Aplausos o abucheos: La playa

Frustrado por no ganar un Óscar por Titanic, una película que repartió premios incluso entre los encargados de barrer el plató, Leonardo Di Caprio pensó que si aceptaba papeles más “comprometidos” demostraría a esos payasos de la Academia que se habían equivocado negándole el reconocimiento que merecía. Por ello (y por los veinte millones que ofrecieron pagarle) aceptó protagonizar la última de Danny Boyle, que venía de petarlo con Trainspotting, volviendo de paso a sus raíces indies. Las mismas que habían alumbrado sus inicios como actor de cine en películas como Vida de este chico o Diario de un rebelde, pero esta vez bajo el paraguas de un gran estudio (Fox) respaldando lo que era una superproducción con todas las letras, a filmar en Tailandia con un presupuesto muy holgado y con él como estrella indiscutible.

En resumen, Di Caprio volvía a meterse en el papel de joven inadaptado habitual suyo hasta entonces (lo había interpretado incluso en Titanic y seguiría interpretándolo después), pero esta vez aprovechando el tirón de su recién adquirida fama para darle más postín a la cosa. Pero no contó con la mediocridad de Danny Boyle, carente de todo sentido del ridículo y la vergüenza: no olvidemos que los créditos finales de Slumdog Millionaire, así como la idea de convertir un estadio olímpico en Hobbiton son cosa suya. No fue el único imprevisto de una película que acabó lastrada por toda clase de imponderables, donde lo de menos fue el empeño de la Fox en “adaptar” la paradisíaca islita tailandesa donde tendría lugar la filmación, destrozándola y llenándola de mierda.

Danny Boyle´s Brand of Vulgarity.

El resultado casi no podía ser otro que un varapalo de espectadores y críticos contribuyendo, cada uno por su lado, en la acumulación de mierda que es La playa: los primeros negándose a ir al cine y provocando pérdidas millonarias al estudio, excesivamente confiado en su producto; los segundos poniéndola como hoja de perejil. Con todo merecimiento, sin duda. Basada en una novela (de Alex Garland), ésta queda reducida a un mero esquema en su traslado al cine; especialmente en lo concerniente al dibujo de personajes, más planos que una tabla de planchar. Si le unimos el cúmulo de ridiculeces habitual en el cine de Boyle pero corregido, aumentado y condensado en dos horas, pues ya la tenemos liada. La palma se la lleva la secuencia en la que Richard se imagina a sí mismo como personaje de un videojuego, tan absurda que cuando vi la película de estreno, el público presente aquella noche en la sala se dividió entre quienes se preguntaban “¿pero que mierda es esta?”, los que se partían de risa y los que directamente se fueron a la calle indignados. Leonardo Di Caprio, actor muy limitado en general, alcanza aquí cotas de vergüenza ajena difíciles de imaginar.

Lo único realmente a destacar de La playa es la fotografía de Darius Khonji, la presencia de Tilda Swinton (lo mejor del reparto, a una distancia sideral del resto) y la banda sonora repleta de nombres conocidos a principios de siglo como los de All Saints, Blur, Moby o New Order. Sin maravillar, se deja escuchar y destapa las intenciones de una película claramente dirigida a un publico joven. Al final, lo que queda es un filme que trata de esconder su descarada orientación comercial tras una pátina “intelectual” que supuestamente invita a reflexionar, pero quedándose en lo superficial y resultando ciertamente pobre. Con La playa Danny Boyle despacha una versión (la enésima) de El señor de las moscas para poligoneros con ganas de sentirse hippies, y así es lógico que la cosa acabe pareciendo lo que es: una basurilla pretenciosa y risible.

Resultado: tan cutre como este vídeo.

