiese nacido en Nueva York en lugar de en Tokio, hoy en día sería objeto de continua adoración como lo son Welles, Wilder o Ford. Ran pertenece a la llamada “etapa crepuscular” de Kurosawa, y se trata de uno de los largometrajes más injustamente olvidados de su trayectoria. Mientras que los fans del genio prefieren decantarse por sus películas clásicas como Rashomon o Los Siete Samurais, otros prefieren recordar cintas como Kagemusha o los Sueños más que nada porque fueron producidas por Lucas y Spielberg respectivamente. Ran apenas ha sido emitida por TV desde su estreno en 1985, y hasta hace poco había que recurrir al mercado de importación para conseguir el DVD de la película, pues eran muy pocos los países donde se comercializaba de manera oficial.

Los años 70 fueron muy difíciles para Kurosawa. Habiendo quedado atrás sus mejores años como cineasta, fue despedido del rodaje de Tora Tora Tora! (que iba a codirigir) por protestar reiteradamente contra una película que consideraba “maniquea e insultante” para el pueblo japonés. Con las puertas Hollywood cerradas a causa de aquello, arruinado por el estrepitoso fiasco de Dô desu ka den, y no habiendo nadie en su país dispuesto a financiarle un nuevo proyecto, el director cayó en una profunda depresión que le llevó a intentar suicidarse, salvando la vida en el último momento. Sin embargo tuvo que marcharse nada menos que a la URSS para encontrar trabajo. El resultado sería la más que notable Dersu Uzala.

Kurosawa soñaba con hacer Ran desde mediados de la década, pero tuvo que esperar cerca de ocho años hasta que el gerifalte de Canal+ y productor habitual de Buñuel, Serge Silberman, puso el dinero necesario para completar los 12 millones de dólares que costaría la película. Durante parte de ese tiempo, el realizador japonés se ocupó en dibujarla literalmente en un storyboard que hoy es considerado una verdadera obra de arte, habiendo sido expuesto en salas y galerías de todo el mundo. Una vez lograron reunir el dinero, Kurosawa y su equipo de producción sacaron partido hasta del último centavo. Viendo la película y conociendo detalles como que los 1.400 trajes que llevan actores y extras están TODOS hechos a mano (su confección llevó dos años a decenas de expertos), parece mentira que costase tan poco dinero. Para hacerse una idea de los costes, baste decir que Steven Spielberg rodó E.T. en 1982 concibiéndola como “una fantasía de bajo presupuesto” y se gastó 10 millones de dólares.

Uno de los impresionantes dibujos de Kurosawa para el storyboard de Ran.

Basada en la tragedia shakesperiana El Rey Lear, Kurosawa concibió Ran (en japonés Caos) como una obra de teatro filmada, y esa es la impresión que uno tiene al ver la cinta ante el (magistral) uso de la cámara fija y la ausencia casi total de primeros planos. El cineasta nipón demostró que seguía siendo un genio del cine a pesar de encontrarse casi al final de su carrera. De la perfección de su trabajo nos podemos dar cuenta viendo la sección de gazapos en la ficha de la peli que se encuentra en IMDB y comparar yendo acto seguido al mismo apartado en la ficha de, por ejemplo, Memorias de África (ganadora de 7 Oscar en ese año de 1985). Técnica y visualmente la película raya en ocasiones lo divino. Aquellos que consideren las cacareadas batallas de Braveheart el culmen de ese tipo de secuencias en una película, deberían ver la del asalto al castillo de Hidetora Ichimonji en Ran donde la sangre, la violencia y la tragedia adquieren los tintes más bellamente sobrecogedores que se recuerdan, acentuados por la total ausencia de sonido a excepción de la minimalista partitura de Tôru Takemitsu. Ver para creer. Pese a todo Ran tampoco es perfecta ni mucho menos. Adolece de un metraje excesivo que produce un alargamiento innecesario de la segunda mitad de la película, precisamente tras la huida del anciano señor feudal de su castillo en llamas. La acción se centra demasiado en sus andanzas vagando junto a su fiel bufón por las agrestes planicies japonesas, y el desalmado Lord Ichimonji queda como un vulgar payaso a causa de los excesos gestuales del veterano Tatsuya Nakadai y el más que cantoso maquillaje que le plantaron para aparentar los 73 “tacos” del personaje. Los detractores de la película afirman también que se parece demasiado a Kagemusha; pero Scorsesse hizo Casino poco después de rodar Uno de los nuestros (que es virtualmente igual) y nadie se queja tanto.

