Leyendo: Big Time, la gran vida de Perico Vidal (Marcos Ordóñez)

Perico Vidal se ha convertido en una especie de fetiche para esta web desde su nacimiento hace ahora tres años (¡cómo pasa el tiempo!). Con la tontería le hemos nombrado más que a cualquier celebridad y hasta llegamos a dedicarle un especial sobre su vida dividido en cinco entregas. Se lo merece porque aunque Vidal no es el único personaje del cine con una biografía apasionante, sus vivencias junto a colosos de la talla de David Lean o Frank Sinatra, unidas al hecho de ser un completo desconocido incluso para muchos que presumen de saberlo todo sobre cine, le convierten por derecho propio en una figura por la que resulta imposible no sentirse cautivado. Así me ocurrió la primera vez que supe de él, con ocasión de una entrevista promocional realizada por El País al periodista Marcos Ordóñez, a la sazón empleado del diario y autor del libro Beberse la vida: Ava Gardner en España, publicado en 2003. Buena parte de las personas entrevistadas por Ordóñez para la escritura de ese libro le habían recomendado contactar con Perico, quien había conocido muy bien a la actriz compartiendo con ella inacabables noches de juerga trufadas de anécdotas. Subyugado por lo que escuchó, el periodista quiso que Perico le contase también su vida y se animó a grabar una serie de cintas, cuyo contenido solo vería la luz parcialmente tras la muerte de Vidal en 2010 dentro del blog que Marcos Ordóñez tiene en El País. Durante el especial que El cine mío le dedicó a Vidal en 2014, dejé caer que lo publicado por Ordóñez me había sabido a poco y que sería estupendo que alguien escribiese un libro entero sobre el que había sido el ayudante de dirección más importante en la historia de España. Y como si el propio Marcos Ordóñez hubiese captado la sugerencia tras leerme, ese mismo año se publicaba Big Time: La gran vida de Perico Vidal. Un libro que sin embargo no me he comprado hasta ahora, porque la campaña de promoción debió de ser muy discreta y solo me enteré de su existencia por pura chiripa mientras buscaba otros productos en Amazon.

Para empezar el análisis del libro yendo al grano, que a fin de cuentas es lo ideal, el hecho de que lo haya adquirido constata por enésima vez que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra. O no, porque el primer “tropiezo” me lo regalaron, en lugar de comprármelo como en este caso. Ordóñez no es santo de mi devoción y por ello era consciente de estar arriesgando 18 euros en algo que tal vez iba a disgustarme, pero me podía la curiosidad. Con todo, resulta imposible ocultar la decepción que provoca una lectura que básicamente es una transcripción en papel de lo ya publicado por Ordóñez en su blog, limitándose a quitar algunos párrafos y añadir otros. La única novedad reseñable se localiza en el anexo donde la hija de Vidal, Alana, cuenta la pavorosa lucha de su padre contra el alcoholismo, que llevaría a ambos a reencontrarse después de pasar años separados. Un relato sin apenas valor, más cercano al sensacionalismo propio de un programa televisivo de cotilleos que a la temática del libro, que queda así desvirtuado en su tramo final.

De este modo, Big Time sólo es recomendable para aquellos que no conozcan el blog de Ordóñez y / u odien leer en la pantalla de un dispositivo electrónico. Al resto le bastará con echarle un vistazo a nuestro reportaje (que enlaza directamente con los artículos originales) y ahorrarse el dinero, porque no se perderán nada que valga la pena y podrán deleitarse de igual modo con las vivencias de un hombre genial, dotado no sólo con una memoria prodigiosa, sino también con una facilidad de palabra que, aderezada con una personalidad magnética como pocas, le permitía expresarse de forma inigualable. En cuanto a Marcos Ordóñez, el hecho de que reconozca abiertamente no haber grabado muchas de las conversaciones sostenidas con Vidal por pura desidia le define de medio a medio. A partir de aquí, ustedes mismos.

Leyendo: Desafío total, mi increíble historia (Arnold Schwarzenegger)

Baste una anécdota para definir con plena exactitud el carácter de Arnold Alois Schwarzenegger (Thal, Austria, 1947): a principios de los setenta, viviendo ya de forma permanente en Estados Unidos y siendo un culturista famoso pero aún lejos de la gigantesca estrella que llegaría a ser, la que era su novia desde hacía varios años quiso convencerle para abandonar la competición, coger sus ahorros, montar un gimnasio y dedicarse a llevar una vida tranquila y anónima. Casi de un día para otro, el “Chuache” rompió con ella acusándola de conformista y poco ambiciosa. Arnold quería que su nombre estuviese en boca de todos, ya fuese en el culturismo o en cualquier otra cosa que se propusiese hacer. Quería ser una estrella en el país que da a luz a las mayores estrellas del orbe. Quería convertirse en leyenda, pasar a la historia. Y nada ni nadie le impediría conseguirlo. Aquel que lo intentase sería considerado un lastre, alguien totalmente prescindible.