Oyendo: Total Recall (Jerry Goldsmith)

Una de las mejores obras del gran Jerry Goldsmith en su última etapa como compositor, que le permitió resurgir a lo grande tras un periodo (los 80) marcado por una relativa mediocridad, viendo incluso rechazados algunos de sus trabajos como el que llevó a cabo para la película Alien Nation. Total Recall señaló el encuentro  de Goldsmith con el director Paul Verhoeven, quien quedó tan satisfecho de su trabajo que volvería a colaborar con él en otras dos ocasiones. No era para menos: The Dream, tema que inicia la película y el disco contenedor de la banda sonora, se convirtió en un clásico inmediato, al punto que Canal+ España lo usó como sintonía para sus retransmisiones futbolísticas durante décadas. Sobre la complejidad de la obra y su impecable ejecución baste decir que Goldsmith accedió a la propuesta inicial de los productores para grabar con la Orquesta Sinfonica de Múnich, más económica que la National Philharmonic Orchestra con que habitualmente trabajaba, y al final hubieron de echarse atrás porque los alemanes no daban la talla exigida. Tal vez como agradecimiento, los integrantes de la Philharmonic se crecieron ante un grueso de pentagramas francamente exigentes, orquestados de manera encomiable por Arthur Morton, quien es responsable en buena parte de la magnífica fusión entre elementos orquestales y electrónica que distingue la partitura. Un trabajo inspirado, pletórico y sumamente eficaz a la hora de integrarse en la película que ambienta.

Aplausos o abucheos: Frenesí

Tras la decepción de crítica y público con Cortina rasgada y Topaz (sin duda una de sus películas más flojas) y de verse por ello obligado a regresar a Inglaterra para seguir haciendo cine, el inmenso éxito de Frenesí devolvió a Alfred Hitchcock su antigua popularidad. Frenesí es un thriller de primera clase, singularizado por las emociones opuestas que produce la mezcla de humor macabro con la escabrosa trama principal. Hitchcock y el guionista Anthony Shaffer tomaron como base una novela de Arthur La Bern titulada Goodbye Piccadilly, Farewell Leicester Square, pero la alteraron sustancialmente en el proceso llegando incluso a cambiarle el nombre por el de un guión previamente rechazado por los estudios americanos. El gran Jon Finch (uno de los mejores actores británicos de su generación) da vida en Frenesí a Richard Blaney, un héroe de guerra caído en desgracia que malvive sirviendo copas en un pub de Londres, ciudad muy agitada últimamente por la presencia de un asesino de mujeres que estrangula a sus víctimas usando una corbata. Por una jugarreta del destino Blaney, un hombre bueno en el fondo pero al que pierden sus modales violentos y su afición por la bebida, se convierte en el primer sospechoso de ser el temido criminal. Con todo en su contra se verá puesto en un brete de muy difícil salida. En resumen, una historia típica de Hitchcock: la de la persona honesta obligada a salir por patas ante una situación excepcional que pone en juego su vida, aunque esta vez cargada de matices muy especiales.

“Contrataba a los actores como contrataría al carpintero de los estudios”. Así definía Barry Foster (el asesino de la corbata en la peli) al “Mago del suspense”. Sin embargo, todo el reparto coincide en que se lo pasó bastante bien en el set y que en general el ambiente era muy distendido. Hitch, ya septuagenario y sin necesidad de tener que demostrar nada (menos aún en Inglaterra, donde se le consideraba una leyenda viviente), no sentía la presión inherente al trabajo con los grandes estudios de Hollywood. Y tal vez por eso las musas le ayudaron más que otras veces y la película le quedó virtualmente redonda, aunque el rodaje tampoco estuvo exento de problemas. El principal de ellos el ataque cardíaco sufrido por Alma, la abnegada mujer del director, quien por fortuna no tardó en recuperar la salud. Tanto que al final vivió más que él. Otros vinieron por la dificultad de algunas escenas (la de la famosa violación requirió tres días y el uso de dobles) o el descontento del tito Hictch con la música de Henry Mancini, que consideraba demasiado oscura y siniestra. La partitura del famoso compositor fue desechada y sustituida por otra de Ron Woodwin, que no se vio lastimado por tener que trabajar a contrarreloj y supo captar mejor la peculiar esencia del filme con su obra de clásico y mayestático aire british.

Busque, compare, y si algo no le gusta mándelo a la mierda. Aunque sea de Henry Mancini.