Hidetora ve marcianos.

La fascinante aventura de Ran, el último gran largo épico de Akira Kurosawa, se saldó para él con el aplauso de la crítica y un raspado éxito de taquilla que no cubrió las expectativas creadas. Como comentó un amigo mío hace tiempo, al final de su carrera Kurosawa recordaba a Woody Allen: todos le tenían por un genio pero nadie acudía al cine a ver sus películas. Pese a quedar como un filme “menor” del mítico director, Ran está plagada de detalles que la colocan por encima de muchas pretendidas obras maestras de los 80 llegadas de Hollywood. Y es que, tal y como se suele decir de Stanley Kubrick, incluso lo peor de Kurosawa es infinitamente mejor que lo mejor de muchos otros directores.

Resultado: aplausos, como no podía ser de otro modo.

Ficha en la IMDB.

(Este artículo fue publicado inicialmente por Leo Rojo en COMPUTER-AGE.NET y se reedita con el permiso de su webmaster).

Viendo: Air America

Película de 1990 realizada en base a una novela escrita once años antes por el británico Christopher Robbins, que a su vez se basó en hechos y personajes reales. Fundada en la década de 1950 con el supuesto fin de realizar labores humanitarias transportando cargamentos en el Sudeste Asiático, Air America era en realidad una tapadera de la CIA que utilizaba el tráfico de armas y drogas para financiar operaciones ilegales en la zona, muchas veces con el conocimiento de los pilotos. El joven Billy Covington es uno de ellos. Sin empleo en Estados Unidos debido a su levantisco carácter, acepta un contrato para trabajar en Laos con Air America en plena escalada de la Guerra de Vietnam, extendida sin remedio a los países vecinos. Allí conocerá a un grupo de alocados pilotos con los que se verá mezclado, sin quererlo, en numerosas aventuras marcadas por la sombra de la corrupción en una guerra que oficialmente nunca ha rebasado las fronteras vietnamitas.

Sin ser ni mucho menos una maravilla, Air America es una de esas pelis ideales para apañar una tarde de fin de semana. En su fracaso tuvo mucho que ver la mala suerte antes que sus propias carencias: inicialmente iba a rodarse con Sean Connery y Kevin Costner de protagonistas, pero se subieron a la parra exigiendo un dineral y Carolco Pictures canceló la producción durante varios años hasta que pudo revivirla, esta vez con Mel Gibson y Robert Downey Jr. encabezando los créditos. El estreno se vio afectado por la invasión iraquí de Kuwait y la posterior Guerra del Golfo, pero antes el director Roger Spottiswoode y el equipo hubieron de hacer frente a un tifón y dos terremotos sucedidos durante el rodaje, así como a la negativa de los especialistas a volar con los desvencijados aviones de época cedidos por las Fuerzas Aéreas de Tailandia, donde tuvo lugar la fotografía principal. El presupuesto acabó disparado y por ello (aunque también por las flojas críticas recibidas) Air America las pasó canutas para recuperar lo invertido en ella. La película es ciertamente irregular, pero resulta entretenida y el tono de comedia no le sienta mal, destacando un Mel Gibson en plan cachondo total, que sin tomárselo para nada en serio (aceptó el papel más que nada por los siete millones de dólares que le pagaban), acaba por hacerse merecedor de nuestra atención.

Viendo: Rob Roy

El gran éxito de Braveheart alentó la rauda producción de este “clon” que guarda numerosas similitudes con la cinta de Mel Gibson, empezando por la naturaleza verídica de su protagonista (vamos, que vivió realmente) y su nacionalidad. Robert Roy MacGregor era un ganadero escocés que a principios del siglo XVIII se hizo famoso tras enfrentarse a un señor feudal a quien acusó de haberle estafado en un negocio, motivo por el cual fue desahuciado y más tarde encarcelado. Su historia sería llevada a la literatura por escritores de la talla de Daniel DeFoe o Walter Scott, que con ello contribuyeron a forjar una leyenda del folklore escocés reflejada más tarde incluso en la música, además de en el cine.

