Aplausos o abucheos: Nicolás y Alejandra

La carrera del director Franklin Shaffner no destaca por su extensión ni por su regularidad, pero sí por el cúmulo de casualidades que condicionaron su vida hacia derroteros que ni él mismo había imaginado. Nacido en Tokio de padres misioneros, iba para abogado cuando la Segunda Guerra Mundial se cruzó en su camino, siendo reclutado para combatir en Europa y más tarde en Asia. Una vez licenciado, y considerando que ya era tarde para acabar sus estudios y ejercer Derecho, la casualidad quiso que encontrase trabajo en la naciente televisión, donde a partir de los años cincuenta reveló un talento innegable como realizador. A partir de 1960 empezó a dirigir cine sin llamar mucho la atención hasta que la casualidad, una vez más, quiso que en 1968 se encargase de El planeta de los simios, un colosal éxito de crítica y de público que le puso en la nómina de los grandes directores de Hollywood. Fue el inicio de una época corta pero gloriosa, refrendada dos años más tarde con Patton, la película que le hizo tocar el cielo con los dedos. Cubierto repentinamente con la aureola del triunfador, del rey Midas que convierte en oro todo lo que toca, el productor Sam Spiegel se fijó en Shaffner y le convenció para ponerse al frente de otra biografía, pero radicalmente distinta a la del belicoso general yanki.

Porque si en Patton Shaffner retrataba a un héroe de guerra que pese a ciertos “defectillos” era respetado hasta por sus enemigos más feroces, en Nicolás y Alejandra nos introducía en una de las figuras históricas más trágicas de siglo XX: la de Nikolai Alexandrovich Romanov, más conocido como Nicolás II, último zar de todas las Rusias, cuyo reinado de casi veintitrés años estuvo marcado por el infortunio desde el mismo momento de su entronización. Spiegel llevaba años barruntando la idea de convertir la historia en un largometraje basándose en una novela escrita por Robert K. Massie. Avaro y trapacero, como bien atestiguaba David Lean tras haber trabajado con él en multitud de ocasiones, incluso pensó en hacerlo sin pagar los derechos del libro considerando que los hechos que narraba eran de dominio público, pero finalmente llegó a un acuerdo con el novelista y pudo encargar un guión a James Goldman, quien no se cortó un pelo a la hora de retratar a Nicolás II más o menos como lo que era: un personaje inepto y pusilánime cuyos enormes errores terminaron provocando su propio derrocamiento y el advenimiento de la Unión Soviética (personificada en un Lenin sediento de poder y dispuesto a cualquier cosa para obtenerlo), acabando abruptamente con una dinastía que había gobernado el enorme imperio ruso durante trescientos años.

En Nicolás y Alejandra los personajes se mueven en un entorno cuidado hasta el último detalle, con un diseño de producción y un vestuario realmente sobresalientes a pesar de los recortes impuestos por Columbia Pictures, que deseosa de atar en corto a Sam Spiegel acabó dándole a probar su propia medicina. Si a esto le unimos que la caracterización de los actores (sobre todo los principales) está particularmente conseguida, el resultado es que el espectador tiene la sensación de ser testigo directo de la decadencia de los zares. Además las interpretaciones son de una calidad muy notable, como corresponde a un elenco proveniente en su mayoría del teatro británico más prestigioso. Particularmente en el caso de Michael Jayston (Nicolás II), que ya desde el principio sabe transmitir las tachas de un hombre que carece por completo de la fortaleza necesaria para ser un buen gobernante, dominado por su manipuladora y en ocasiones neurótica esposa. La actriz Janet Suzman, estrella de la Royal Shakespeare Company, se encargó de darle vida en lo que suponía su debut en el cine, y lo hizo tan bien que hasta la nominaron a un Óscar. Son los puntos positivos de una cinta que quizás pueda hacerse algo larga para algunos (son tres horas de duración) y demasiado parecida a un culebrón, pero que va de menos a más y cuya mejor parte se reserva para la segunda mitad, a partir del momento en que Rusia entra en la I Guerra Mundial, cuando todas las incapacidades de aquel régimen enfermo y de su débil e inútil dirigente se nos muestran con toda su crudeza hasta la llegada del inevitable final.

Resultado: Aplausos. Con sabor a tragedia.

Ficha en la IMDB.

(Este artículo fue publicado inicialmente por Leo Rojo en COMPUTER-AGE.NET y se reedita con el permiso de su webmaster).

Aplausos o abucheos: Moteros tranquilos, toros salvajes

Documental de la BBC sobre la última etapa de esplendor de Hollywood, que acto seguido caería en una espiral decadente que durante los años siguientes solo se invertiría de forma puntual hasta llegar, por fin, a este siglo, con la antaño Meca del cine metida en una profunda sima de la que, casi seguro, ya no saldrá jamás. Porque como entretenimiento, e incluso como arte, el cine se ha visto desplazado por nuevas formas de ocio como los videojuegos. Solo en ciertos países como China continúa siendo un negocio verdaderamente rentable; un asunto sobre el ya comenté algo cuando le dediqué espacio al estreno de Keanu Reeves como director.