Poco más cabría decir de esta pequeña maravilla (lo de “pequeña” se debe a que costó muy poco dinero). El guión es sólido, el reparto está espléndido y la técnica resulta impecable, pero por encima de todo y todos está, por supuesto, el director. Carlos Pumares decía de Hitchcock que podía ser muy vago y chapucero. Pero también un genio, y en Frenesí lo demuestra con creces en escenas como la que él denominaba “el adiós a Babs”: un ingenioso travelling con la cámara descendiendo lentamente por una escalera en completo silencio hasta que llega a la calle, donde el ruido se desborda. O un plano fijo sostenido con maestría durante unos angustiosos e interminables segundos, en los que parece que no ocurre nada pero todo el mundo sabe lo que va a ocurrir… Y por supuesto la escena de la violación, cuyo prodigioso montaje a base de primeros planos muy cortos logra provocar auténtica repulsión, tal como pretendía el guionista Anthony Shaffer. Es él quien mejor resume la película: “Al final, todo nos salió bien”.

Resultado: Digno de mi mejor corbata.

Ficha en la IMDB.

Viendo: Forrest Gump

La década de 1990 fue sin duda la década de Tom Hanks, y eso que la empezó con mal pie: buscando quitarse de encima el sambenito de actor cómico que lastraba su carrera, aceptó tomar parte en La hoguera de las vanidades, un ambicioso proyecto de Brian De Palma cuyo enorme fracaso puso en la picota a todos los que participaron en él. A Hanks le costó rehacerse (hasta tuvo que aceptar papeles televisivos para ir tirando), pero Jonathan Demme le rescató con Philadelphia al punto de hacerle ganar su primer Óscar y encima como protagonista, hito que repetiría al año siguiente con Forrest Gump, siendo de los pocos que lo han conseguido. No hay mucho más que decir de la que es una de las cintas icónicas de los 90, la más taquillera a nivel mundial en el año de su estreno (1994) y aclamada de forma unánime por la crítica, que la colmó de premios, algo que sirvió para ocultar unos puntos flacos de los que es responsable su director. De Robert Zemeckis podrían destacarse algunas virtudes, pero sus defectos están ahí y el peor de ellos viene sin duda de su reaccionaria visión de la existencia humana, que no ceja en vendernos haciéndolo además del modo más abyecto, sumamente perverso por sibilino.

Trompi, el principal ayudante de Robert Zemeckis hasta hace poco tiempo.

En Forrest Gump, este meapilas (actuando en comandita con el guionista Eric Roth) reincidió en su obsesión por el sueño americano, que a su entender es una realidad palpable hasta el extremo de que en Estados Unidos un tonto de baba puede convertirse en un triunfador. Forrest Gump será subnormal, pero es un americano de los pies a la cabeza que cree firmemente en sí mismo y en su país, y por ello Dios le premia como merece haciéndole famoso, millonario, y finalmente permitiendo que se zumbe a la irritante hippy de la que está loca (pero castamente, eso sí) enamorado, quien además de darle un vástago se redime como también lo hace el tarado de su jefe en Vietnam. Tan despreciable mensaje ultraconservador Zemeckis nos lo cuela, como ya hiciera con Regreso al futuro, en el contexto de una película supuestamente inocua destinada a toda la familia, tergiversando el mensaje de la novela original en la que el escritor Winston Groom convertía al bobo de Forrest en hombre de éxito para ridiculizar ese falso mito del “sueño americano” que a Zemeckis le pone tan palote.

Alumno aventajado de Zemeckis: Haley Joel Osment también se aficionó al alcohol y en 2006 sufriría un grave accidente por conducir ebrio.

Siendo sinceros, las mayores virtudes de la película residen en la bonita fotografía de Don Burgess, la emotiva partitura de Alan Silvestri y la espléndida selección musical en la que figuran buena parte de los artistazos del pop rock yanki de los cincuenta, sesenta y setenta, con cierta preeminencia de The Doors: no en vano Eric Roth asistió en UCLA a las mismas clases que Jim Morrison y ambos eran buenos amigos. Pero en el desfile también hay hueco de sobra para nombres como Elvis, Dylan, Credence Clearwater Revival, Four Tops, Jeffeson Airplane, Lynyrd Skynyrd, Fletwood Mac y un largo etcétera que hacen que escuchar una edición completa de la BSO de Forrest Gump sea una auténtica delicia. Más que ver la película, muy bien facturada pero a la que las trampas de su mensaje “oculto” acaban echando por tierra.

