Aplausos o abucheos: El buscavidas

Penúltimo largometraje del director Robert Rossen, con toda probabilidad el mejor de su carrera y el más conocido sin lugar a dudas. Gracias a su inspiradísimo trabajo, Paul Newman no desaprovechó la inmejorable oportunidad que le brindaron para demostrar sus cualidades, herencia de las clases recibidas en el Actor´s Studio.

Con El buscavidas, Robert Rossen volvía a dirigir cine en Estados Unidos, luego de haberse autoexiliado a Europa durante una temporada tras haberse convertido en delator para el infame Comité de Actividades Antiamericanas de Joseph McCarthy. Cuando ya nadie daba un centavo por él, destapó su particular tarro de las esencias para brindar al cine una obra maestra absoluta, bendecida por todos los parabienes que puedan imaginarse. Todo en esta película es perfecto, desde el guión escrito entre el mismo Rossen y Sydney Carroll basándose en una novela de Walter Tevis, hasta el elenco actoral donde, aparte de Newman, brillan con luz propia la frágil Piper Laurie, el siniestro George C. Scott y el carismático Jackie Gleason dando vida al legendario Gordo de Minnesota, todo un mafioso armado con taco de billar en lugar de metralleta. Ya que estamos, anécdota al canto: él y Newman interpretaron todas sus jugadas de billar excepto una.

La magistral fotografía en blanco y negro de Eugene Shuftan, la dirección artística de Harry Horner y la partitura musical destacada por el jazz de Kenyon Hopkins, ponen la guinda a esta descarnada y estremecedora historia sobre personas marcadas para perder incluso cuando ganan. Una autentica maravilla que puede verse una y mil veces descubriendo siempre algún detalle nuevo y asombroso, porque estamos ante una de esas raras películas que justificaron para el cine el calificativo de “séptimo arte” que una vez disfrutó. Cine del que ya no se hace, cine en estado puro que deja en ridículo, desde el primer segundo, a toda la mierda actual producto de directorzuelos encumbrados por imbéciles que no tienen ni puta idea de nada, menos aún de cine. Auténticos inútiles que, de haber vivido en la época de Robert Rossen, no habrían trabajado en un estudio ni llevándole cafés al personal de limpieza.

Resultado: No hace falta decir nada, porque ya está dicho todo.

Ficha en la IMDB.

Aplausos o abucheos: O.J., Made in America

Mastodóntico documental sobre el legendario jugador de fútbol americano O.J. Simpson y el no menos legendario juicio que hubo de afrontar por doble asesinato, del que salió absuelto no por ser inocente sino por tener el dineral necesario para contratar un equipo estelar de abogados, al que se conocería como “el Dream Team”. Quien lo considere excesivo en virtud de su larguísima duración, tanta que se exhibe como miniserie dividida en cinco episodios de una hora y media, demostrará no tener ni puñetera idea sobre la figura de O.J. ni de su trascendencia en la sociedad estadounidense a partir de 1969 – 70. Nacido en uno de los barrios más depauperados de San Francisco, su talento para el fútbol americano y su indudable encanto personal le convirtieron en una celebridad mediática sin parangón hasta entonces. Siempre eludiendo inmiscuirse en espinosas cuestiones raciales, con la habilidad que eso requería en un momento durante el cual parecía imposible quedarse al margen de tales asuntos, era tal la admiración y el respeto que se le profesaba que los blancos de clase alta no dudaron en aceptarle como uno más (algo inaudito tratándose de una persona de raza negra), hasta el punto de que cuando se casó con una despampanante rubia de raza blanca todos lo encontraron de lo más normal. O.J. Simpson representaba como nadie los ideales de esa América donde supuestamente cualquier persona puede triunfar si se lo propone, incluso si es un negro pobre. Aquella imagen idílica se haría añicos el 12 de junio de 1994, cuando la policía de Los Ángeles irrumpió en la lujosa mansión de Simpson y encontró los cuerpos de su ya exmujer (se habían divorciado tiempo atrás) y un amigo de ésta, presunto amante, brutalmente asesinados. Todas las pruebas apuntaban a O.J. como primer sospechoso del crimen, algo que se vio refrendado ante la opinión pública cuando decidió tomar las de Villadiego en una huida retransmitida en directo por TV que sería vista por millones de espectadores. El posterior juicio, transformado en un perfecto reality-sainete, sería uno de los mayores hitos de la cultura popular estadounidense, con la sociedad polarizada como nunca entre defensores y detractores del acusado.