No es la primera vez (ni será la última) que menciono en esta web al Nuevo Hollywood, un movimiento que con los años ha adquirido tintes legendarios sobre todo teniendo en cuenta lo que vendría después de él. Al final de los años sesenta del siglo pasado, Hollywood se enfrentaba a una crisis parecida a la actual, con la televisión robándole un público que ya estaba harto del cine-espectáculo típico de entonces y al que la caja tonta le bastaba y sobraba. Al contrario que hoy, en vez de seguir explotando una vía agotada aumentando la dosis de espectáculo hueco y sin sentido, quienes sustituyeron a las momias que hasta entonces habían controlado los grandes estudios, jóvenes conscientes del grave problema que tenían entre manos, decidieron darle una oportunidad a una nueva generación de directores y guionistas influenciados por el cine europeo y su talante libertario. Su idea era atraer a la nueva estirpe de espectadores que estaba surgiendo al calor de corrientes contraculturales como el hippismo, iconoclastas y opuestas al orden establecido, que anteponían el realismo social al mero show circense. En resumen, cine de más calidad destinado a espectadores más adultos y con mayor inquietud intelectual, que son los que a la larga dejan más dinero en las salas. Como ocurre casi siempre, las mejores soluciones a cualquier dilema son aquellas que, por obvias, pasan totalmente desapercibidas, y este caso no sería la excepción. El problema llegó cuando los directores, creyéndose dioses, propiciaron una serie de fracasos que abrieron las puertas del cine a una nueva casta de dirigentes, más centrados en obtener beneficios monetarios a toda costa que en hacer buenas películas. La progresiva infantilización cultural que tuvo lugar a partir de la era Reagan y su “revolución conservadora” hizo el resto.

Basado en el aclamado (y extraordinario) libro de Peter Biskind, del cual toma prestado el título, Moteros tranquilos, toros salvajes es un documental brillante que resulta perfecto como introducción para quienes más adelante deseen encarar la lectura del texto de Biskind, obviamente más detallista en su narrativa pero, con todo, mucho más recomendable no sólo por lo que Biskind cuenta en él, sino por cómo lo cuenta gracias a su pluma certera y afilada, retratando sin cortapisas unos personajes y un mundo digamos “peculiares”. Centrándonos en el documental, éste explica con sencillez el intríngulis de un fenómeno excepcional, irrepetible no ya porque la muerte del cine es un hecho se pongan como se pongan quienes dicen defenderlo (en realidad sus enemigos, porque los verdaderos enemigos del cine están dentro de él). El creciente conservadurismo de la sociedad imposibilita cualquier movimiento transgresor a semejanza de aquel. A ello se unen los corsés impuestos a una industria cinematográfica que es más industria que nunca merced a los mercachifles que la controlan con mano de hierro, donde una película que no alcanza el número uno de la taquilla en su primer fin de semana es un fracaso. Personajes inconformistas y con talento como Warren Beatty, Peter Bogdanovich, Billy Friedkin o Francis Coppola fueron aplastados sin contemplaciones por ese gigante intangible tan de moda hoy, al que se denomina genéricamente como “los mercados”, y sustituidos como engranajes defectuosos por otros más apropiados a los nuevos intereses. Moteros tranquilos, toros salvajes relata la apasionante historia de un sueño que acabó en pesadilla. Siendo francos, no podía acabar de otro modo dadas las circunstancias políticas, económicas y sociales que lo fueron rodeando en el transcurso de su existencia, sellando con su final el destino de lo que una vez fue conocido como “séptimo arte”. Para tener una idea sobre la dimensión del cataclismo basta pensar en películas como Bonnie & Clyde, los Padrinos, Chinatown, Nashville, Apocalypse Now, Luna de Papel o El cazador (entre otras muchas), y en cómo fueron sustituidas tras el cambio de década por Rambos, Amaneceres rojos, slashers del tres al cuarto y tontunas subnormaloides con efectos especiales en vez de guión. Una vez los contables pusieron orden y expulsaron del redil a los díscolos, la suerte estaba echada.

Resultado: aplauso estruendoso.

Ficha en la IMDB.

El productor Robert Evans sobre su exmujer, Ali MacGraw: “Me miraba a mí y pensaba en la polla de Steve McQueen”. ¿De verdad alguien quiere perderse esto?

Aplausos o abucheos: Ran

Jamás he ocultado mi ciega admiración hacia Akira Kurosawa. Considerado como “el más occidental de los directores de cine japoneses” y habiendo sido un referente para cineastas de la talla de Sam Pekimpah o Sergio Leone, estoy convencido de que si este hombre hubiese nacido en Nueva York en lugar de en Tokio, hoy en día sería objeto de continua adoración como lo son Welles, Wilder o Ford. Ran pertenece a la llamada “etapa crepuscular” de Kurosawa, y se trata de uno de los largometrajes más injustamente olvidados de su trayectoria. Mientras que los fans del genio prefieren decantarse por sus películas clásicas como Rashomon o Los Siete Samurais, otros prefieren recordar cintas como Kagemusha o los Sueños más que nada porque fueron producidas por Lucas y Spielberg respectivamente. Ran apenas ha sido emitida por TV desde su estreno en 1985, y hasta hace poco había que recurrir al mercado de importación para conseguir el DVD de la película, pues eran muy pocos los países donde se comercializaba de manera oficial.

Los años 70 fueron muy difíciles para Kurosawa. Habiendo quedado atrás sus mejores años como cineasta, fue despedido del rodaje de Tora Tora Tora! (que iba a codirigir) por protestar reiteradamente contra una película que consideraba “maniquea e insultante” para el pueblo japonés. Con las puertas Hollywood cerradas a causa de aquello, arruinado por el estrepitoso fiasco de Dô desu ka den, y no habiendo nadie en su país dispuesto a financiarle un nuevo proyecto, el director cayó en una profunda depresión que le llevó a intentar suicidarse, salvando la vida en el último momento. Sin embargo tuvo que marcharse nada menos que a la URSS para encontrar trabajo. El resultado sería la más que notable Dersu Uzala.

