Aplausos o abucheos: Érase una vez en… Hollywood

Tras darle unas cuantas vueltas a la forma de empezar este artículo, quizás la mejor sería decir que lo que escribí acerca de Los odiosos ocho valdría también para la última película de Quentin Tarantino.

Dando por sentado que el Tarantino de Reservoir Dogs y Pulp Fiction se fue para no volver nunca, y que es difícil hacerlo peor que en Kill Bill o Malditos Bastardos, las cosas quedarían en un aceptable término medio que es donde se sitúa esta Érase una vez en… Hollywood, Hace tiempo que Tarantino dejó de ser un director de cine para convertirse en una marca fuertemente respaldada por la industria, con sus clichés señas de identidad características. Y eso es precisamente lo que encontrarán sus fans en este trabajo que se presume el penúltimo. Porque eso es lo que «la marca» dejó caer tras el estreno: un trabajo más y se retira. No sabemos si lo cumplirá, pero tampoco sería algo sorprendente si finalmente lo hace, porque a fuerza de repetir esquemas una y otra vez Tarantino tiene ya poco que ofrecer a sus incondicionales o a sí mismo.

Nuevamente nos encontramos con historias paralelas que se entrecruzan en un punto crítico, ambientadas esta vez en el mundo del cine y la TV de finales de los sesenta. Otro homenaje del cineasta a todo lo que le animó a dedicarse al oficio partiendo del roñoso videoclub en el que trabajaba, solo que más claro esta vez. Toda clase de material tirando a zetoso, que tanto le enseñó en su día y del que Érase una vez en… Hollywood se nutre desde el primer minuto, llenándose de «guiños» hacia él y, por extensión, también hacia sus propias películas.

Es la mayor virtud de Érase una vez en… Hollywood, y al tiempo su mayor defecto, porque para disfrutarla de verdad hace falta tener cierta culturilla cinematográfica. Ya no es que pueda escucharse el Grito de Wilhelm en la secuencia inicial o que aparezca Kurt Russell en un cameo como jefe de especialistas (adivinen ustedes a qué película hace referencia); es que hay secuencias que de otro modo parecen absurdas, como esa en la que el personaje de Brad Pitt se mete con Bruce Lee. No daremos más detalles de los necesarios para no fastidiar a quienes enarbolan la bandera del «antispoilerismo», pero baste decir que Bruce Lee, aparte de ser profesor de artes marciales de Sharon Tate y Jay Sebring, era tal como aparece en el filme, o al menos bastante parecido. Sólo hay que recordar una anécdota verídica, recogida en alguna biografía suya, sobre lo mucho que le gustaba jactarse de ser el conductor más rápido de California. Hasta que se subió al coche con Steve McQueen, quien dispuesto a darle una lección, le hizo cagarse encima. A Lee también le ponía de muy mala hostia que le llamasen «Kato» aludiendo a su papel de criado en la teleserie El Avispón Verde, que él acabó detestando.

¿Lo ven? Pues así todo. En ese sentido hay que reconocer que la película mola porque siempre estás esperando el próximo guiño que ponga a prueba tu conocimiento de las pelis de Tarantino o tu culturilla sobre cine sesentero. Tanto americano como europeo y más en concreto italiano, que entonces vivía su época de máximo esplendor y de algún modo equivalía a ese «plan B» de los baloncestistas yankis que no logran triunfar en la NBA. No faltan incluso referencias a Sergio Corbucci (al que se menciona por su nombre y se haría famoso como director de algunas de las películas más célebres de Bud Spencer y Terence Hill), Antonio Margueriti (responsable de Yor, cazador del futuro) ni por supuesto a los spaguetti westerns rodados en Almería que convertirían en leyenda a Clint Eastwood.

De hecho, la situación inicial del personaje protagonista, al que da vida Leonardo DiCaprio, es una referencia (otra más); en este caso a la que el propio Clint Eastwood experimentó en los inicios de su carrera: Rick Dalton es un actor de medio pelo encasillado por su papel en una zarrapastrosa teleserie de vaqueros, al que un productor ofrece marchar a Italia cuando se queda sin empleo y todos le dan de lado. Pero se niega, y acompañado de su fiel amigo Cliff Booth, que ejerce como su lacayo cuando no le dobla en escenas peligrosas, luchará por reverdecer viejos laureles mientras en el camino ambos se tropiezan entre otros con la «familia» de Charles Manson y Dalton digiere resacas en la piscina de su casa de Cielo Drive, donde comparte vecindario con la pareja de moda que forman Roman Polanski y su mujer Sharon Tate. Todo esto «colisiona» en un momento dado, planteando una ucronía que por supuesto no develaremos pero que no está mal resuelta, sacando partido a la acostumbrada tendencia que DiCaprio tiene para sobreactuar y que, al contrario de lo que sucedía en Django desencadenado, se ajusta bien a su personaje (siempre al borde del descontrol por creerse acabado) y al tono de la película, más desenfadado que en otras ocasiones.

DiCaprio y la ambientación, bastante lograda pero que no parece justificar los 90 millonazos que costó la película (lejos quedan ya los días de Reservoir Dogs, rodada con un millón de dólares justos), son lo mejor de un filme que, de nuevo, peca de irregular por culpa de una duración excesiva. Cualquiera diría que Tarantino cobra un extra por cada minuto que se pasa de las dos horas, y en consecuencia Érase una vez en… Hollywood se resiente de forma apreciable con tramos realmente flojos y deslabazados unos de otros. Se nota que no hay «chicha» para casi tres horas de largometraje y por eso tenemos secuencias que no aportan nada, como aquella en la que Sharon Tate se mete en un cine para verse a sí misma en La mansión de los siete placeres, y otras por añadidura alargadas de forma incomprensible como la que transcurre en el campamento de la «familia» Manson, cuyo único propósito parece ser el cameo de Bruce Dern.

Lo cierto es que tampoco cabe pensar que el filme habría quedado redondo libre de todo ese lastre porque (insistimos) Tarantino hace tiempo que no es ni la sombra de lo que fue. Por supuesto que ofrece momentos destacables porque el que tuvo retuvo, pero no dejan de ser meros retazos. Apenas queda rastro de esa capacidad suya para crear grandes diálogos de la nada, y esta vez tampoco la selección musical resulta tan memorable como en otras ocasiones. Algunos insertos y flashbacks no tienen sentido aparente, como tampoco parece tenerlo la ocasional voz en off que habla para, en realidad, no decir nada. En tal situación la película al menos se deja ver, que no es poco teniendo en cuenta sus defectos. Pero una y no más Santo Tomás, e imagino que a más de uno le habrá aburrido. Lo que está claro es que Érase una vez en… Hollywood no pasará a la historia, y si «la marca» está pensando de verdad en retirarse, bien que hará a la vista de lo que hoy día produce y representa.

Resultado: aplausos. Pero no durante siete minutos como en Cannes.

Ficha en la IMDB.

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