“Me cago en esos pestilentes negros. No solo roban en nuestras casas, sino que encima se quedan con nuestras mujeres”.

Para hacerse una idea sobre lo bueno que es este documental, baste decir que a mí me enganchó pese a que el cine de juicios nunca me ha gustado mucho. Sin apartarse un ápice de la estructura clásica en estos saraos (narración cronológicamente lineal, testimonios del protagonista o de personajes cercanos a él y todo eso), O.J.: Made in America logra recabar el interés del espectador sin apenas esfuerzo, no tanto por el innegable carisma del protagonista y su vida como por lo magníficamente contado que está todo, en especial desde el momento que se presupone más aburrido: el generoso espacio reservado al juicio, obligatorio a la vista de sus repercusiones y de la importancia del acusado, es sin duda lo mejor del documental, lo más brillante y, si me permiten, divertido. A fin de cuentas esto no deja de ser un reality show (o más bien la dramatización de un reality show), y como tal produce todo lo que cabe esperar de los mejores programas del género: tristeza, dentera e indignación. Un recorrido francamente ameno por las entretelas de un sistema corrupto, en el que lo único que cuenta para salir absuelto de un delito, por grave que sea, es tener el riñón bien cubierto. Lo bastante como para comprar los servicios de un carísimo equipo de abogados; un “Dream Team” sin atisbo alguno de ética y moral, capaz de aprovechar cualquier resquicio para manipular lo que haga falta con tal de que su defendido se libre de una condena segura.

El “Dream Team” escudando al pagador de las facturas por la cuenta que le trae.

Particularmente revelador es su empeño de convertir un juicio por doble asesinato en una cuestión racial, aprovechando las tensiones posteriores al apaleamiento de Rodney King por un grupo de agentes de la ley, todos ellos blancos. Como King, O.J. es únicamente culpable de ser negro y vivir en una sociedad minada hasta el tuétano por el racismo. Especialmente entre las fuerzas del orden, envidiosas de un fuckin´niggha que posee todo lo que ellos no pueden ni imaginar y que, como blancos, creen merecer más que él. Así, destapan el pasado racista del agente que encuentra una de las principales pruebas incriminatorias del caso (un guante manchado de sangre), utilizándolo para sembrar la duda razonable en el jurado. ¿De verdad encontró el guante o lo puso ahí deliberadamente para poder acusar de asesinato a un negro? En el colmo de la desvergüenza, el “Dream Team” llega a aprovechar un registro de la casa de O.J. para cambiar las fotos de una pared, en las que aparece rodeado de blancos de clase alta, por otras donde se le ve sólo con negros. Ante trucos como estos, ladinos y miserables, la acusación no tiene nada que hacer: la estrategia funciona tan bien que el jurado tarda sólo tres horas en deliberar un veredicto, algo que habitualmente les llevaría un día entero.

Un país dividido tras 474 días. El final soñado para el mayor reality de todos los tiempos.