Viendo: L.A. Confidential

La obra maestra del guionista Brian Helgeland y el director Curtis Hanson, lo que tampoco es decir mucho a la vista del resultado y la trayectoria de ambos. Su pretensión era homenajear al cine negro de los años cuarenta y cincuenta, un género completamente olvidado a finales del pasado siglo XX, y para ello recurrieron a un denso “tocho” escrito por el novelista James Ellroy que sinceramente me pareció un verdadero rollo cuando traté de leerlo. Ahí puede que resida el mayor mérito del tandem formado por Helgeland y Hanson, que escribieron el guión con la idea de mantener tan solo los mimbres de la obra original para simplificar su comprensión y adaptarla mejor al contexto de una película de dos horas, logro que también supieron valorar los académicos de Hollywood que les premiaron con un Óscar por su trabajo, aparte del que se llevó Kim Basinger por interpretar a la protagonista femenina de la cinta. Y bien podrían haber sido más de no haberse cruzado Titanic en su camino, pero el apoyo de no una sino DOS majors y su chequera, capaz de “seducir” incluso a la crítica más sesuda, pusieron el listón demasiado alto.

“YO soy el rey del mundo. Jódete, Curtis”.

En resumen, haciendo así un guiño al trabajo de Curtis y Brian, L.A. Confidencial está bien pero tampoco sin exagerar. En su día, los productores hubieron de conformarse con los pajotes de la crítica ante una peli que no respondió en taquilla tanto como les hubiese gustado. Ellos no querían como protagonistas ni a Guy Pearce ni a Russell Crowe, que entonces eran dos pintamonas (el primero lo sigue siendo hoy, sin duda a su pesar) y encima australianos, con todo lo que ello implica tratándose de un país que nació como una prisión para los convictos británicos más peligrosos. O eso debieron pensar, pero el empeño del director y la inclusión en el reparto de un puñado de caras conocidas y con postín como Kevin Spacey o el gran James Cromwell les llevó finalmente a ceder, destacando la presencia de Danny de Vito en un papel muy alejado de la vis cómica por la que siempre se le ha conocido. Son estos secundarios quienes realmente sostienen la cinta frente a unos protagonistas que nunca han dejado de ser actores del montón. En particular Guy Pearce, con esa cara de maniquí y color semejante al de una paella mal condimentada que siempre me ha parecido tan rara.

A decir verdad, lo mejor de la película reside en la banda sonora que encabeza Jerry Goldsmith, rindiendo un magnífico tributo a esos clásicos del cine negro que L.A. Confidential pretende ensalzar, algo que no siempre consigue porque ni mucho menos es la obra de arte que se pretendió vender en su momento. Ni el trío protagonista ni el guión, que flojea en algunos tramos, están a la altura de tanto, pero al menos los secundarios y una trama interesante logran compensar la balanza.

No podía faltar un guiño a Kim Basinger y su palmito Photoshop versión 3.0.

Oyendo: The Shining (Wendy Carlos & various artists)

Segunda vez que comento un trabajo de Wendy Carlos para el cine, destinado como el anterior a una peli de Kubrick, y junto al anterior quizá el más popular si bien, y curiosamente, ella apenas participa en la BSO: tan solo un par de los cortes que la integran son suyos, creados además en colaboración con su gran amiga Rachel Elkind. El resto forman parte de una selección realizada por el propio Kubrick (siguiendo la costumbre habitual en él), procedente de una amalgama de autores entre los que figuran Gyorgy Ligeti, Bela Bartok o el compositor polaco Krzysztof Penderecki. Digamos también que esta entrada constituye mi homenaje particular al colectivo LGTB en estos días de reivindicación para su causa, al tiempo que podría servir de contestación a una ralea de seres mongólicos que no solo mancillan la capacidad humana para plasmar sus pensamientos utilizando la escritura, sino que encima gozan de una visibilidad pública inmerecida. ¡Un saludo al editor responsable de esta lumbrera y al director de Diario de Ferrol, quien por supuesto ahora proclama no ser responsable de sus subordinados!

Durante los años setenta, la aportación de Wendy Carlos sería fundamental para entender la evolución de la música contemporánea. Nacida como hombre en 1939 con el nombre de Walter, Carlos empezó a revelar desde muy joven su prodigiosa habilidad para la música, las artes gráficas y las ciencias, llegando a ganar un premio a los catorce años por el diseño de un ordenador casero. Antes de cumplir la mayoría de edad ya había construido un estudio de grabación completo y compaginaba estudios de música y física en la universidad, pero el momento clave de su vida profesional llegaría cuando en 1966 conoció al ingeniero Robert Moog y empezó a trabajar en un prototipo de sintetizador con el que grabó un disco que revolucionaría el panorama musical del momento. Switched on Bach triunfó comercialmente y ganó tres premios Grammy, abriendo a Carlos las puertas de la fama.