Desde niño, Arnold Schwarzenegger ambicionaba ser alguien en un pueblecito lleno de don nadies. Hijo de un antiguo soldado del ejército nazi metido a policía tras la Segunda Guerra Mundial, un hombre que vivía atormentado por su traumática experiencia en el conflicto y que a menudo lo pagaba con su familia haciendo gala de un carácter rudo y severo, el joven Arnold encontró en la práctica deportiva todo lo que no encontraba en su casa, amén de la disciplina y el rigor necesarios para superar cualquier obstáculo que se le pusiera delante. Como suele ocurrir, halló la que sería su primera vocación casi por casualidad, observando a los muchachos que practicaban gimnasia en un céntrico parque de Thal. Entre ellos había soldados americanos que le transmitieron una imagen del mundo (y siendo más concretos, de Estados Unidos) radicalmente opuesta a la de su empobrecida Austria natal, un país completamente devastado incapaz de ofrecer oportunidades a alguien como él. Por eso hizo las Américas en cuanto pudo, con la intención nada disimulada de hacer fortuna. No hace falta decir que lo consiguió.

Habitación del Chuache en su casa de Thal, hoy convertida en museo. Cultivando el espíritu espartano desde la piltra.

Ése es precisamente el tramo más interesante de estas memorias, en el que Schwarzenegger relata su lento pero incansable ascenso a la cima y en el que se revela como un personaje tenaz, inasequible al desaliento y extremadamente ambicioso, siempre en busca de retos con los que demostrar su valía. Así fue como hizo del culturismo un deporte de moda, sacándolo de las catacumbas en las que habitaba y contribuyendo a la popularidad de estrellas como Lou Ferrigno que de otro modo no habrían llegado a nada. Compaginaba su febril actividad deportiva (que incluía entre otras cosas colaboraciones en revistas para las que escribía artículos y hacia publicidad) con estudios de Economía, y junto a algunos amigos culturistas montó un negocio inmobiliario que le haría rico mucho antes de protagonizar Conan el Bárbaro. En el intervalo tuvo tiempo para ligarse a una Kennedy (el equivalente yanqui de liarse con una princesa europea) con la que finalmente se casaría y tendría cuatro hijos. Convertido en la estrella de Hollywood mejor pagada de su época, daría muestras de un incipiente activismo político, influenciado por tres prohombres a los que nuestra sociedad les debe en buena medida su venturosa situación actual: Richard Nixon, Milton Friedman y Ronald Reagan. Vista su indisimulada admiración hacia ese trío de lumbreras, no faltaron quienes profetizaron el fin del mundo cuando Arnold se convirtió en Governator de California a finales de 2003, pero sorprendentemente adoptó una política moderada, opuesta en casi todo a los planteamientos de la derecha republicana más conservadora y neoliberal. Concluir su mandato de ocho años no significó la diáspora para este hombre casi septuagenario, que sigue protagonizando filmes de acción como en sus mejores días resistiendo al paso del tiempo.

No hay mejor forma de resumir en un solo párrafo la azarosa vida de un triunfador, ejemplo del inmigrante que llega con lo puesto a la tierra de las oportunidades y adquiere una posición privilegiada, gracias a las bondades de un sistema que premia con generosidad a quienes estén dispuestos a esforzarse al máximo para alcanzar un sueño. Y de todos ellos, claro está, Schwarzenegger es el primero, siempre al pie del cañón. Este es el principal fallo de un libro desbordante de yoyoismo, con un protagonista incapaz de cometer un error sin justificar (cuando lo comete) y convencido a pies juntillas de que Estados Unidos es el mejor país del mundo en virtud de su liberalismo a ultranza, contrastando abiertamente con esa Europa filocomunista en la que el excesivo peso de los estados merma las libertades ciudadanas y coarta el desarrollo individual. ¡Sólo en los USA un inmigrante de mierda puede hacerse famoso luciendo músculos y repartiendo estopa frente a una cámara de cine y convertirse en gobernador del estado más rico de la Unión, la quinta economía del mundo si fuese un país independiente! ¡Los USA molan mil!

El Invicto Caudillo, rindiendo pleitesía a otro Invicto Caudillo.