Si después de esto nadie entre ustedes arde en deseos por ver este documental es que no tienen sangre en las venas. Ni corazón que la mueva, así de simple. Son tantas las razones por las que vale la pena afrontar las casi 7 horazas de metraje (divididas en cómodos plazos de 90 minutos, recordemos) que es innecesario dar más explicaciones justificando por qué deberían verlo. O.J.: Made in America realiza un chequeo con bisturí de un país que, encandilado por un personaje único y su juicio mediático (el adjetivo es correcto: fue un juicio más mediático que propiamente judicial) ya nunca sería igual. De hecho, el proceso fue útil para concienciar a la gente de un problema tan serio como el de la violencia doméstica: resultó que O.J. era un maltratador que cascaba a su mujer día sí día también, e incluso tras el divorcio siguió acosándola y amenazándola mientras la policía, más preocupada en ir por ahí apalizando negros de mierda, no hacía demasiado caso cada vez que ella lo denunciaba. Hasta que fue demasiado tarde.

Resultado: aplausos, pero con la cartera por delante y repleta. No se aceptan cheques.

Ficha en la IMDB.

Aplausos o abucheos: Nicolás y Alejandra

La carrera del director Franklin Shaffner no destaca por su extensión ni por su regularidad, pero sí por el cúmulo de casualidades que condicionaron su vida hacia derroteros que ni él mismo había imaginado. Nacido en Tokio de padres misioneros, iba para abogado cuando la Segunda Guerra Mundial se cruzó en su camino, siendo reclutado para combatir en Europa y más tarde en Asia. Una vez licenciado, y considerando que ya era tarde para acabar sus estudios y ejercer Derecho, la casualidad quiso que encontrase trabajo en la naciente televisión, donde a partir de los años cincuenta reveló un talento innegable como realizador. A partir de 1960 empezó a dirigir cine sin llamar mucho la atención hasta que la casualidad, una vez más, quiso que en 1968 se encargase de El planeta de los simios, un colosal éxito de crítica y de público que le puso en la nómina de los grandes directores de Hollywood. Fue el inicio de una época corta pero gloriosa, refrendada dos años más tarde con Patton, la película que le hizo tocar el cielo con los dedos. Cubierto repentinamente con la aureola del triunfador, del rey Midas que convierte en oro todo lo que toca, el productor Sam Spiegel se fijó en Shaffner y le convenció para ponerse al frente de otra biografía, pero radicalmente distinta a la del belicoso general yanki.

Porque si en Patton Shaffner retrataba a un héroe de guerra que pese a ciertos “defectillos” era respetado hasta por sus enemigos más feroces, en Nicolás y Alejandra nos introducía en una de las figuras históricas más trágicas de siglo XX: la de Nikolai Alexandrovich Romanov, más conocido como Nicolás II, último zar de todas las Rusias, cuyo reinado de casi veintitrés años estuvo marcado por el infortunio desde el mismo momento de su entronización. Spiegel llevaba años barruntando la idea de convertir la historia en un largometraje basándose en una novela escrita por Robert K. Massie. Avaro y trapacero, como bien atestiguaba David Lean tras haber trabajado con él en multitud de ocasiones, incluso pensó en hacerlo sin pagar los derechos del libro considerando que los hechos que narraba eran de dominio público, pero finalmente llegó a un acuerdo con el novelista y pudo encargar un guión a James Goldman, quien no se cortó un pelo a la hora de retratar a Nicolás II más o menos como lo que era: un personaje inepto y pusilánime cuyos enormes errores terminaron provocando su propio derrocamiento y el advenimiento de la Unión Soviética (personificada en un Lenin sediento de poder y dispuesto a cualquier cosa para obtenerlo), acabando abruptamente con una dinastía que había gobernado el enorme imperio ruso durante trescientos años.