Kurosawa soñaba con hacer Ran desde mediados de la década, pero tuvo que esperar cerca de ocho años hasta que el gerifalte de Canal+ y productor habitual de Buñuel, Serge Silberman, puso el dinero necesario para completar los 12 millones de dólares que costaría la película. Durante parte de ese tiempo, el realizador japonés se ocupó en dibujarla literalmente en un storyboard que hoy es considerado una verdadera obra de arte, habiendo sido expuesto en salas y galerías de todo el mundo. Una vez lograron reunir el dinero, Kurosawa y su equipo de producción sacaron partido hasta del último centavo. Viendo la película y conociendo detalles como que los 1.400 trajes que llevan actores y extras están TODOS hechos a mano (su confección llevó dos años a decenas de expertos), parece mentira que costase tan poco dinero. Para hacerse una idea de los costes, baste decir que Steven Spielberg rodó E.T. en 1982 concibiéndola como “una fantasía de bajo presupuesto” y se gastó 10 millones de dólares.

Uno de los impresionantes dibujos de Kurosawa para el storyboard de Ran.

Basada en la tragedia shakesperiana El Rey Lear, Kurosawa concibió Ran (en japonés Caos) como una obra de teatro filmada, y esa es la impresión que uno tiene al ver la cinta ante el (magistral) uso de la cámara fija y la ausencia casi total de primeros planos. El cineasta nipón demostró que seguía siendo un genio del cine a pesar de encontrarse casi al final de su carrera. De la perfección de su trabajo nos podemos dar cuenta viendo la sección de gazapos en la ficha de la peli que se encuentra en IMDB y comparar yendo acto seguido al mismo apartado en la ficha de, por ejemplo, Memorias de África (ganadora de 7 Oscar en ese año de 1985). Técnica y visualmente la película raya en ocasiones lo divino. Aquellos que consideren las cacareadas batallas de Braveheart el culmen de ese tipo de secuencias en una película, deberían ver la del asalto al castillo de Hidetora Ichimonji en Ran donde la sangre, la violencia y la tragedia adquieren los tintes más bellamente sobrecogedores que se recuerdan, acentuados por la total ausencia de sonido a excepción de la minimalista partitura de Tôru Takemitsu. Ver para creer. Pese a todo Ran tampoco es perfecta ni mucho menos. Adolece de un metraje excesivo que produce un alargamiento innecesario de la segunda mitad de la película, precisamente tras la huida del anciano señor feudal de su castillo en llamas. La acción se centra demasiado en sus andanzas vagando junto a su fiel bufón por las agrestes planicies japonesas, y el desalmado Lord Ichimonji queda como un vulgar payaso a causa de los excesos gestuales del veterano Tatsuya Nakadai y el más que cantoso maquillaje que le plantaron para aparentar los 73 “tacos” del personaje. Los detractores de la película afirman también que se parece demasiado a Kagemusha; pero Scorsesse hizo Casino poco después de rodar Uno de los nuestros (que es virtualmente igual) y nadie se queja tanto.

Hidetora ve marcianos.

La fascinante aventura de Ran, el último gran largo épico de Akira Kurosawa, se saldó para él con el aplauso de la crítica y un raspado éxito de taquilla que no cubrió las expectativas creadas. Como comentó un amigo mío hace tiempo, al final de su carrera Kurosawa recordaba a Woody Allen: todos le tenían por un genio pero nadie acudía al cine a ver sus películas. Pese a quedar como un filme “menor” del mítico director, Ran está plagada de detalles que la colocan por encima de muchas pretendidas obras maestras de los 80 llegadas de Hollywood. Y es que, tal y como se suele decir de Stanley Kubrick, incluso lo peor de Kurosawa es infinitamente mejor que lo mejor de muchos otros directores.

Resultado: aplausos, como no podía ser de otro modo.

Ficha en la IMDB.

(Este artículo fue publicado inicialmente por Leo Rojo en COMPUTER-AGE.NET y se reedita con el permiso de su webmaster).

Aplausos o abucheos: La playa

Frustrado por no ganar un Óscar por Titanic, una película que repartió premios incluso entre los encargados de barrer el plató, Leonardo Di Caprio pensó que si aceptaba papeles más “comprometidos” demostraría a esos payasos de la Academia que se habían equivocado negándole el reconocimiento que merecía. Por ello (y por los veinte millones que ofrecieron pagarle) aceptó protagonizar la última de Danny Boyle, que venía de petarlo con Trainspotting, volviendo de paso a sus raíces indies. Las mismas que habían alumbrado sus inicios como actor de cine en películas como Vida de este chico o Diario de un rebelde, pero esta vez bajo el paraguas de un gran estudio (Fox) respaldando lo que era una superproducción con todas las letras, a filmar en Tailandia con un presupuesto muy holgado y con él como estrella indiscutible.

En resumen, Di Caprio volvía a meterse en el papel de joven inadaptado habitual suyo hasta entonces (lo había interpretado incluso en Titanic y seguiría interpretándolo después), pero esta vez aprovechando el tirón de su recién adquirida fama para darle más postín a la cosa. Pero no contó con la mediocridad de Danny Boyle, carente de todo sentido del ridículo y la vergüenza: no olvidemos que los créditos finales de Slumdog Millionaire, así como la idea de convertir un estadio olímpico en Hobbiton son cosa suya. No fue el único imprevisto de una película que acabó lastrada por toda clase de imponderables, donde lo de menos fue el empeño de la Fox en “adaptar” la paradisíaca islita tailandesa donde tendría lugar la filmación, destrozándola y llenándola de mierda.