Y a todo esto, ¿qué tal está el libro? Pues contra lo que cabría pensar a tenor de lo leído en el párrafo anterior resulta muy interesante, si bien el interés decrece conforme van pasando las 700 páginas que lo conforman; un “tochaco” nada desdeñable que se podría haber aligerado especialmente en su tercio final. La redacción es aceptable, aunque no tanto una traducción al castellano que peca de excesivamente literal por el abuso de pronombres personales que en castellano pueden (y hasta deben) omitirse sin ningún problema. Y puesto que estamos ante un vehículo para el lucimiento del Chuache y glosar sus innumerables virtudes (y las del país en que vive y del que es ciudadano), los aficionados a la carnaza y el chismorreo tendrán aquí poco que rascar pese a que Arnie publicó el libro en plena tormenta por el divorcio de su mujer, a la que puso los cuernos con la empleada de hogar. Lejos de arrepentirse (bueno, lo hace pero de un modo bastante timorato), nuestro hombre aprovecha para colgarse medallas de auténtico sietemachos. Como cuando estuvo zumbándose a Brigitte Nielsen durante dos semanas mientras ambos viajaban por Europa tras conocerse en el rodaje de la nefasta Red Sonja, a todo esto con la entonces novia de Arnold pasando las noches más sola que la una en su casa de Los Ángeles. En cuanto la pizpireta y jovial “Gitte”, que se lo terminó creyendo, pidió a Chuache que dejase plantada a su futura mujer, él la mandó a la mierda sin contemplaciones. ¡Habrase visto, la muy puta!

Leyendo: El hijo del trapero

Esta es la historia del hijo de un judío ruso que emigró a Estados Unidos huyendo del servicio militar de su país. Una vez establecido en Nueva York con su mujer, se hizo trapero y empezó a traer hijos al mundo, seis chicas y un único chico al que sus padres llamaron Issur, quien desde pequeño soñó con hacerse actor para ser alguien y escapar así de una vida miserable y de los malos tratos que le infligía su padre. Finalmente lo lograría, convirtiéndose con el nombre de Kirk Douglas en uno de los actores más legendarios de todos los tiempos.

Había leído El hijo del trapero, la autobiografía de Kirk Douglas publicada en 1988, hace bastantes años, como desahogo frente a esas lecturas obligadas con las que profesores de colegios e institutos parecen buscar que sus alumnos acaben despreciando los libros. Espoleado por las buenas opiniones que se decían de él, lo pedí prestado en una biblioteca pública y me gustó tanto que pensé en comprarlo al día siguiente de devolverlo, pero sin que recuerde el motivo fui posponiendo la idea hasta olvidarla por completo. Hace poco me topé con una edición de bolsillo en una tienda y decidí saldar mi deuda, que ya era hora. Esas cosas pasan a veces.

Este excelente análisis del libro resume sus virtudes mucho mejor de lo que podría hacerlo yo en cualquier circunstancia. El hijo del trapero es un relato acerca de un mundo (el del Hollywood clásico, el de verdad) que ya no existe, escrito de primera mano por el que es uno de sus últimos representantes vivos, quien además fue uno de los que más fama y poder aglutinaron en una época en la que los actores eran poco menos que esclavos, explotados bajo el yugo de empresarios sin ningún tipo de escrúpulos. Conseguirlo le costó a Kirk Douglas, hijo de un mal padre y marido que fue a su vez mal padre y mal marido, labrarse fama de persona difícil con la que trabajar podía ser un tormento, pero en lo que a eso respecta no se ahorra descargos hacia sí mismo al tiempo que ataca sin miramientos un sistema cruel y despiadado que destruía, a veces hasta la muerte, a muchos de sus integrantes. A quienes no lograban adaptarse a él, deslumbrados por el oropel y los focos que sólo permitían ver un escaparate rebosante de lujos y tentaciones.

Kirk Douglas posando con sus cuatro churumbeles en 1988.

Todo esto lo hace Douglas con un estilo brillante, demostrando que es algo más que un simple actor de cine dolido por no haber triunfado sobre las tablas de Broadway, espina que siempre ha tenido clavada. Y lo hace sin escatimar nada, incluyendo reproches hacia sí mismo por su carácter libertino y crápula, que le llevaba a trajinarse casi cualquier cosa a su alcance que llevase faldas. El hijo del trapero es el relato imprescindible de una vida excepcional, forjada a través de hechos propios y de numerosos encuentros con casi todos los grandes personajes de Hollywood que podamos recordar. Que ha contemplado y participado del auge, la gloria y el ocaso de lo que un día se dio en llamar “séptimo arte”.

Ha nacido una estrella

Esta foto de las pruebas para el papel de Dorothy en El mago de Oz aparece en Este rodaje es la guerra, libro escrito por Juan Tejero que tal vez peque de ser un poquito demasiado grueso (son más de 800 páginas) y de centrarse demasiado en Lo que el viento se llevó, a la que dedica once capítulos completos; pero del que resulta una lectura sencilla y lo suficientemente amena, apropiada para aquellos a los que les gusta presumir de cinéfilos contando anécdotas a sus amigos mientras se toman unas cervezas.