En Nicolás y Alejandra los personajes se mueven en un entorno cuidado hasta el último detalle, con un diseño de producción y un vestuario realmente sobresalientes a pesar de los recortes impuestos por Columbia Pictures, que deseosa de atar en corto a Sam Spiegel acabó dándole a probar su propia medicina. Si a esto le unimos que la caracterización de los actores (sobre todo los principales) está particularmente conseguida, el resultado es que el espectador tiene la sensación de ser testigo directo de la decadencia de los zares. Además las interpretaciones son de una calidad muy notable, como corresponde a un elenco proveniente en su mayoría del teatro británico más prestigioso. Particularmente en el caso de Michael Jayston (Nicolás II), que ya desde el principio sabe transmitir las tachas de un hombre que carece por completo de la fortaleza necesaria para ser un buen gobernante, dominado por su manipuladora y en ocasiones neurótica esposa. La actriz Janet Suzman, estrella de la Royal Shakespeare Company, se encargó de darle vida en lo que suponía su debut en el cine, y lo hizo tan bien que hasta la nominaron a un Óscar. Son los puntos positivos de una cinta que quizás pueda hacerse algo larga para algunos (son tres horas de duración) y demasiado parecida a un culebrón, pero que va de menos a más y cuya mejor parte se reserva para la segunda mitad, a partir del momento en que Rusia entra en la I Guerra Mundial, cuando todas las incapacidades de aquel régimen enfermo y de su débil e inútil dirigente se nos muestran con toda su crudeza hasta la llegada del inevitable final.

Resultado: Aplausos. Con sabor a tragedia.

Ficha en la IMDB.

(Este artículo fue publicado inicialmente por Leo Rojo en COMPUTER-AGE.NET y se reedita con el permiso de su webmaster).

Aplausos o abucheos: Moteros tranquilos, toros salvajes

Documental de la BBC sobre la última etapa de esplendor de Hollywood, que acto seguido caería en una espiral decadente que durante los años siguientes solo se invertiría de forma puntual hasta llegar, por fin, a este siglo, con la antaño Meca del cine metida en una profunda sima de la que, casi seguro, ya no saldrá jamás. Porque como entretenimiento, e incluso como arte, el cine se ha visto desplazado por nuevas formas de ocio como los videojuegos. Solo en ciertos países como China continúa siendo un negocio verdaderamente rentable; un asunto sobre el ya comenté algo cuando le dediqué espacio al estreno de Keanu Reeves como director.

No es la primera vez (ni será la última) que menciono en esta web al Nuevo Hollywood, un movimiento que con los años ha adquirido tintes legendarios sobre todo teniendo en cuenta lo que vendría después de él. Al final de los años sesenta del siglo pasado, Hollywood se enfrentaba a una crisis parecida a la actual, con la televisión robándole un público que ya estaba harto del cine-espectáculo típico de entonces y al que la caja tonta le bastaba y sobraba. Al contrario que hoy, en vez de seguir explotando una vía agotada aumentando la dosis de espectáculo hueco y sin sentido, quienes sustituyeron a las momias que hasta entonces habían controlado los grandes estudios, jóvenes conscientes del grave problema que tenían entre manos, decidieron darle una oportunidad a una nueva generación de directores y guionistas influenciados por el cine europeo y su talante libertario. Su idea era atraer a la nueva estirpe de espectadores que estaba surgiendo al calor de corrientes contraculturales como el hippismo, iconoclastas y opuestas al orden establecido, que anteponían el realismo social al mero show circense. En resumen, cine de más calidad destinado a espectadores más adultos y con mayor inquietud intelectual, que son los que a la larga dejan más dinero en las salas. Como ocurre casi siempre, las mejores soluciones a cualquier dilema son aquellas que, por obvias, pasan totalmente desapercibidas, y este caso no sería la excepción. El problema llegó cuando los directores, creyéndose dioses, propiciaron una serie de fracasos que abrieron las puertas del cine a una nueva casta de dirigentes, más centrados en obtener beneficios monetarios a toda costa que en hacer buenas películas. La progresiva infantilización cultural que tuvo lugar a partir de la era Reagan y su “revolución conservadora” hizo el resto.