Pese a lo escaso de su aportación, The Shining es probablemente la obra cumbre de Wendy Carlos para el cine. Comparada con su anterior trabajo para Kubrick en La naranja mecánica, ha envejecido bastante mejor. Los casi diez años transcurridos entre ambas bandas sonoras se notan, y el progreso tecnológico permite una integración mucho mejor de los sintetizadores en el conjunto de la música, cuyo sonido es más natural y no chirría tanto. El argumento de la propia película también colabora: aquí no existe una distropía futurista protagonizada por un tarado fan de Ludwig Van y se encuentra mucho más circunscrito a las tradiciones del cine (de terror, en este caso), lo que paradójicamente permite a Carlos ser más innovadora y expresarse con mayor libertad para crear una serie de melodías que aún hoy conservan toda su perturbadora (que no perturbada) esencia. Es el caso del tema que acompaña a los créditos iniciales, inspirado en una antigua melodía medieval sobre el fin del mundo, que sigue siendo un señor temazo, además de plenamente actual. Prueben a imaginárselo sonando durante alguna de esas absurdas charlas motivacionales que tanto se estilan hoy en el mundo laboral, y ya verán lo que es el verdadero TERROR.

¡Aquí está Jack! ¡Y os despedirá a todos si no cumplís vuestra cuota!

Oyendo: Heaven ‘s Gate (David Mansfield)

Si tuviese que definir en pocas palabras la banda sonora de la película maldita por excelencia, diría que es muy interesante. David Mansfield solo tenía veintitrés años cuando entró a formar parte del elenco de La puerta del cielo, y lo hizo más que nada por ser el novio de la diseñadora de producción Joann Carelli, quien a su vez era muy amiga del director Michael Cimino. Eso lo explicaría todo, pero Mansfield tampoco era un “piernas”: de reconocido talento y gran conocedor de la música folk y tradicional americana, no era ni veinteañero cuando empezó a colaborar con Bob Dylan, siendo elegido por el propio artista para formar parte de la banda que le acompañaría en su gira mundial de 1975. Por entonces Cimino solía otorgar roles importantes a gente con poca o nula experiencia en el cine y Mansfield tendría el suyo como autor de la banda sonora de su nueva película, faceta en la que debutaba. Quería hacerlo a lo grande aprovechando la ambición de un proyecto que en la mente de su director y guionista aspiraba a convertirse en una de las mayores epopeyas cinematográficas de la historia. Acabó siéndolo, pero no en el sentido que todos esperaban, y pese a ser la música una de las pocas cosas salvables de aquel disparate, la carrera en el cine del pobre Mansfield jamás levantaría cabeza, afectada por un desastre cuya onda expansiva le alcanzaría hasta en forma de Razzie. Más allá de convertirse en el músico de cabecera del propio Cimino y compartir su malditismo en películas buenas pero que no iba a ver ni el Tato, el compositor se ha pasado las casi cuatro décadas transcurridas desde el estreno de La puerta el cielo trabajando en producciones de segunda. Fuera del cine le ha ido mejor: fue miembro fundador de The Range, la banda de Bruce Hornsby responsable de una de las canciones más emblemáticas de los ochenta, y aparte de seguir colaborando con Dylan ha trabajado con artistas de la talla de Jhonny Cash, Sam Phillips y hasta con Spinal Tap.

Nada puede compararse a la oportunidad de colaborar con esta gente. Absolutamente NADA.