Frances Ethel Gumm había sido contratada por la Metro con sólo trece años de edad gracias a su portentosa voz, y tras unos “retoques” consistentes sobre todo en arreglar su dentadura y someterla a dietas draconianas para estilizar en lo posible su regordeta figura, la compañía estaba lista para lanzarla como sucesora natural de Shirley Temple con el nombre de Judy Garland. La tortuosa gestación de El mago de Oz merecería por sí misma un libro entero: siguiendo la tónica por entonces habitual en muchas superproducciones, hasta doce personas tomaron parte en la escritura del guión (entre ellos Herman Mankiewicz, luego autor de Ciudadano Kane) y otras cuatro se encargaron de la dirección, aunque al final sólo Victor Fleming apareció en los créditos. Fleming era un hombre brusco y marimandón, pero también un gran profesional acostumbrado a rescatar proyectos que, como El mago de Oz, amenazaban con zozobrar. Porque el rodaje estaba plagado de dificultades a causa de la enormidad y la complejidad necesarias para recrear el universo de la novela original, llevando la tecnología cinematográfica de la época hasta el límite y poniendo contra las cuerdas a la legión de técnicos desperdigada en los 29 platós ocupados en la “Producción 1060”, que acabó acumulando un retraso de meses y engordando su presupuesto hasta los tres millones de dólares. Para hacerse una idea de lo astronómico de la cifra, baste decir que la película tardó diez años en recuperar la inversión pese a triunfar inicialmente en taquilla, aunque buena parte de la culpa la tuvo la Segunda Guerra Mundial, que hundió las posibilidades comerciales de la cinta fuera de Estados Unidos. Sólo empezó a dar beneficios cuando comenzó a emitirse por televisión en la década de 1950. En cuanto a Judy Garland El mago de Oz la convirtió en una estrella, pero también la marcó de por vida: menuda en carácter casi tanto como en estatura (un metro y medio), no supo o no pudo lidiar con la fama y acabó muriendo en el baño de su casa por un ataque cardíaco provocado a raíz de una sobredosis accidental de barbitúricos, a los que era adicta. Sólo tenía cuarenta y siete años.

Leyendo: Carlos Pumares, un grito en la noche (Iván Reguera y Juan José Aparicio)

Creo que no somos pocos los que pensamos que Carlos Pumares es el tío que más sabe de cine en España. Su azarosa vida es una clara demostración, una más, de cuan diferente puede resultar la trayectoria de una persona respecto al momento y el país en que le toque en suerte vivir: en lugares tan odiados por la progresía cultureta de este país como los USA, tipos como Leonard Maltin o Roger Ebert son admirados y colmados de honores. En España, empero, resulta virtualmente imposible pagar siquiera un paquete de chicles ejerciendo como comentarista de cine (la connotación habitualmente negativa de la palabra “crítico” no me gusta nada y suelo omitir su uso). Resumiendo: o tienes muy buenos amigos (pero muy buenos ¿eh?) o estás impepinablemente destinado a no comerte un torrao, sin importar el talento que tengas para destripar una peli al primer vistazo o que escribiendo seas la reencarnación misma del puto Cervantes. Lo de costumbre por aquí, vamos. Y del tema del respeto mejor no hablemos.

Se echaba en falta una buena biografía escrita de Carlos Pumares, quien conoció momentos de gloria durante los años 80 en la desaparecida Antena 3 Radio (sin nada que ver con la cadena de TV, ojo) y que hoy vive olvidado y defenestrado incluso por algunos de los que él creyó amigos, aunque en parte sea por culpa suya. Sus denigrantes apariciones en programas de “freak trash” como Crónicas Marcianas han hecho de él una caricatura, sin nada que ver con aquel hombre ilustrado que, pese a su mal genio y sus salidas de tono, nos enseñó cada madrugada a amar el cine. Iván Reguera y Juan José Aparicio indagan con Carlos Pumares: un grito en la noche en la figura de este personaje excepcional, en buena parte cubierta de misterio hasta para aquellos que le conocen personalmente.

Aparición estelar en Torrente 3. “Dios santo, ¿como demonios he hecho para caer tan bajo?”