Danny Boyle´s Brand of Vulgarity.

El resultado casi no podía ser otro que un varapalo de espectadores y críticos contribuyendo, cada uno por su lado, en la acumulación de mierda que es La playa: los primeros negándose a ir al cine y provocando pérdidas millonarias al estudio, excesivamente confiado en su producto; los segundos poniéndola como hoja de perejil. Con todo merecimiento, sin duda. Basada en una novela (de Alex Garland), ésta queda reducida a un mero esquema en su traslado al cine; especialmente en lo concerniente al dibujo de personajes, más planos que una tabla de planchar. Si le unimos el cúmulo de ridiculeces habitual en el cine de Boyle pero corregido, aumentado y condensado en dos horas, pues ya la tenemos liada. La palma se la lleva la secuencia en la que Richard se imagina a sí mismo como personaje de un videojuego, tan absurda que cuando vi la película de estreno, el público presente aquella noche en la sala se dividió entre quienes se preguntaban “¿pero que mierda es esta?”, los que se partían de risa y los que directamente se fueron a la calle indignados. Leonardo Di Caprio, actor muy limitado en general, alcanza aquí cotas de vergüenza ajena difíciles de imaginar.

Lo único realmente a destacar de La playa es la fotografía de Darius Khonji, la presencia de Tilda Swinton (lo mejor del reparto, a una distancia sideral del resto) y la banda sonora repleta de nombres conocidos a principios de siglo como los de All Saints, Blur, Moby o New Order. Sin maravillar, se deja escuchar y destapa las intenciones de una película claramente dirigida a un publico joven. Al final, lo que queda es un filme que trata de esconder su descarada orientación comercial tras una pátina “intelectual” que supuestamente invita a reflexionar, pero quedándose en lo superficial y resultando ciertamente pobre. Con La playa Danny Boyle despacha una versión (la enésima) de El señor de las moscas para poligoneros con ganas de sentirse hippies, y así es lógico que la cosa acabe pareciendo lo que es: una basurilla pretenciosa y risible.

Resultado: tan cutre como este vídeo.

Aplausos o abucheos: El caso Fischer

De Bobby Fischer se dice que es el mejor ajedrecista de la historia. No voy a discutir esa afirmación porque reconozco no tener ni idea de ajedrez, pero es indudable que en su sostenimiento cuenta (y mucho) que Fischer era estadounidense y protagonizó uno de los hitos de la Guerra Fría, cuando le arrebató el cetro de campeón del mundo al ruso Boris Spassky en un encuentro disputado en Reikiavik en 1972. Un triunfo teñido de connotaciones que iban más allá del deporte y que tuvo consecuencias negativas para ambos: Fischer, un hombre inestable y paranoide, sufrió un agravamiento de su ya frágil salud mental. Renunciaría al título para evitar darle la revancha a Spassky, se retiró del ajedrez y acabó viviendo como un mendigo. El ruso casi lo pasó peor: en la Unión Soviética su derrota se vivió como una humillación nacional y las autoridades del país le defenestraron, quitándole sus privilegios y obligándole a exiliarse en Francia, país donde vive y del que es ciudadano desde 1978. Curiosamente ambos hombres volverían a encontrarse años después en una reedición amistosa de su célebre enfrentamiento, disputado esta vez en Belgrado. Sólo hubo un problema: el encuentro violaba las sanciones internacionales impuestas a Yugoslavia por la Guerra de los Balcanes y Fischer, que como buen tarado no se mordía la lengua (entre otras lindezas se reconocía abiertamente antisemita pese a su ascendencia judía), acabó proscrito por el gobierno de Estados Unidos, que le puso en busca y captura. Tras dar tumbos por medio mundo protagonizando toda clase de sucesos (incluyendo una esperpéntica detención en Japón, donde acusó a la Policía local de torturarle) acabó admitido en Islandia como asilado, y allí moriría en 2008.

Es probable que quienes vean El caso Fischer encuentren más interesante el resumen anterior, y gracias a él se aventuren a indagar en la figura del ajedrecista americano y profundizar en su rivalidad con Spassky, trufada de anécdotas impagables. El motivo es que la película resulta, lisa y llanamente, decepcionante. La culpa la tienen el guión de Stephen Knight (demasiado largo) y la dirección de Edward Zwick, quien acostumbrado a rodar melodramas épicos de escasa entidad como Leyendas de pasión o El ultimo samurai no consigue dar con el tono adecuado para este trabajo, mucho más intimista y complejo. El resultado es un filme aburrido y pesado, que no da de sí todo lo que podría y en el que lo único realmente destacable se encuentra en la interpretación del actor Liev Schreiber, de origen ruso y cuyo parecido con Spassky no se limita al aspecto físico. La réplica como Fischer se la da Tobey Maguire, quien además produce la película y a veces sobreactúa tanto que parece que su papel se lo está tomando a broma, casi como si estuviese “interpretando” de nuevo a Spiderman. Muy flojo.

“¡Que estoy muy loco tío! ¡QUE ESTOY MUY LOCO!”

