Aplausos o abucheos: Deliverance

Aunque John Boorman será recordado por muchos como el director de Excalibur (una gran película, por otra parte), su carrera abarca décadas enteras y en ese tiempo ha aglutinado unos cuantos filmes reseñables entre los que Deliverance es, con diferencia, el más logrado. En él cuatro tipos de ciudad se disponen a efectuar un descenso en canoa por un río condenado a desaparecer en poco tiempo engullido por una presa. Todo normal… hasta que han de hacer frente, sin comerlo ni beberlo, a una situación de riesgo para sus vidas. Pero no por los peligros del río, sino por el acoso de unos rednecks habitantes del lugar, que pone a aquellos cuatro hombres normales y corrientes ante una serie de terribles disyuntivas para defenderse.

Baste un dato para hacerse una idea del éxito cosechado por este largometraje en su momento: hacerlo costó dos millones de dólares y recaudó casi cincuenta. Su impacto rebasó todas las expectativas, y la despiadada crudeza de sus fotogramas dejó momentos grabados a fuego en la retina de los espectadores, con la brutal secuencia de la violación masculina llevándose la palma en medio de un sórdido espectáculo de violencia no solo física, sino también psicológica. Deliverance es una de esas películas que hoy no se podría rodar, inmersos como estamos en una espiral de conservadurismo retrógrado; pero en su día tampoco fue sencillo llevarla a buen término: el presupuesto era tan irrisorio que John Boorman rodó sin haber suscrito un seguro. Los dobles eran un lujo y los actores tuvieron que hacer ellos mismos las escenas de riesgo, quedando expuestos a la posibilidad de accidentes graves como el sufrido por Burt Reynolds, que se rompió el cóccix a resultas de una caída. Boorman había adquirido los derechos de la novela original de James Dickey en la que se basa el filme y este último se encargó de guionizarla, aceptando a cambio que el director (quien además era también productor) pudiese cambiar cosas. Pero las trifulcas entre ambos a cuenta de ese guión fueron continuas y cada vez más agresivas, culminando en una pelea a puñetazos en la que Dickey (decrito por Burt Reynolds como “alguien al que daban ganas de meter una granada en la garganta cada vez que se tomaba dos Martinis”) le partió las narices a Boorman, amén de cuatro dientes. Lo gracioso es que ambos acabarían siendo buenos amigos. Tampoco debería sorprendernos, habida cuenta de que el cineasta británico arrastra su propia leyenda de chalado.

Dios los cría y ellos se juntan.

Dejando a un lado todo eso, no cabe duda de que Deliverance es un largometraje excepcional. Citando nuevamente a Burt Reynolds, siempre ha dicho que es el mejor que ha hecho jamás. Gracias a él se hizo mundialmente famoso, pero no fue el único en aprovechar la ocasión para lanzar su carrera en el cine: obligado a prescindir de grandes estrellas por culpa de las estrecheces económicas a las que estaba sujeto, John Boorman echó mano de actores desconocidos para completar el reparto, a los que había conocido en el teatro. Fue el caso de Ned Beatty y Ronnie Cox, que debutaban en la gran pantalla. El único “nombre propio” (digámoslo así) del cast era el de John Voight, que firmó una de sus mejores actuaciones ocupando el hueco dejado por Donald Sutherland cuando este rechazó la película porque le pagaban poco. No tardaría en reconocer su equivocación. La excepcional fotografía del húngaro Vilmos Zsigmond y el vibrante montaje de Tom Priestley ponen la guinda a uno de los filmes capitales del último medio siglo, preservado desde 2008 en la Librería del Congreso estadounidense por su valor cultural. Sólo le faltó la guinda de los Óscar (en una época en que estos premios aún valían algo) para coronarse del todo. Estuvo nominado a tres, dos de ellos para John Boorman como director y productor. Seguramente los habría ganado, pero en su camino se cruzaron Bob Fosse  y sobre todo un tal Francis Ford Coppola con una película llamada El padrino.

Resultado: aplausos atronadores. De gente gruñendo como un cerdo.

Ficha en la IMDB.

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