Y hay que decir que han salido airosos del entuerto, sin temor a equivocarse. Su libro, estructurado en base a entrevistas realizadas al propio Pumares y a quienes tuvieron algún contacto con él (amigos, compañeros de profesión y hasta oyentes fieles) es muy ameno y se lee prácticamente de un tirón. Pero lo mejor de todo es que, irónicamente, el verdadero protagonista del libro no es Pumares. Los autores van más allá, y aprovechan las entrevistas para auscultar detalladamente la evolución, en las últimas décadas, del panorama de los medios de incomunicación españoles. Las conclusiones no pueden resultar más desalentadoras: no sólo no hemos progresado desde los tiempos de la Transición, sino que en algunos aspectos podría decirse que estamos a la par o incluso peor que en tiempos de Franco, así de claro. Particularmente esclarecedoras son las opiniones de dos colosos, dos periodistas de los de verdad como son José Luis Balbín yManuel Martín Ferrand, ambos casualmente “aparcados” fuera de la primera linea de los mass media desde hace años, huelga decir por qué.

Total, que el libro está muy bien y parece mentira que sus autores hayan tenido que sudar tinta, nunca mejor dicho, para encontrar una editorial que lo publicase. La estructura a base de entrevistas funciona y da la necesaria vivacidad a los textos, que se leen y comprenden con rapidez pero que a la vez proporcionan la necesaria “digestión lenta” que un libro como este ha de proporcionar. Porque efectivamente uno se lo lee casi sin darse cuenta, pero a la vez la lectura invita a pensar, a reflexionar. Sobre un personaje peculiar e insustituible como es Carlos Pumares. Sobre el cine. Pero también sobre cosas mucho más profundas e importantes en las que, las más de las veces, no reparamos tanto.

“¡Que os den a todos!”

(Este artículo fue publicado incialmente por Leo Rojo en COMPUTER-AGE.NET el jueves 6 de marzo de 2008 y se reedita con el permiso de su webmaster).

Leyendo: Apocalypse Now, odisea en los territorios del horror (Iván Reguera)

Si existe una película emblemática sobre el horror de la guerra en general e incluso del ser humano en particular, esa es sin duda Apocalypse Now, una verdadera maravilla que hizo honor a su nombre durante los largos años que duró su rodaje en las inhóspitas selvas de Filipinas, lugar en el que durante un tiempo estuvo ubicado el Infierno. La gestación de semejante monstruosidad (en todos los sentidos) daría de sí para una larga serie de gruesos libros, y sin embargo no abundan aquellos exclusivamente centrados en ésta, menos aun en español. Por este motivo resulta interesante tener en cuenta Apocalypse Now: Odisea en los Territorios del Horror.

Como claramente indica su título, el libro se adentra en los pormenores de un proyecto personal de Francis Ford Coppola que pasó a convertirse en una obsesión, y que estuvo cerca de destruirle a él y a todos los que tuvieron la osadía de embarcarse en la realización del filme, una de las más complicadas de toda la Historia. Sin embargo,Odisea en los Territorios del Horror no se reduce a una mera colección de anécdotas, en cuyo caso el resultado habría sido algo pobre habida cuenta de la cantidad de información de ese tipo que, sobre la cinta que nos ocupa, circula mismamente por Internet.

En lugar de eso, el autor opta por analizar pormenorizadamente el filme desde el punto de vista cinematográfico e incluso más allá, llegando por ejemplo a adentrarse en la psicología de los personajes, yuxtaponiéndola con los de la novela de Joseph Conrad en que se basa la cinta y con los propios implicados en la filmación, que en mayor o menor medida se vieron afectados por toda aquella locura. Este camino tal vez sea difícil para aquellas personas que sólo buscan una lectura amable y sencilla (para entendernos: una simple recopilación de anécdotas, de esas que se suelen soltar en las reuniones de amigos para echar unas risas y tal vez para quedar como un señor muy entendido en materia de cine). Sin embargo, el resultado a la larga es más satisfactorio habida cuenta de que, tal y como explicamos, el libro va mucho más allá y no se queda en lo meramente superficial, aunque anécdotas haberlas haylas por supuesto. Si a esto le unimos que el lenguaje utilizado es ameno y directo, huyendo de la plomiza retórica habitual en críticos de cine “resabiados” como Méndez Leite (por poner un solo ejemplo) y que el libro es cortito, el resultado es una obra a tener en cuenta por aquellos deseosos de saber “algo más” sobre un filme mítico. O más bien dos: no olvidemos el Redux, por supuesto comentado con todo detalle en el trabajo que nos ocupa, y sobre el que el autor se posiciona claramente a favor respecto al montaje original de 1979, para mí con razón.

(Este artículo fue publicado incialmente por Leo Rojo en COMPUTER-AGE.NET el jueves 6 de marzo de 2008 y se reedita con el permiso de su webmaster).