Total, un filme cuyo interés se encuentra a la par del suscitado en países como España, a donde El caso Fischer llegó más de dos años después del estreno oficial y de manera casi clandestina, pese a la presencia de Tobey Maguire encabezando el reparto. Yo mismo me aburrí tanto que hubo un momento en que decidí parar la película e irme a fregar y a limpiar la arena de los gatos, teniendo que esforzarme acto seguido para poder acabarla. Eso lo dice todo acerca de ella, y es una pena porque los mimbres disponibles sin duda daban para bastante más.

Resultado: un muermo, como el ajedrez para los no aficionados.

Ficha en la IMDB.

Aplausos o abucheos: Starship Troopers

Paul Verhoeven ha comentado en alguna ocasión que, aunque Showgirls fue la película que torpedeó su carrera en Estados Unidos, realmente fue Starship Troopers la que acabó hundiéndola: por primera y única vez en su vida, el director holandés contó con cien millones de dólares para afrontar un rodaje, lo que a finales de los 90 era una pastizarra enorme. En los cines recaudó 120, y si tenemos en cuenta que, como norma general, una película debe recaudar al menos el doble de su presupuesto para empezar a ser rentable, podemos hacernos una idea del fiasco que supuso.

Elegidos para el fracaso.

Los últimos años de Verhoeven en Norteamérica parecen tocados por una especie de mal fario, y es una lástima. Es verdad que Showgirls era mala, pero acabó ganando un dineral gracias al vídeo y al DVD (no hace falta comentar los motivos); la suerte de Starship Troopers fue mucho más inmerecida porque para empezar está realmente bien y como entretenimiento funciona a las mil maravillas. Pero su mensaje fue malinterpretado por los críticos y el público, que la tacharon de ser como Sensación de Vivir con marcianos y de panfleto fascista, cuando en realidad era todo lo contrario. Basada en una novela de serie B, publicada durante la efervescencia anticomunista del macarthismo y los avistamientos OVNI que salpicaban continuamente los noticieros americanos (reflejados a su vez en el cine, por supuesto), Starship Troopers arremete sin contemplaciones contra las sociedades totalitarias y militarizadas, satirizando la manipulación que convierte al individuo, perversamente alienado e idiotizado desde la escuela, en simple peón al servicio de las castas dirigentes, quienes no dudan en sacrificarlo en función de sus propios intereses, algo que se acepta de buen grado además. Exactamente el retrato de nuestra sociedad actual tras el 11S y la guerra de Irak. Y ahí reside, tal vez, el mayor acierto de Starship Troopers: puedes disfrutarla como simple entretenimiento juvenil, con sus protas guaperas, sus batallas especiales y sus riadas de bichos, recreados mediante una exhibición de espléndidos efectos especiales; pero al mismo tiempo esconde una lectura entre líneas cargada de mala baba y que sutilmente se adivina, por ejemplo, en algunas frases del guión completamente demoledoras.

Hay quien sostiene que si Starship Troopers se hubiese estrenado durante el mandato de este gañán, habría sido un rotundo éxito. Y no por lo que muchos creen que ensalza.

Insisto pues en que lo ocurrido a Verhoeven durante sus últimos años en Hollywood fue una lastima. Y eso que con Starship Troopers, consciente de lo que se jugaba, quiso ir a lo seguro volviendo a contar con parte del equipo que le había arropado en RoboCop y Desafío total. El guionista Edward Neumeier incluso le hizo algunos guiños a la primera película (esos bizarros insertos publicitarios), pero todo fue inútil. El director holandés acabó tan dolido que, pese al éxito de El hombre sin sombra en 2000, decidió regresar a Europa de todos modos, harto de un Hollywood cada vez más reaccionario en lo moral y cortoplacista en lo económico. Paradójicamente Starship Troopers no tardó en convertirse en un clásico, origen de una franquicia que ha dado mucho dinero; pero en una sociedad como la nuestra, todo lo que no es un pelotazo instantáneo se convierte de inmediato en un fracaso. Una estupidez convertida en axioma potencialmente letal, y que se ha cebado especialmente con el cine. Hoy día, cualquier película que no alcanza lo más alto de la taquilla en el primer fin de semana es un desastre. En el colmo del absurdo, hay películas que han sido catalogadas de “fracaso” semanas o incluso meses antes de su estreno. En tales circunstancias, es lógico que quienes aún piensan con la cabeza como Verhoeven renieguen del cine. De lo que ha sido su vida desde que tienen uso de razón. Es una situación que solo presagia la muerte del que un día se denominó “séptimo arte”, larvada desde dentro por aquellos que dicen defenderlo. Porque los enemigos del cine están dentro de él.

Versión 2.0 de la tradicional disección de la rana en el insti.

Por último, una petición expresa: no me sean cicateros y huyan de las descargas por Internet. No solo porque Starship Troopers merezca disfrutarse con una imagen en condiciones ante su espectacularidad visual, sino porque además los extras contenidos en las mejores ediciones en DVD o Blu Ray valen incluso más que la propia película, que ya es decir. Es el caso de los comentarios de Paul Verhoeven y su equipo, que explican numerosas interioridades del rodaje, hechos curiosos y anécdotas muy divertidas. Como por ejemplo los silbidos e insultos que el personaje de Denise Richards recibía en los pases previos al estreno, llamándola “zorra” y pidiendo a Verhoeven que la matase cambiando el final.

Dina Meyer mostrando sus dos talentos: según el director “su magnética personalidad y un sentido del humor realmente perverso”. ¿Qué esperabais, marranos?

Resultado: Está más que claro.

Ficha en la IMDB.