La BSO de La puerta del cielo destaca por su intimismo, en consonancia al tono que Cimino quería darle a su película, perceptible desde los mismos créditos iniciales, prescindiendo de la grandilocuente música orquestal que cabría esperar en una superproducción del calibre de esta. Siendo una película que, como El cazador, tiene que ver con inmigrantes del Centro y Este europeo que intentan hacerse un hueco en la llamada “tierra de las oportunidades”, la música está muy influenciada por la tradicionalmente asociada a esa zona del mundo, constituyendo la polka y el vals ejes básicos de numerosas piezas, adaptadas para la ocasión con los aires típicos del folk americano, lo que convierte a esta BSO en una fusión de estilos quizá algo chocante en ocasiones (llega a incluir una versión country de El Danubio Azul), pero que igualmente regala bellos momentos para el recuerdo. Cimino consideraba vital el aporte de la música para dar veracidad a la película y no dudó en contar hasta con los miembros de la banda de Kris Kristofferson (el protagonista, músico antes que actor), pero estaba tan contento con el trabajo de su músico titular que le regaló una larga escena en la que comparte protagonismo con las estrellas del filme. El aniñado David Mansfield dio el pego como hábil violinista subido a unos patines, pero para su desgracia los cabrones de United Artist arrojaron la escena entera al suelo de la sala de montaje y no pudo verse hasta varios años después, cuando las televisiones por cable empezaron a emitir el montaje inicialmente previsto por Cimino de 219 minutos, luego reducido a 216 suprimiendo el intermission incluido en la última edición de la BSO, la completa, que es la que yo tengo.

Cientos de horas de ensayo a la mierda.

En resumen, una banda sonora bien hecha, que peca no obstante de repetitiva por el abuso que hace de algunas melodías concretas pero no por ello carece de grandes momentos. Especialmente en su inicio, gracias al partido que los músicos sacan de la combinación de guitarras, violines, mandolinas y mandoloncelos para crear una atmósfera evocadora y singular, capaz de transportarte a la era inmediatamente posterior al Far West cuando Estados Unidos, sin haber dejado aún de ser un país de indios y vaqueros, se preparaba para dar el salto que a primeros del siglo XX le auparía al rango de las grandes potencias mundiales. Un salto que a muchos de los ilusionados inmigrantes que con su esfuerzo contribuyeron a darlo, no les saldría gratis.

Oyendo: 2001, The Legendary Original Score ( Alex North)

Del controvertido Stanley Kubrick no todo el mundo opina que sea precisamente un genio. Durante su carrera cometió bastantes errores, llevado sobre todo por su afán de rodar “la película definitiva”. La película definitiva sobre Vietnam, la película definitiva sobre Napoleón, la película definitiva sobre el porno… Es un aspecto que algunas de las mejores biografías del cineasta no se cortan un pelo en juzgar, como ocurre en la escrita por el australiano John Baxter (algún día hablaremos de ella, lo prometo) y que ha contribuido a que muchas de sus consideradas “mejores películas” hayan envejecido de forma alarmante. Pero eso no quita para que Kubrick merezca estar donde está, porque también tomó muchas decisiones con acierto y posiblemente una de las que más fuese la de quitarse de encima la banda sonora que Alex North le escribió para 2001. Tras haberla escuchado, poco cabe decir sobre uno de los episodios más legendarios de la historia del cine, salvo que el director neoyorquino hizo lo correcto prescindiendo de un compositor al que conocía bien tras haber trabajado con él en dos ocasiones. North se llevó un buen disgusto al ver su trabajo ninguneado y a él mismo humillado, porque Kubrick no cesó de hacerle “sugerencias” sobre una partitura que luego arrojó a la basura sin previo aviso, sustituyéndola por valses de Strauss y piezas clásicas de György Ligeti, Cosas de los genios. O de los tocapelotas con ínfulas, que también.

Alex North, cornudo y apaleado.

De esta banda sonora, la más famosa de la historia dentro del capítulo de “rechazadas”, he leído toda clase de sesudos análisis que en general la ponen por las nubes al mismo tiempo que dejan a Kubrick a los pies de los caballos, opiniones ambas que en este caso no comparto. No me cabe duda de que Alex North era un gran compositor, y en el caso de su 2001 es algo que no se priva en demostrar con algunos tramos francamente brillantes. Pero eso no quita para reconocer que su obra resultaba muy poco adecuada para una película así. Prestigioso pero demasiado “chapado a la antigua”, quizás excesivamente influenciado por las epopeyas clásicas en las que había trabajado durante los sesenta como Espartaco o Cleopatra, North compuso una partitura que parece destinada a un peplum sesentero antes que a una peli de ciencia ficción, algo de lo que Kubrick enseguida se dio cuenta. Mientras escuchamos la música, tenemos la impresión de que una película conceptualmente adelantada a su época y aún hoy muy actual se vuelve de repente vieja, acartonada y pasada de moda. Un espanto, en resumen, y la prueba es que el autor no tuvo dificultades para reutilizar segmentos completos de la partitura en dos filmes tan antagónicos a este como Las sandalias del pescador y Drangonslayer. Al final, hubo que esperar a que North se muriera en 1991 para que su amigo Jerry Goldsmith decidiese mostrar al mundo lo que se había perdido y como forma de darle un bofetón a Kubrick, personaje habituado a hacer amigos por doquier. Sin entrar a valorar su acción, desde luego muy noble, cabe preguntarse si le hizo justicia al finado y su obra. Cada cual es libre de comparar y opinar pero yo me quedo con Kubrick.