Leyendo: Juan Piquer Simón, mago de la serie B (Jorge Juan Adsuara & varios)

La producción de cine fantástico y de terror nunca ha gozado de excesivo arraigo en una Europa más volcada con las películas de arte y ensayo y el realismo social. No digamos ya en España, donde el llamado “cine de evasión” estuvo vinculado durante décadas a filmes protagonizados por cantantes de moda, comedias y, en los años inmediatamente anteriores y posteriores a la muerte de Franco, el Landismo, el Destape y el “guerracivilismo”, tres géneros puramente autóctonos que marcaron de forma dramática el porvenir de la industria española del cine. En este contexto, la figura de Juan Piquer Simón destaca por su singularidad: no sólo se atrevió a plasmar en celuloide las películas que soñaba de niño mientras devoraba sin pausa novelas de Verne o Salgari, sino que lo hizo como un auténtico outsider al margen del sistema. Sus películas son objetivo reiterado de comentarios jocosos por sus evidentes carencias tanto cinematográficas como presupuestarias, pero ello no implica olvidar los méritos de un hombre dispuesto a arriesgarlo todo enfrentándose a un entorno hostil que, no obstante, le brindó inesperados triunfos. Siempre con la mente puesta en los mercados internacionales, rodando en inglés y pensando a lo grande; algo inaudito en aquella España “de tazón y boina”, como él solía definirla. Nacido en Valencia en 1935 y licenciado en Bellas Artes, Piquer Simón se trasladó muy joven a Madrid para estudiar Cine y no tardó en ver el potencial de la recién nacida televisión como plataforma publicitaria. Así, montó una productora con la que rodaría más de 1.500 spots a lo largo y ancho del Viejo Continente. El éxito le permitiría ahorrar lo suficiente para dar, al fin, el anhelado salto a la gran pantalla.

Terence Stamp en Misterio en la isla de los monstruos, dirigida por Piquer Simón en 1981 y en la que compartia cartel con Peter Cushing… y Ana Obregón.

Con estos mimbres, Jorge Juan Adsuara aglutina una serie de artículos y entrevistas, tanto de su puño y letra como procedentes de otros autores, y los estructura para construir un fiel (a la par que cariñoso) retrato del que fue uno de los principales representantes del cine fantástico español, un hombre que nunca renegó de su condición de “autor de serie B” y por ello hizo gala de una honestidad ajena a la mayoría de sus colegas de profesión, en un país donde ser más papistas que el Papa en la parcela artística a la vez que lacayo en la sociopolítica parece la única norma válida para conseguir resultados, aunque sea trincando subvenciones públicas para rodar esperpentos que muchas veces ni siquiera llegarán a estrenarse. Por el libro desfilan algunos de los colaboradores más cercanos de Piquer Simón, quienes muchas veces también fueron íntimos amigos. Como Lorenzo Soler, amigo desde la infancia que le ayudó en la producción de sus primeros cortos. Como Larry-Ann Evans, su fiel secretaria. Como Frank Braña, su actor fetiche. Entre todos colaboran para ofrecer una divertida (a la par que entrañable) semblanza no ya de un director de cine y su obra, sino de toda una época en la que un grupo de locos se empeñó en hacer posible lo imposible, venciendo todos los obstáculos a base de ingenio y desparpajo, pero ante todo haciendo gala de su amor por el séptimo arte sin dejar a un lado su objetivo primordial, nunca ocultado, que era el de rentabilizar su esfuerzo ganando dinero. Cualidades todas ellas que parecen desterradas en una industria que en la actualidad se limita a poco más que facturar productos como el que hace módulos prefabricados para construir bloques de pisos.

El cineasta Sergio Blasco, autor de uno de los textos del libro, entrevistando a Juan Piquer poco antes de su muerte en 2011.

Leyendo: Nadie me enseñó a vivir (Diego Galán)

Si alguien tuviese que describir en pocas palabras a la realizadora de cine y TV Pilar Miró, bien podría decir que era un bicho cuya vida estuvo marcada por la polémica. Polémica fue la relación que mantuvo con su familia, calificable como mínimo de distante. Polémicos fueron sus inicios en RTVE, donde entró al más puro estilo español, por enchufe, cuando la sociedad tardofranquista de la época aún mostraba fuertes reticencias para aceptar a la mujer más allá de su papel como esposa y madre. Polémico fue su trato con subordinados y compañeros de profesión, a los que muchas veces se dirigía con prepotencia cuando no los ninguneaba directamente. Polémicas fueron sus relaciones amorosas: nunca se casó, y la identidad del padre de su hijo Gonzalo continúa siendo un misterio. Polémico fue su descarado arribismo político durante la Transición, cuando aireaba sus simpatías hacia el PSOE y presumía de su amistad con Felipe González. Polémicos fueron sus nombramientos al frente de la Dirección General de Cinematografía y de la propia RTVE. Polémica fue su gestión en ambos organismos, marcada por un cúmulo de luces y sombras cuyas consecuencias todavía se advierten hoy. Polémicos fueron sus enjuiciamientos por El crimen de Cuenca y por la ropa supuestamente comprada con dinero público. Polémicos fueron sus últimos trabajos antes de fallecer prematuramente a causa de una enfermedad cardiaca. En resumen, Pilar Miró era un bicho.