Aplausos o abucheos: Frenesí

Tras la decepción de crítica y público con Cortina rasgada y Topaz (sin duda una de sus películas más flojas) y de verse por ello obligado a regresar a Inglaterra para seguir haciendo cine, el inmenso éxito de Frenesí devolvió a Alfred Hitchcock su antigua popularidad. Frenesí es un thriller de primera clase, singularizado por las emociones opuestas que produce la mezcla de humor macabro con la escabrosa trama principal. Hitchcock y el guionista Anthony Shaffer tomaron como base una novela de Arthur La Bern titulada Goodbye Piccadilly, Farewell Leicester Square, pero la alteraron sustancialmente en el proceso llegando incluso a cambiarle el nombre por el de un guión previamente rechazado por los estudios americanos. El gran Jon Finch (uno de los mejores actores británicos de su generación) da vida en Frenesí a Richard Blaney, un héroe de guerra caído en desgracia que malvive sirviendo copas en un pub de Londres, ciudad muy agitada últimamente por la presencia de un asesino de mujeres que estrangula a sus víctimas usando una corbata. Por una jugarreta del destino Blaney, un hombre bueno en el fondo pero al que pierden sus modales violentos y su afición por la bebida, se convierte en el primer sospechoso de ser el temido criminal. Con todo en su contra se verá puesto en un brete de muy difícil salida. En resumen, una historia típica de Hitchcock: la de la persona honesta obligada a salir por patas ante una situación excepcional que pone en juego su vida, aunque esta vez cargada de matices muy especiales.

“Contrataba a los actores como contrataría al carpintero de los estudios”. Así definía Barry Foster (el asesino de la corbata en la peli) al “Mago del suspense”. Sin embargo, todo el reparto coincide en que se lo pasó bastante bien en el set y que en general el ambiente era muy distendido. Hitch, ya septuagenario y sin necesidad de tener que demostrar nada (menos aún en Inglaterra, donde se le consideraba una leyenda viviente), no sentía la presión inherente al trabajo con los grandes estudios de Hollywood. Y tal vez por eso las musas le ayudaron más que otras veces y la película le quedó virtualmente redonda, aunque el rodaje tampoco estuvo exento de problemas. El principal de ellos el ataque cardíaco sufrido por Alma, la abnegada mujer del director, quien por fortuna no tardó en recuperar la salud. Tanto que al final vivió más que él. Otros vinieron por la dificultad de algunas escenas (la de la famosa violación requirió tres días y el uso de dobles) o el descontento del tito Hictch con la música de Henry Mancini, que consideraba demasiado oscura y siniestra. La partitura del famoso compositor fue desechada y sustituida por otra de Ron Woodwin, que no se vio lastimado por tener que trabajar a contrarreloj y supo captar mejor la peculiar esencia del filme con su obra de clásico y mayestático aire british.

Busque, compare, y si algo no le gusta mándelo a la mierda. Aunque sea de Henry Mancini.

Poco más cabría decir de esta pequeña maravilla (lo de “pequeña” se debe a que costó muy poco dinero). El guión es sólido, el reparto está espléndido y la técnica resulta impecable, pero por encima de todo y todos está, por supuesto, el director. Carlos Pumares decía de Hitchcock que podía ser muy vago y chapucero. Pero también un genio, y en Frenesí lo demuestra con creces en escenas como la que él denominaba “el adiós a Babs”: un ingenioso travelling con la cámara descendiendo lentamente por una escalera en completo silencio hasta que llega a la calle, donde el ruido se desborda. O un plano fijo sostenido con maestría durante unos angustiosos e interminables segundos, en los que parece que no ocurre nada pero todo el mundo sabe lo que va a ocurrir… Y por supuesto la escena de la violación, cuyo prodigioso montaje a base de primeros planos muy cortos logra provocar auténtica repulsión, tal como pretendía el guionista Anthony Shaffer. Es él quien mejor resume la película: “Al final, todo nos salió bien”.

Resultado: Digno de mi mejor corbata.

Ficha en la IMDB.

Aplausos o abucheos: Grizzly Man

Admito que llevaba mucho tiempo deseando ver Grizzly Man. En su momento me perdí el estreno de este documental en el cine y le tenía ganas, queriendo escribir algo sobre él pese a que ya existe gran cantidad de material desperdigado por toda la Red. Pero insisto: tenía ganas de hincarle el diente a Grizzly Man, así que vamos allá.

Si la faceta de Werner Herzog como cineasta no es muy conocida entre el gran público, ni que decir tiene que menos conocida aún es su faceta como realizador de documentales en la que, como no podía ser de otra forma, el alemán sigue mostrando esa querencia tan particular suya por retratar chalados. Esta vez no iba a ser menos, y el filme que nos ocupa desgrana la figura de Timothy Treadwell, un tipo cuyo amor enfermizo por los osos grizzlies (una subespecie de oso pardo particularmente agresiva) le llevó a convivir con ellos en Alaska durante trece veranos, hasta que un buen día éstos decidieron merendárselo junto con su novia, que le había acompañado en el que sería el último viaje para ambos.

Retarded.