Basado en el aclamado (y extraordinario) libro de Peter Biskind, del cual toma prestado el título, Moteros tranquilos, toros salvajes es un documental brillante que resulta perfecto como introducción para quienes más adelante deseen encarar la lectura del texto de Biskind, obviamente más detallista en su narrativa pero, con todo, mucho más recomendable no sólo por lo que Biskind cuenta en él, sino por cómo lo cuenta gracias a su pluma certera y afilada, retratando sin cortapisas unos personajes y un mundo digamos “peculiares”. Centrándonos en el documental, éste explica con sencillez el intríngulis de un fenómeno excepcional, irrepetible no ya porque la muerte del cine es un hecho se pongan como se pongan quienes dicen defenderlo (en realidad sus enemigos, porque los verdaderos enemigos del cine están dentro de él). El creciente conservadurismo de la sociedad imposibilita cualquier movimiento transgresor a semejanza de aquel. A ello se unen los corsés impuestos a una industria cinematográfica que es más industria que nunca merced a los mercachifles que la controlan con mano de hierro, donde una película que no alcanza el número uno de la taquilla en su primer fin de semana es un fracaso. Personajes inconformistas y con talento como Warren Beatty, Peter Bogdanovich, Billy Friedkin o Francis Coppola fueron aplastados sin contemplaciones por ese gigante intangible tan de moda hoy, al que se denomina genéricamente como “los mercados”, y sustituidos como engranajes defectuosos por otros más apropiados a los nuevos intereses. Moteros tranquilos, toros salvajes relata la apasionante historia de un sueño que acabó en pesadilla. Siendo francos, no podía acabar de otro modo dadas las circunstancias políticas, económicas y sociales que lo fueron rodeando en el transcurso de su existencia, sellando con su final el destino de lo que una vez fue conocido como “séptimo arte”. Para tener una idea sobre la dimensión del cataclismo basta pensar en películas como Bonnie & Clyde, los Padrinos, Chinatown, Nashville, Apocalypse Now, Luna de Papel o El cazador (entre otras muchas), y en cómo fueron sustituidas tras el cambio de década por Rambos, Amaneceres rojos, slashers del tres al cuarto y tontunas subnormaloides con efectos especiales en vez de guión. Una vez los contables pusieron orden y expulsaron del redil a los díscolos, la suerte estaba echada.

Resultado: aplauso estruendoso.

Ficha en la IMDB.

El productor Robert Evans sobre su exmujer, Ali MacGraw: “Me miraba a mí y pensaba en la polla de Steve McQueen”. ¿De verdad alguien quiere perderse esto?

Aplausos o abucheos: Ran

Jamás he ocultado mi ciega admiración hacia Akira Kurosawa. Considerado como “el más occidental de los directores de cine japoneses” y habiendo sido un referente para cineastas de la talla de Sam Pekimpah o Sergio Leone, estoy convencido de que si este hombre hubiese nacido en Nueva York en lugar de en Tokio, hoy en día sería objeto de continua adoración como lo son Welles, Wilder o Ford. Ran pertenece a la llamada “etapa crepuscular” de Kurosawa, y se trata de uno de los largometrajes más injustamente olvidados de su trayectoria. Mientras que los fans del genio prefieren decantarse por sus películas clásicas como Rashomon o Los Siete Samurais, otros prefieren recordar cintas como Kagemusha o los Sueños más que nada porque fueron producidas por Lucas y Spielberg respectivamente. Ran apenas ha sido emitida por TV desde su estreno en 1985, y hasta hace poco había que recurrir al mercado de importación para conseguir el DVD de la película, pues eran muy pocos los países donde se comercializaba de manera oficial.

Los años 70 fueron muy difíciles para Kurosawa. Habiendo quedado atrás sus mejores años como cineasta, fue despedido del rodaje de Tora Tora Tora! (que iba a codirigir) por protestar reiteradamente contra una película que consideraba “maniquea e insultante” para el pueblo japonés. Con las puertas Hollywood cerradas a causa de aquello, arruinado por el estrepitoso fiasco de Dô desu ka den, y no habiendo nadie en su país dispuesto a financiarle un nuevo proyecto, el director cayó en una profunda depresión que le llevó a intentar suicidarse, salvando la vida en el último momento. Sin embargo tuvo que marcharse nada menos que a la URSS para encontrar trabajo. El resultado sería la más que notable Dersu Uzala.