Ésa es la idea que subyace tras la lectura de la que seguramente es la mejor biografía publicada hasta hoy sobre la directora más importante del cine español, algo que puede sorprender sabiendo que fue el propio hijo de la Miró quien animó al periodista Diego Galán, a la sazón buen amigo de la realizadora, a escribir un libro sobre ella, para lo cual le cedió cantidad de diarios y otros escritos que le habían pertenecido y nadie había leído hasta entonces. Con ese material y la valiosa aportación, vía entrevistas, de gente que la conoció o trabajó con ella, Galán factura una narración brillante, fluida y muy bien estructurada, que si bien no pierde ocasión para ponerse de parte de quien fue amiga, tampoco elude reflejar el lado más oscuro de una persona que nunca tuvo su fuerte en el trato hacia los demás, ni siquiera cuando intentaba tratarles bien. Detalles que podrían resultar hasta simpáticos, como el de regalar un cactus a todos aquellos que no tragaba o le habían hecho alguna faena, dejan paso acto seguido a los desplantes, el carácter altivo y el trato desdeñoso, “cualidades” que a Pilar Miró le sirvieron para dejar un rosario de enemigos allá por donde pasaba. Y tal como cabría esperar, algunos no dudarían en vengarse cuando se les presentó la ocasión.

Leyendo: Star Trek, las películas (William Shatner & Chris Kreski)

Alien, Star Wars y Star Trek forman la “santa trinidad” de la ciencia ficción actual. La última de estas tres sagas, aparte de ser la más longeva, es tal vez la que aglutina a los seguidores más fieles. Por otro lado tiene la intrahistoria más singular, pues empezó como serie de TV y ni ésta ni el posterior debut cinematográfico (iba a ser una continuación de la serie, pero el éxito de Star Wars animó a dar el gran salto) triunfaron inicialmente. La adhesión de los fans, cada vez más numerosos, y la confianza de los productores surtieron el efecto necesario para cambiar un destino que se antojaba oscuro, de forma que el Enterprise lleva cinco décadas surcando el espacio en cine y televisión. Con diferentes tripulaciones, por supuesto, aunque es la primera la que en general todo el mundo asocia a Star Trek. Su indudable carisma fue decisivo para el éxito de la franquicia, protagonizando una serie de películas hoy que hoy se consideran pequeños clásicos del género. Y es el capitán de aquella legendaria tripulación, el inefable James Tiberius Kirk, alias William Shatner, el encargado de contarnos la historia de aquellas películas en el libro que nos ocupa.

Pero más que una historia sobre películas o sobre uno de sus protagonistas, esta es una historia sobre guionistas y sobre sus esfuerzos para crear buen cine partiendo de un batiburrillo de ideas. Es también la historia de una lucha de egos entre personas conscientes de su fama, dispuestas a aprovechar cualquier resquicio para lucirse y figurar más que sus compañeros. Llegados a este punto sorprende comprobar que el protagonismo tampoco recae en Shatner, sino más bien en el productor Harve Bennett y especialmente en Leonard Nimoy, que con su fuerte carácter y su habilidad acabaría por erigirse en el verdadero amo del tinglado por encima de Gene Rodenberry, convertido en un mueble más de su propio despacho; un viejo gruñón que no hace más que quejarse por todo en memorandos a los que nadie hace ni puñetero caso. En tales circunstancias, el autor del libro queda reducido al papel de narrador durante buena parte del tiempo, pero él (o más bien su “negro”) juega con ventaja al tener muy claro a quién va dirigido su libro: alguien que no pretenda otra cosa que pasar un rato agradable con una lectura sencilla, aunque correcta y por momentos muy divertida gracias al sentido del humor del que hace gala Shatner, dispuesto a reírse de sí mismo a la menor oportunidad.

“Aquí mando yo, gañanes”.

Queda claro que Star Trek, las películas no es una obra de Charles Bukowski, pero está a la altura de lo que cabe esperar de él. Probablemente le sabrá a poco a los más trekkies, pues no da la impresión de que vaya a descubrirles nada que a estas alturas no sepan. Resulta más indicado para aquellos que, teniendo unos conocimientos básicos del universo Star Trek y habiendo visto las pelis “clásicas” de la saga, deseen conocer algo más sobre ellas y sobre sus protagonistas sin necesidad de entrar en detalles que a buen seguro les aburrirían.