Para llevar a cabo su tarea, el director se apoya en los vídeos filmados por el propio Treadwell; hasta el punto de que, con excepción de partes puntuales y de la voz en off de Herzog, la película está montada prácticamente al completo sobre la base de ese material. Material que, dicho sea de paso, tiene escaso valor como documental de naturaleza, llamémoslo así. Básicamente se utiliza para hacer un retrato de la figura de Treadwell, y como no podía ser de otro modo, el pobre hombre no es que salga precisamente muy bien parado. Herzog se posiciona claramente a favor del protagonista y se puede decir que siente una extraña mezcla de admiración y lástima por él, pero tampoco impide en ningún momento que veamos la cruda realidad de un tipo que claramente no estaba muy en sus cabales. Hasta el punto de que, de no ser por el triste final que tuvo, se podría decir que era patéticamente gracioso. Una especie de Mr. Bean metido a naturalista del tres al cuarto.

¡Sí, los osos son mis coleguillas del alma!

El principal defecto de la película, que por desgracia suele afectar a la filmografía de Herzog, es que resulta demasiado larga, con el agravante de que el personaje aquí retratado no merece semejante desperdicio de metraje (una hora y cuarenta minutos), pues en circunstancias normales un tipo así no daría más que para un simple documental de media hora de duración o una mención de honor en la web de los Darwin Awards. De este modo, bastan los primeros treinta o cuarenta minutos para formarse una clara idea de quién era este tarado de Timothy Treadwell y para tener claro, pese a quién pese, que no era precisamente un alter-ego de Diane Fossey o de Rodríguez de la Fuente, sino un ex alcohólico y drogadicto al que en un momento dado se le cruzaron los cables, y decidió que unos bichardos de casi 500 kilos de peso capaces de partirle por la mitad de un zarpazo podían ser amiguetes suyos. Que lograse alcanzar cierta notoriedad mediática en lugar de ser amordazado de urgencia con una camisa de fuerza indica hasta qué punto algo no funciona en el mundo, y es que el “coolismo” que rodea a la ecología desde hace unas décadas puede llegar a ser tanto o más dañino que ir por ahí cazando y contaminando indiscriminadamente.

Resultado: GraooorrrrzZZZZZZ… Vamos, que empieza bien pero acaba cansando.

Ficha en la IMDB.

(Este artículo fue publicado inicialmente por Leo Rojo en COMPUTER-AGE.NET y se reedita con el permiso de su webmaster).

Aplausos o abucheos: La mugre y la furia

De entre todas las corrientes socio-culturales surgidas durante los convulsos años 70 del siglo XX, tal vez sea el punk la que más llame la atención al estudiar esa época de la historia. Nunca antes la juventud había canalizado de semejante forma el odio y el desencanto hacia una sociedad cada vez más alejada de sus ideales. La música punk se erigió en la forma de expresión de buena parte de esa masa juvenil harta de sentirse ninguneada; un rabioso grito de protesta del que, sin lugar a dudas, el máximo exponente a nivel mundial fueron los Sex Pistols.

Compuesta por cuatro conflictivos jóvenes de barrio obrero londinense, la banda se fundó gracias al avispado instinto del dueño de una tienda de ropa fetichista llamada “Sex”, Malcolm Mclaren, quien supo atisbar como nadie las posibilidades de negocio que tenía el filón del punk. La jugada le salió virtualmente redonda, aun a pesar de los desastres en que se vio envuelto el grupo durante su corta pero fulminante existencia. Una existencia que dejó huella indeleble y que fue referente para decenas de grupos y músicos que vendrían después.

Nada como un buen reclamo para vender como churros.

Uno de los múltiples productos auspiciados por Mclaren para sacar pasta del fenómeno Sex Pistols fue la película The great rock ´n´ roll swindle (La gran estafa del rock and roll), estrenada en 1980 poco después de la disolución de la banda en medio de un caos total. Ni el director, Julien Temple, ni los componentes del grupo quedaron muy satisfechos de la experiencia ni del resultado obtenido, así que años después Temple ofreció (a sí mismo y a los Sex Pistols) una oportunidad de redención en la forma de un documental que honrase decentemente al grupo y a su época, contando los hechos que tuvieron que ver con ellos desde una perspectiva sincera y directa, sin manipulaciones de ningún tipo. Temple se encerró en una sala de montaje con todo el material sobre los Pistols que pudo encontrar, y con eso y con una serie de entrevistas realizadas a los miembros de la banda pergeñó La mugre y la furia.

Este documental hace un recorrido de cien minutos de duración a través de la que, a mi juicio, es una de las biografías más interesantes en la historia reciente de la música, abarcando desde los tiempos de Swankers (formación inmediatamente previa a los Pistols que ya integraba a tres de sus miembros) hasta la desintegración de Sex Pistols en 1978, tras una desastrosa gira por Estados Unidos que culminaría poco después con la muerte por sobredosis de Sid Vicious. El objetivo que busca la película es contar la verdad sobre el grupo que abanderó a la movida punk a finales de los setenta, intentando desmontar las bulos y los mitos surgidos en torno a ellos. Ese es posiblemente su mejor logro: desmitificar a una banda y a unos personajes que, lejos de pretender la destrucción total del sistema, más bien solo buscaban pasárselo en grande haciendo el ganso sobre un escenario, ganando de paso algún dinero aunque no tuviesen ni puta idea de tocar. Con respecto al lado más escabroso y escandaloso de los Pistols, Temple trata de huir del sensacionalismo intentando hacer un análisis riguroso de cada hecho, para lo que utiliza como base las citadas declaraciones de los cuatro supervivientes de la banda, incluyendo también una entrevista realizada a Sid Vicious un año antes de su muerte. El director se posiciona claramente a favor del grupo para según qué cosas, como por ejemplo su difícil trato con Malcolm Mclaren (pisoteado sin piedad aquí), o la relación de Vicious con Nancy Spungen, a la que se acusa poco menos que de ser la culpable de la muerte del bajista.