Oyendo: Apollo 13 (James Horner & various artists)

En un mundo tan cortoplacista como el actual, donde lo que hoy es noticia mañana será prehistoria, es probable que ni los fans más acérrimos de James Horner recuerden ya que el músico norteamericano falleció el pasado mes de junio al estrellarse la avioneta que pilotaba. El suceso provocó comentarios jocosamente crueles en Internet, donde el compositor tenía muchos admiradores a cuenta de su fama de vago: hubo quien comentó que Horner se había había matado porque no hizo nada cuando tuvo problemas, esperado a que su avioneta se recuperase ella sola. No obstante hay que reconocer que dicha fama la tenía ganada a pulso especialmente durante la última etapa de su carrera, apenas un reflejo de tiempos mejores a los que pertenece la banda sonora de Apolo 13.

1995 fue probablemente el gran año de James Horner, un hombre predestinado al cine (su padre era un prestigioso director artístico doble ganador del Óscar) y la música (fue alumno aventajado de György Ligeti, recurso habitual de Kubrick) que empezó a componer bandas sonoras desde muy joven, además con éxito. Sin embargo, la música que compuso para Braveheart y la mencionada Apolo 13 le situaron en un candelero hasta entonces desconocido para él, sobre todo entre muchos jóvenes para quienes las bandas sonoras de estas películas se convirtieron en un referente. Pese a no ganar ningún premio relevante con ellas (aunque estuvo nominado al Óscar por ambas) Horner las estimaba como parte de su trabajo más inspirado, pero especialmente en el último caso, sin duda de los mejores de su carrera. Sin abandonar el característico “sonido Horner”, Apollo 13 se aleja bastante de la autocomplacencia que marcaría a su autor en años posteriores, y entre los diversos cortes se pueden encontrar algunos francamente brillantes, con una mezcla de estilos que van desde la mayestática All Systems Go/The Launch a la etérea The Darkside of the Moon interpretada por Annie Lenox. La esplendida edición original de la banda sonora marca una pauta a seguir: dos discos que recopilan, además de la partitura de Horner, insertos con algunos de los diálogos más representativos de la película y la música incidental, interpretada por artistas de la talla de Jimi Hendrix, The Who o Jeferson Airplane, mas un “bonus” que recorre parte de la mejor música popular americana de los sesenta y setenta de la mano de colosos como Santana, Steppenwolf o Patsy Cline.

Aplausos o abucheos: 007 al servicio secreto de Su Majestad

Admito que me gustan las películas de James Bond. Los más de 50 años que el agente 007 lleva pululando por las pantallas han dado para mucho, en su mayor parte tirando a malo y a veces, sólo a veces, razonablemente bueno. Pero no se puede negar que las “pelis Bond” han constituido casi siempre un buen entretenimiento, del mismo modo que no se puede negar su enorme influencia en la historia del cine, particularmente durante los años 60.

La peli más exótica de la saga 007 merece un cartel a su altura.

En aquella década, la serie vivió su indiscutible edad de oro. La popularidad del personaje creado por Ian Fleming era inmensa, y el éxito de sus películas era tan rotundo que generó toda una industria a su alrededor, así como una legión de imitaciones. Desde Modesty Blaise a James Tont, pasando por Flint o el televisivo Superagente 86, todo el mundo quería sacar tajada del fenómeno de moda. Por ello no es difícil imaginar el semblante que se les quedó a los productores de la serie cuando Sean Connery se hartó de un personaje al que le debía todo, pero que en ese momento se había convertido en un pesado lastre para él. Connery dijo basta, y a los responsables de las “pelis Bond”, que no estaban dispuestos a renunciar a tan pingüe negocio, les tocó buscar a un sustituto capaz de dar nueva vida a 007.