Leyendo: Alfredo el Grande. Vida de un cómico (Marcos Ordóñez)

A principios de los años 70 muy pocos podrían haber imaginado que Alfredo Landa se convertiría en uno de nuestros mejores y más respetados actores. Olvidados sus inicios en el teatro, donde dio buena muestra de los mimbres que tenía como actor, Landa se hizo famoso persiguiendo suecas en una serie de filmes casposos que le hicieron acreedor de un peculiar honor: el de ser el único actor del mundo, que se sepa, que ha dado nombre a un género cinematográfico, el “Landismo”. Pero el cine, como la vida, da muchas vueltas, y a veces ofrece oportunidades que sólo los tíos grandes como Alfredo alcanzan a exprimir en su totalidad. Ni que decir tiene que este hombre las tuvo, y supo aprovecharlas para encaramarse al pedestal en que, merecidamente, se encuentra hoy. Con tales precedentes, cualquier escrito sobre él tiene que resultar a priori interesante.

¿Qué hacemos con los hijos? (1967), una de las primeras incursiones cinematográficas de Landa.

Sentarse a leer este libro es como sentarse ante el sofá del abuelo Cebolleta para escuchar sus batallitas, que es seguramente lo que hizo el autor grabadora en ristre, sin apenas tratar de entablar diálogo o profundizar en la conversación. Y ése es precisamente su mayor defecto: al principio puede resultar interesante, pero es algo que casi siempre termina cansando, y aquí se nota particularmente cuando el “abuelo” deja a un lado el teatro para empezar a relatar sus andanzas en el cine y comienza a acumular fechas, nombres y detalles, siguiendo un esquema bastante reiterativo además. Ejemplo: “En 1965 hice tal y cual película, bla, bla, bla, y conocí a fulano y a mengano, que eran bla, bla, bla. En 1966 participé en bla, bla, bla, y entablé relación con zutano y mengana que bla, bla, bla”. Así todo el rato. Demasiado simple, este estilo de narración en línea cronológica tal vez pueda sostenerse durante un tiempo, pero acaba por aburrir. Sobre todo en la parte final, ya metidos en harina con los años 90, cuando la carrera de Landa comenzó a alternar infames teleseries para consumo de zotes mononeuronales (Lleno por favor) con insulsas naderías cinematográficas (léasé todo lo que rodó junto a Garci por aquel entonces). Y es una pena, porque estoy convencido de que con un enfoque distinto el libro podría haber dado más de sí, más aún tratándose de una biografía sobre un personaje como Alfredo Landa, que desde la primera página demuestra tener una memoria casi fotográfica y un verbo fluido e inteligente a la par que gracioso cuando es necesario. El libro apenas escarba superficialmente en pasajes que podrían dar pie a momentos muy interesantes, mientras alarga en exceso hechos como el de la polémica por el enfrentamiento con Garci o el famoso “traspiés mental” a cuenta del Goya de honor de 2008. Unos hechos exprimidos sin duda para avivar las ventas, pero que parecen más propios de programas de telebasura y que en un libro supuestamente serio como este tienen, a mi juicio, tanto interés como una excursión turística por el Metrosur de Madrid.

El puente, de Juan Antonio Bardem (1977), considerada por el actor como su primera demostración al gran público de que podía ser algo más que “Landismo”.

Evidentemente, Alfredo el Grande está pensado y montado con la idea clara de convertirse en best seller, con todo lo malo que eso implica. Se deja sentir en esa estructura tan simple, que no se complica apenas la vida, y en los tintes propios de prensa rosa. Todo ideado sin duda para “cazar” masivamente a lectores no demasiado exigentes. Y sin embargo yo no diría que el libro sea malo. Es cierto que va de más a menos: empieza muy bien y se va diluyendo hasta el tercio final, que sobra en su mayor parte y se podría haber resumido mucho. Muchísimo. Si tuviera que recomendarlo lo haría por la primera mitad, un buen relato sobre cómo funcionaban los mundos del teatro y el cine en tiempos del Madrid Ye-Ye y los ministros del Opus, auténticos nidos de serpientes en los que el cotarro era controlado por una ralea de empresarios-cacique cuyos modos convertirían al señorito Iván de Los santos inocentes en un tipo simpatiquísimo y encantador. Eran otros tiempos, desde luego, pero en cierto modo mejores, aunque parezca increíble. Y no se trata de nostalgia gratuita: al menos, en aquella época había gente con talento dispuesta a todo para sacar adelante sus ideas.

 

(Este artículo fue publicado incialmente por Leo Rojo en COMPUTER-AGE.NET el domingo 18 de enero de 2009 y se reedita con el permiso de su webmaster. Sirve igualmente como homenaje a Alfredo Landa, fallecido en mayo de 2013 a los 80 años).