En cuanto a la película, si por algo destaca es por su reparto. La productora echó el resto y consiguió reunir una pequeña constelación de estrellas encabezada por Liam Neeson, al que arropan nombres como los de Jessica Lange, Tim Roth o el recientemente fallecido John Hurt. El problema es que cedieron los trastos de dirigir a Michael Caton-Jones, un realizador mediocre que no supo sacarle todo el potencial a lo que tenía entre manos, resultando con ello una cinta algo decepcionante aunque por fortuna lo bastante digna como para proporcionar dos aceptables horas de entretenimiento. Eso no bastaría para salvar a Rob Roy de un fracaso relativo, tras un rodaje difícil marcado por los imponderables del caprichoso clima escocés y las dudas del reparto sobre su propio trabajo empezando por Tim Roth. En su creencia de estar haciendo una labor nefasta dando vida al malo de la función, estaba convencido de que le despedirían. Nada más  lejos de la realidad: el director no sólo no le despidió, sino que le animó a seguir por el mismo camino. Al final hasta le nominaron a un Oscar.

Viendo: Emperador

Drama histórico enmarcado en uno de los hechos más trascendentales y menos conocidos de la II Guerra Mundial. Tras la capitulación japonesa en 1945, casi todo el mundo entre los vencedores deseaba ver al emperador Hirohito juzgado y condenado al considerarlo, no sin razón, responsable último de las atrocidades cometidas durante el conflicto por el ejército japonés, algunas de las cuales dejaban en mantillas los crímenes del nazismo. El general Douglas MacArthur, comandante supremo de las fuerzas de ocupación y hombre pragmático sobre todo, estaba convencido de que deponer y ejecutar al emperador sería demasiado humillante para el pueblo japonés, que se sublevaría en un momento critico para Estados Unidos, necesitado de alianzas para frenar la creciente influencia soviética en Asia. Trabajando contrarreloj y bajo una enorme presión, MacArthur y sus asesores hubieron de reunir pruebas con las que demostrar la no culpabilidad de Hirohito para salvarle la vida.

Este es el esbozo argumental de Emperador, que se resume en uno de los asesores de MacArthur yendo de un sitio a otro para hablar con gente y recopilar testimonios con los que exonerar al soberano, mientras por otro lado intenta localizar a su novia japonesa de la que no sabe nada desde hace tiempo, y de la que ocasionalmente nos recuerda cómo se enamoró a base de flashbacks, totalmente prescindibles y que parecen añadidos solo para que la película alcance los noventa minutos de rigor, algo que logra a duras penas. Este hecho basta por sí mismo para definir una cinta insulsa y carente de tensión, totalmente olvidable salvo por la presencia de Tommy Lee Jones haciendo de MacArthur. Para que se hagan una idea, leer el párrafo anterior de esta crítica les llevará menos de dos minutos y les habrá contado lo mismo que la película, con lo que se habrán ahorrado verla y perder mucho más tiempo en comparación.

Aplausos o abucheos: La playa

Frustrado por no ganar un Óscar por Titanic, una película que repartió premios incluso entre los encargados de barrer el plató, Leonardo Di Caprio pensó que si aceptaba papeles más “comprometidos” demostraría a esos payasos de la Academia que se habían equivocado negándole el reconocimiento que merecía. Por ello (y por los veinte millones que ofrecieron pagarle) aceptó protagonizar la última de Danny Boyle, que venía de petarlo con Trainspotting, volviendo de paso a sus raíces indies. Las mismas que habían alumbrado sus inicios como actor de cine en películas como Vida de este chico o Diario de un rebelde, pero esta vez bajo el paraguas de un gran estudio (Fox) respaldando lo que era una superproducción con todas las letras, a filmar en Tailandia con un presupuesto muy holgado y con él como estrella indiscutible.