Kurosawa soñaba con hacer Ran desde mediados de la década, pero tuvo que esperar cerca de ocho años hasta que el gerifalte de Canal+ y productor habitual de Buñuel, Serge Silberman, puso el dinero necesario para completar los 12 millones de dólares que costaría la película. Durante parte de ese tiempo, el realizador japonés se ocupó en dibujarla literalmente en un storyboard que hoy es considerado una verdadera obra de arte, habiendo sido expuesto en salas y galerías de todo el mundo. Una vez lograron reunir el dinero, Kurosawa y su equipo de producción sacaron partido hasta del último centavo. Viendo la película y conociendo detalles como que los 1.400 trajes que llevan actores y extras están TODOS hechos a mano (su confección llevó dos años a decenas de expertos), parece mentira que costase tan poco dinero. Para hacerse una idea de los costes, baste decir que Steven Spielberg rodó E.T. en 1982 concibiéndola como “una fantasía de bajo presupuesto” y se gastó 10 millones de dólares.

Uno de los impresionantes dibujos de Kurosawa para el storyboard de Ran.

Basada en la tragedia shakesperiana El Rey Lear, Kurosawa concibió Ran (en japonés Caos) como una obra de teatro filmada, y esa es la impresión que uno tiene al ver la cinta ante el (magistral) uso de la cámara fija y la ausencia casi total de primeros planos. El cineasta nipón demostró que seguía siendo un genio del cine a pesar de encontrarse casi al final de su carrera. De la perfección de su trabajo nos podemos dar cuenta viendo la sección de gazapos en la ficha de la peli que se encuentra en IMDB y comparar yendo acto seguido al mismo apartado en la ficha de, por ejemplo, Memorias de África (ganadora de 7 Oscar en ese año de 1985). Técnica y visualmente la película raya en ocasiones lo divino. Aquellos que consideren las cacareadas batallas de Braveheart el culmen de ese tipo de secuencias en una película, deberían ver la del asalto al castillo de Hidetora Ichimonji en Ran donde la sangre, la violencia y la tragedia adquieren los tintes más bellamente sobrecogedores que se recuerdan, acentuados por la total ausencia de sonido a excepción de la minimalista partitura de Tôru Takemitsu. Ver para creer. Pese a todo Ran tampoco es perfecta ni mucho menos. Adolece de un metraje excesivo que produce un alargamiento innecesario de la segunda mitad de la película, precisamente tras la huida del anciano señor feudal de su castillo en llamas. La acción se centra demasiado en sus andanzas vagando junto a su fiel bufón por las agrestes planicies japonesas, y el desalmado Lord Ichimonji queda como un vulgar payaso a causa de los excesos gestuales del veterano Tatsuya Nakadai y el más que cantoso maquillaje que le plantaron para aparentar los 73 “tacos” del personaje. Los detractores de la película afirman también que se parece demasiado a Kagemusha; pero Scorsesse hizo Casino poco después de rodar Uno de los nuestros (que es virtualmente igual) y nadie se queja tanto.

Hidetora ve marcianos.

La fascinante aventura de Ran, el último gran largo épico de Akira Kurosawa, se saldó para él con el aplauso de la crítica y un raspado éxito de taquilla que no cubrió las expectativas creadas. Como comentó un amigo mío hace tiempo, al final de su carrera Kurosawa recordaba a Woody Allen: todos le tenían por un genio pero nadie acudía al cine a ver sus películas. Pese a quedar como un filme “menor” del mítico director, Ran está plagada de detalles que la colocan por encima de muchas pretendidas obras maestras de los 80 llegadas de Hollywood. Y es que, tal y como se suele decir de Stanley Kubrick, incluso lo peor de Kurosawa es infinitamente mejor que lo mejor de muchos otros directores.

