Aplausos o abucheos: Grizzly Man

Admito que llevaba mucho tiempo deseando ver Grizzly Man. En su momento me perdí el estreno de este documental en el cine y le tenía ganas, queriendo escribir algo sobre él pese a que ya existe gran cantidad de material desperdigado por toda la Red. Pero insisto: tenía ganas de hincarle el diente a Grizzly Man, así que vamos allá.

Si la faceta de Werner Herzog como cineasta no es muy conocida entre el gran público, ni que decir tiene que menos conocida aún es su faceta como realizador de documentales en la que, como no podía ser de otra forma, el alemán sigue mostrando esa querencia tan particular suya por retratar chalados. Esta vez no iba a ser menos, y el filme que nos ocupa desgrana la figura de Timothy Treadwell, un tipo cuyo amor enfermizo por los osos grizzlies (una subespecie de oso pardo particularmente agresiva) le llevó a convivir con ellos en Alaska durante trece veranos, hasta que un buen día éstos decidieron merendárselo junto con su novia, que le había acompañado en el que sería el último viaje para ambos.

Retarded.

Para llevar a cabo su tarea, el director se apoya en los vídeos filmados por el propio Treadwell; hasta el punto de que, con excepción de partes puntuales y de la voz en off de Herzog, la película está montada prácticamente al completo sobre la base de ese material. Material que, dicho sea de paso, tiene escaso valor como documental de naturaleza, llamémoslo así. Básicamente se utiliza para hacer un retrato de la figura de Treadwell, y como no podía ser de otro modo, el pobre hombre no es que salga precisamente muy bien parado. Herzog se posiciona claramente a favor del protagonista y se puede decir que siente una extraña mezcla de admiración y lástima por él, pero tampoco impide en ningún momento que veamos la cruda realidad de un tipo que claramente no estaba muy en sus cabales. Hasta el punto de que, de no ser por el triste final que tuvo, se podría decir que era patéticamente gracioso. Una especie de Mr. Bean metido a naturalista del tres al cuarto.

¡Sí, los osos son mis coleguillas del alma!

El principal defecto de la película, que por desgracia suele afectar a la filmografía de Herzog, es que resulta demasiado larga, con el agravante de que el personaje aquí retratado no merece semejante desperdicio de metraje (una hora y cuarenta minutos), pues en circunstancias normales un tipo así no daría más que para un simple documental de media hora de duración o una mención de honor en la web de los Darwin Awards. De este modo, bastan los primeros treinta o cuarenta minutos para formarse una clara idea de quién era este tarado de Timothy Treadwell y para tener claro, pese a quién pese, que no era precisamente un alter-ego de Diane Fossey o de Rodríguez de la Fuente, sino un ex alcohólico y drogadicto al que en un momento dado se le cruzaron los cables, y decidió que unos bichardos de casi 500 kilos de peso capaces de partirle por la mitad de un zarpazo podían ser amiguetes suyos. Que lograse alcanzar cierta notoriedad mediática en lugar de ser amordazado de urgencia con una camisa de fuerza indica hasta qué punto algo no funciona en el mundo, y es que el “coolismo” que rodea a la ecología desde hace unas décadas puede llegar a ser tanto o más dañino que ir por ahí cazando y contaminando indiscriminadamente.

Resultado: GraooorrrrzZZZZZZ… Vamos, que empieza bien pero acaba cansando.

Ficha en la IMDB.

(Este artículo fue publicado inicialmente por Leo Rojo en COMPUTER-AGE.NET y se reedita con el permiso de su webmaster).

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