A estas alturas, no puedo sentir más que un enorme respeto hacia George Lazenby, un modelo australiano sin experiencia alguna como actor, quien tuvo la valentía de afrontar un reto que casi todos habríamos rechazado incluso a cambio de todo el oro el mundo. Desde luego él no era tonto: sabía que se lo jugaba todo en un envite en el que las posibilidades de éxito eran prácticamente nulas. Pero era una gran oportunidad, así que logró convencer a los productores y se preparó lo mejor que pudo para el papel.

“Mis cojones contra los vuestros. Y perderéis”.

El paso del tiempo ha terminado por convertir a 007 al servicio secreto de Su Majestad en una cinta de culto. Una rara avis que se adelantó por dos décadas a los filmes del Bond “humanizado” que protagonizó Timothy Dalton, y que en lo referente a la imagen de las “chicas Bond” se encuentra a la altura de las últimas entregas donde la mujer, lejos de ser un florero que acompaña al héroe, toma parte activa (y de qué forma) en la historia, la cual tiene un notable peso específico sobre la acción pura y dura. Desde este punto de vista el guión y la forma de perfilar los personajes en el mismo resultan algo excepcional, sobre todo si lo comparamos con lo que vendría después, y sólo por esto la película ya entretiene bastante. Pero hay más detalles por los que merece la pena recordarla, como el precioso Aston Martin DBS que conduce Bond, los sempiternos créditos iniciales del gran Maurice Binder (hechos a modo de homenaje a los filmes anteriores) y la espléndida música de John Barry que los acompaña, sin olvidar la canción We Have All The Time in the World, que con la inconfundible voz de todo un tótem como Louis Armstrong es una de las baladas más bonitas de toda la saga. Como defecto más gordo cabría destacar la presencia de John Glen en el staff técnico, un auténtico cáncer que esta vez figura al mando de la segunda unidad y se encarga de editar el metraje. Sus “mañas” se dejan sentir en las escenas de acción, coreografiadas de pena (en esto parte de culpa la tiene el propio Lazenby, al que se le nota en demasía su falta de experiencia) mal rodadas y peor montadas. La profusión en el uso de trucos como la cámara rápida y los fondos superpuestos (además mal usados, por añadidura) hacen que en ocasiones el filme se sitúe a la altura de una película cómica de los años 20. Desastroso es decir poco, aunque por fortuna algo se puede salvar de la quema: la escena del alud de nieve o la del rescate de Tracy sí que están a la altura de lo que cabría esperar.

Lo que es seguro es que al bueno de George Lazenby no se le puede reprochar nada. Si tenemos en cuenta que no tenía ni puta idea de actuar cuando consiguió el papel, su trabajo en la película puede calificarse como mínimo de digno, y en algunas ocasiones logra recordar al Connery más socarrón, como cuando dice aquello de “eso no le habría pasado al otro Bond” en la secuencia anterior a los créditos. De hecho no fue una mala actuación lo que le impidió repetir en el personaje, sino su cabezonería a la hora de negociar el contrato y un divismo subido, que hicieron que los productores terminasen mandándole a la mierda, lo que de paso llevó a pique su incipiente carrera. Desde luego no era Connery (y tengamos en cuenta, por añadidura, que en ese momento la sombra del escocés era más alargada que nunca). Ni siquiera era un gran actor, pero está claro que algunas de las “leyendas negras” que circulan sobre él resultan completamente falsas. Como también es falso que la película fuese un fiasco en taquilla, que no lo fue ni mucho menos. A mí no me hubiese importado ver a Lazenby en un par de filmes Bond más, en lugar de al discutible Roger Moore. De ese sí se puede decir con toda justicia que fue el peor 007 de toda la historia.

Para saber más sobre el universo Bond tenéis por ejemplo esta interesante web.

Resultado: Aplausos, con un par.

Ficha en la IMDB.

(Este artículo fue publicado inicialmente por Leo Rojo en COMPUTER-AGE.NET y se reedita con el permiso de su webmaster).

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