Resultado: aplausos, como no podía ser de otro modo.

Ficha en la IMDB.

(Este artículo fue publicado inicialmente por Leo Rojo en COMPUTER-AGE.NET y se reedita con el permiso de su webmaster).

Aplausos o abucheos: La playa

Frustrado por no ganar un Óscar por Titanic, una película que repartió premios incluso entre los encargados de barrer el plató, Leonardo Di Caprio pensó que si aceptaba papeles más “comprometidos” demostraría a esos payasos de la Academia que se habían equivocado negándole el reconocimiento que merecía. Por ello (y por los veinte millones que ofrecieron pagarle) aceptó protagonizar la última de Danny Boyle, que venía de petarlo con Trainspotting, volviendo de paso a sus raíces indies. Las mismas que habían alumbrado sus inicios como actor de cine en películas como Vida de este chico o Diario de un rebelde, pero esta vez bajo el paraguas de un gran estudio (Fox) respaldando lo que era una superproducción con todas las letras, a filmar en Tailandia con un presupuesto muy holgado y con él como estrella indiscutible.

En resumen, Di Caprio volvía a meterse en el papel de joven inadaptado habitual suyo hasta entonces (lo había interpretado incluso en Titanic y seguiría interpretándolo después), pero esta vez aprovechando el tirón de su recién adquirida fama para darle más postín a la cosa. Pero no contó con la mediocridad de Danny Boyle, carente de todo sentido del ridículo y la vergüenza: no olvidemos que los créditos finales de Slumdog Millionaire, así como la idea de convertir un estadio olímpico en Hobbiton son cosa suya. No fue el único imprevisto de una película que acabó lastrada por toda clase de imponderables, donde lo de menos fue el empeño de la Fox en “adaptar” la paradisíaca islita tailandesa donde tendría lugar la filmación, destrozándola y llenándola de mierda.

Danny Boyle´s Brand of Vulgarity.

El resultado casi no podía ser otro que un varapalo de espectadores y críticos contribuyendo, cada uno por su lado, en la acumulación de mierda que es La playa: los primeros negándose a ir al cine y provocando pérdidas millonarias al estudio, excesivamente confiado en su producto; los segundos poniéndola como hoja de perejil. Con todo merecimiento, sin duda. Basada en una novela (de Alex Garland), ésta queda reducida a un mero esquema en su traslado al cine; especialmente en lo concerniente al dibujo de personajes, más planos que una tabla de planchar. Si le unimos el cúmulo de ridiculeces habitual en el cine de Boyle pero corregido, aumentado y condensado en dos horas, pues ya la tenemos liada. La palma se la lleva la secuencia en la que Richard se imagina a sí mismo como personaje de un videojuego, tan absurda que cuando vi la película de estreno, el público presente aquella noche en la sala se dividió entre quienes se preguntaban “¿pero que mierda es esta?”, los que se partían de risa y los que directamente se fueron a la calle indignados. Leonardo Di Caprio, actor muy limitado en general, alcanza aquí cotas de vergüenza ajena difíciles de imaginar.

Lo único realmente a destacar de La playa es la fotografía de Darius Khonji, la presencia de Tilda Swinton (lo mejor del reparto, a una distancia sideral del resto) y la banda sonora repleta de nombres conocidos a principios de siglo como los de All Saints, Blur, Moby o New Order. Sin maravillar, se deja escuchar y destapa las intenciones de una película claramente dirigida a un publico joven. Al final, lo que queda es un filme que trata de esconder su descarada orientación comercial tras una pátina “intelectual” que supuestamente invita a reflexionar, pero quedándose en lo superficial y resultando ciertamente pobre. Con La playa Danny Boyle despacha una versión (la enésima) de El señor de las moscas para poligoneros con ganas de sentirse hippies, y así es lógico que la cosa acabe pareciendo lo que es: una basurilla pretenciosa y risible.