En resumen, Di Caprio volvía a meterse en el papel de joven inadaptado habitual suyo hasta entonces (lo había interpretado incluso en Titanic y seguiría interpretándolo después), pero esta vez aprovechando el tirón de su recién adquirida fama para darle más postín a la cosa. Pero no contó con la mediocridad de Danny Boyle, carente de todo sentido del ridículo y la vergüenza: no olvidemos que los créditos finales de Slumdog Millionaire, así como la idea de convertir un estadio olímpico en Hobbiton son cosa suya. No fue el único imprevisto de una película que acabó lastrada por toda clase de imponderables, donde lo de menos fue el empeño de la Fox en “adaptar” la paradisíaca islita tailandesa donde tendría lugar la filmación, destrozándola y llenándola de mierda.

Danny Boyle´s Brand of Vulgarity.

El resultado casi no podía ser otro que un varapalo de espectadores y críticos contribuyendo, cada uno por su lado, en la acumulación de mierda que es La playa: los primeros negándose a ir al cine y provocando pérdidas millonarias al estudio, excesivamente confiado en su producto; los segundos poniéndola como hoja de perejil. Con todo merecimiento, sin duda. Basada en una novela (de Alex Garland), ésta queda reducida a un mero esquema en su traslado al cine; especialmente en lo concerniente al dibujo de personajes, más planos que una tabla de planchar. Si le unimos el cúmulo de ridiculeces habitual en el cine de Boyle pero corregido, aumentado y condensado en dos horas, pues ya la tenemos liada. La palma se la lleva la secuencia en la que Richard se imagina a sí mismo como personaje de un videojuego, tan absurda que cuando vi la película de estreno, el público presente aquella noche en la sala se dividió entre quienes se preguntaban “¿pero que mierda es esta?”, los que se partían de risa y los que directamente se fueron a la calle indignados. Leonardo Di Caprio, actor muy limitado en general, alcanza aquí cotas de vergüenza ajena difíciles de imaginar.

Lo único realmente a destacar de La playa es la fotografía de Darius Khonji, la presencia de Tilda Swinton (lo mejor del reparto, a una distancia sideral del resto) y la banda sonora repleta de nombres conocidos a principios de siglo como los de All Saints, Blur, Moby o New Order. Sin maravillar, se deja escuchar y destapa las intenciones de una película claramente dirigida a un publico joven. Al final, lo que queda es un filme que trata de esconder su descarada orientación comercial tras una pátina “intelectual” que supuestamente invita a reflexionar, pero quedándose en lo superficial y resultando ciertamente pobre. Con La playa Danny Boyle despacha una versión (la enésima) de El señor de las moscas para poligoneros con ganas de sentirse hippies, y así es lógico que la cosa acabe pareciendo lo que es: una basurilla pretenciosa y risible.

Resultado: tan cutre como este vídeo.

Viendo: Código de silencio

Una de las mejores películas de Chuck Norris, que sin embargo acabó protagonizando de rebote: el guionista Michael Butler había pergeñado la historia en 1979 como continuación a las aventuras de Harry el Sucio, pero a Clint Eastwood, que ya había colaborado con él en Ruta Suicida, le pareció demasiado floja y la rechazó. Tras la negativa, el guión acumuló polvo en un estante hasta que alguien pensó aprovecharlo para resucitar la carrera cinematográfica de Kris Kristofferson, herida de muerte por culpa del monumental batacazo de La puerta del cielo. Pero le pareció que era demasiado violento y fue entonces cuando cayó en las manos de Norris y del director Andrew Davis, que se las arreglaron para sacarse de la manga “una de polis” bastante apañada para esas noches en las que apetece ver una película, pero tampoco complicarse la vida con un Kiarostami de esos. Lo bastante como para que a Davis le diesen la oportunidad de dirigir a Schwarzenegger en su momento de mayor popularidad; una oportunidad que por desgracia acabó mal aunque no le impediría seguir progresando y convertir a Steven Seagal en una estrella. Siendo Código de silencio un beat´em all clásico de los ochenta con la acostumbrada guerra mafiosa de por medio y todo, el personaje que de verdad más mola es el del villano de la función, el hierático Luis Comacho interpretado por Henry Silva.

1 2 3 41