El concepto “relación autodestructiva” descrito en una sola imagen.

Julien Temple también acierta con el enfoque dado al guión y al montaje (bastante alocado pero efectivo), interpretando que quien vea la película no tiene porqué ser un profundo conocedor de la historia que relata. Inserta retazos de la cotidianidad británica de la época en forma de anuncios de televisión, pedazos de noticiarios, o programas de éxito de ese momento (como El show de Benny Hill) mediante los cuales introduce al espectador en una especie de “túnel del tiempo” y le explica las causas que desembocaron en el advenimiento del punk y, consecuentemente, de los mismos Pistols. Para evitar posibles desviaciones en su propósito, el realizador elude mostrar imágenes actuales de los miembros del grupo (en los fragmentos de las entrevistas en que aparecen se les ve siempre a contraluz). De la misma manera, tampoco se hace referencia a ningún momento posterior a la ruptura de la banda y la muerte de Vicious en 1979.

La mugre y la furia es tanto más recomendable cuanto más fan de los Sex Pistols se sea, aunque si no se es tampoco importa mucho. La película se deja ver y tiene algunos momentos muy divertidos, como el impagable relato de Steve Jones sobre cómo se agenciaba instrumentos decentes para sus compañeros o la entrevista de Bill Grundy en TV. En todo caso, se trata de una gran oportunidad para conocer de primera mano la tormentosa y seductora semblanza de uno de los grupos más polémicos, irreverentes y anárquicos, clave para comprender la evolución de la música en la última mitad del siglo XX.

Resultado: Entre escupitajo y botellazo, aplausazo.

Ficha en la IMDB.

(Este artículo fue publicado inicialmente por Leo Rojo en COMPUTER-AGE.NET y se reedita con el permiso de su webmaster).

Aplausos o abucheos: Fin de siglo, la historia de Los Ramones

“Jamás volverá a haber un grupo de tarados que, como éste, sea capaz de sacar tanto partido de cuatro putos acordes”. Esta frase, leída hace siglos por el que suscribe en un fanzine de instituto, resume de forma bastante concisa la trayectoria de una de las bandas más legendarias en la historia de la música. Hablar de The Ramones (o Los Ramones, como prefieran) es referirse a un hito indiscutible del que casi todo buen aficionado a la música conoce algo, aunque en su momento no gozasen, curiosamente, del predicamento masivo que sí disfrutaron otras bandas de punk rock. Ni que decir tiene que resulta muy sencillo encontrar toneladas de información respecto a ellos gracias a Internet. Con tantas facilidades al alcance de un simple “clic” de ratón, podría decirse que un documental sobre una banda como esta carece de sentido o de interés, pero nada más lejos de la realidad.

End of the Century es ante todo una historia de marginalidad, y de cómo esa marginalidad puede forjar y destruir un mito de forma tan incomprensible como pasmosamente fácil. En semejanza a lo ocurrido con los Sex Pistols (este documental establece paralelismos ocasionales entre ambas bandas), la historia de los Ramones es la de cuatro gamberros vistos como escoria en potencia por los vecinos del barrio de clase baja en el que vivían, que terminaron subidos a un escenario por el simple hecho de querer divertirse, follar y arrearle una patada en los huevos a una sociedad mortecina que, tras la explosión musical de los 50 y 60, se definía por dos conceptos básicos: crisis y aburrimiento. Era una sociedad ciertamente parecida a la actual, amordazada por la incertidumbre, el miedo generalizado a ser políticamente incorrecto y atestada de música anodina procedente de grupos clonados unos de otros. En contraposición con el elegante rock progresivo (de moda por aquel entonces) y sus elaborados e interminables solos de veinte minutos, emergieron los Ramones como herederos directos de los Stooges o New York Dolls (por los que ellos sentían una gran admiración), con su repertorio de canciones cortas, contundentes y atronadoras en medio de una escenografía cochambrosa y pasada de rosca. Como se explica en el documental, era la misma puesta en escena que luego tomarían prestada muchas de las bandas más prominentes del punk británico como The Clash o los mismos Pistols, aunque estos últimos la llevarían hasta sus últimas consecuencias.

Estructurado parcialmente como homenaje a Joey Ramone, fallecido poco después de finalizarse el rodaje, End of the Century realiza un recorrido cronológico por la historia de una de las formaciones musicales más influyentes de las últimas décadas, partiendo desde las mismas raíces del punk rock. Como filme no tiene nada de revolucionario respecto a otros de su misma estirpe, y todo gira en base a las consabidas entrevistas a los miembros de la banda y a todos aquellos que tuvieron una relación importante con ellos. Nada nuevo bajo el sol, pero al menos está entretenido, no carece de ritmo y posee el atractivo añadido de poder ver grabaciones de conciertos y entrevistas del grupo, algunas de ellas inéditas. Además se trata de un filme nunca estrenado en España, aunque sí disponible en DVD (que en mi caso pillé en la biblioteca, en una edición importada de muy buena calidad, por cierto). En resumidas cuentas, una gran oportunidad para conocer a unos tíos para los que no saber tocar una mierda, lejos de ser un obstáculo, acabó por convertirse en seña de identidad en su carrera hacia la leyenda.

Resultado: Caos y diversión.

Ficha en la IMDB.

(Este artículo fue publicado inicialmente por Leo Rojo en COMPUTER-AGE.NET y se reedita con el permiso de su webmaster).

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