Resultado: tan cutre como este vídeo.

Aplausos o abucheos: El caso Fischer

De Bobby Fischer se dice que es el mejor ajedrecista de la historia. No voy a discutir esa afirmación porque reconozco no tener ni idea de ajedrez, pero es indudable que en su sostenimiento cuenta (y mucho) que Fischer era estadounidense y protagonizó uno de los hitos de la Guerra Fría, cuando le arrebató el cetro de campeón del mundo al ruso Boris Spassky en un encuentro disputado en Reikiavik en 1972. Un triunfo teñido de connotaciones que iban más allá del deporte y que tuvo consecuencias negativas para ambos: Fischer, un hombre inestable y paranoide, sufrió un agravamiento de su ya frágil salud mental. Renunciaría al título para evitar darle la revancha a Spassky, se retiró del ajedrez y acabó viviendo como un mendigo. El ruso casi lo pasó peor: en la Unión Soviética su derrota se vivió como una humillación nacional y las autoridades del país le defenestraron, quitándole sus privilegios y obligándole a exiliarse en Francia, país donde vive y del que es ciudadano desde 1978. Curiosamente ambos hombres volverían a encontrarse años después en una reedición amistosa de su célebre enfrentamiento, disputado esta vez en Belgrado. Sólo hubo un problema: el encuentro violaba las sanciones internacionales impuestas a Yugoslavia por la Guerra de los Balcanes y Fischer, que como buen tarado no se mordía la lengua (entre otras lindezas se reconocía abiertamente antisemita pese a su ascendencia judía), acabó proscrito por el gobierno de Estados Unidos, que le puso en busca y captura. Tras dar tumbos por medio mundo protagonizando toda clase de sucesos (incluyendo una esperpéntica detención en Japón, donde acusó a la Policía local de torturarle) acabó admitido en Islandia como asilado, y allí moriría en 2008.

Es probable que quienes vean El caso Fischer encuentren más interesante el resumen anterior, y gracias a él se aventuren a indagar en la figura del ajedrecista americano y profundizar en su rivalidad con Spassky, trufada de anécdotas impagables. El motivo es que la película resulta, lisa y llanamente, decepcionante. La culpa la tienen el guión de Stephen Knight (demasiado largo) y la dirección de Edward Zwick, quien acostumbrado a rodar melodramas épicos de escasa entidad como Leyendas de pasión o El ultimo samurai no consigue dar con el tono adecuado para este trabajo, mucho más intimista y complejo. El resultado es un filme aburrido y pesado, que no da de sí todo lo que podría y en el que lo único realmente destacable se encuentra en la interpretación del actor Liev Schreiber, de origen ruso y cuyo parecido con Spassky no se limita al aspecto físico. La réplica como Fischer se la da Tobey Maguire, quien además produce la película y a veces sobreactúa tanto que parece que su papel se lo está tomando a broma, casi como si estuviese “interpretando” de nuevo a Spiderman. Muy flojo.

“¡Que estoy muy loco tío! ¡QUE ESTOY MUY LOCO!”

Total, un filme cuyo interés se encuentra a la par del suscitado en países como España, a donde El caso Fischer llegó más de dos años después del estreno oficial y de manera casi clandestina, pese a la presencia de Tobey Maguire encabezando el reparto. Yo mismo me aburrí tanto que hubo un momento en que decidí parar la película e irme a fregar y a limpiar la arena de los gatos, teniendo que esforzarme acto seguido para poder acabarla. Eso lo dice todo acerca de ella, y es una pena porque los mimbres disponibles sin duda daban para bastante más.

Resultado: un muermo, como el ajedrez para los no aficionados.

Ficha en la IMDB.

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