Viendo: De Palma

Documental sobre el director Brian De Palma, una de las figuras más controvertidas del Nuevo Hollywood, movimiento en el cual hizo buenas migas con Spielberg, Scorsese y Lucas, resultando además decisivo para el descubrimiento de actores como Robert De Niro o Al Pacino, aunque jamás alcanzaría la fama y el prestigio que disfrutarían todos ellos. Marcado en lo personal por un padre ausente y adúltero y en lo profesional por Hitchcock, cuya filmografía acostumbra a “homenajear” continuamente, su extensa carrera ha estado definida antes por los fracasos que por los éxitos. Sobre la base de una larga entrevista con el propio De Palma, la película analiza su trayectoria de forma retrospectiva, y si bien contiene tramos interesantes (sobre todo el inicial y aquellos en los que diserta acerca de su particular forma de entender el cine), el hecho de que vaya siguiendo una línea cronológica deteniéndose en todas y cada una de sus películas, pero al mismo tiempo sin entrar en demasiados detalles, quizá acabé resultando cansino y reiterativo para algunos.

Viendo: Superdetective en Hollywood

Si hace unos días comentábamos la copia, ¿por qué no comentar ahora el original? En verdad poco cabe decir sobre uno de los grandes clásicos de los ochenta y una de las mayores sorpresas en la historia contemporánea del cine. Inicialmente, Beverly Hills Cop se había concebido como drama nada menos que para Sylvester Stallone, hasta que Eddie Murphy metió baza y se hizo con el papel ante el desinterés del (entonces) astro italoamericano. Murphy era ya un rostro conocido en el cine gracias a su participación en éxitos como Límite 48 horas y Entre pillos anda el juego, pero siempre como actor secundario. Encarnando al irreverente detective Axel Foley vio la oportunidad de volver a triunfar pero esta vez como protagonista absoluto, con lo que eso acarreaba. Desde luego no se equivocó, pero seguramente ni él imaginó hasta qué punto daría el pelotazo: Pese a sus hechuras de peli baratita y sin demasiadas pretensiones, Superdetective en Hollywood hizo una fortuna, convirtiéndose de golpe y porrazo en la cinta más taquillera del año 1984 hasta llegar a colarse entre las diez con mayor recaudación de todos los tiempos. Una pasada. Y además todavía puede disfrutarse (y mucho) sin que se te caiga la cara de vergüenza, algo que no es extensivo a buena parte del cine comercial de la época.

¿Dónde reside el truco que hace a esta película tan divertida, pese a su trama absurda e inverosímil? Indudablemente en el carisma de Eddie Murphy, de su personaje, y en la estupenda química que establece con el resto del reparto, siempre dispuesto a darle pie para lucirse en cada escena. Mención aparte merecen la inolvidable banda sonora compuesta por Harold Faltermeyer y el eficaz trabajo de Martin Brest como director, que le permitió redimirse a lo grande tras ser despedido del rodaje de Juegos de Guerra por “inútil”. Nunca más volvería a repetir semejante campanada, pero a buen seguro no le importó mucho: la oportunidad de hacerle un corte de mangas del calibre de Superdetective en Hollywood a quienes te acaban de defenestrar, vale por toda una vida en la más discreta penumbra.

Viendo: Apunta, dispara y corre

Copia descarada de Superdetective en Hollywood, producida a toda leche con el objetivo de aprovechar al máximo su tremendo éxito (la más taquillera del mundo en 1984) y rodada por Peter Hyams, cineasta sin brillantez pero capaz de sacar las castañas del fuego a cualquiera con resultados dignos, lo que no es moco de pavo, y que con esta película abandonaba temporalmente su territorio habitual de la ciencia ficción. Apunta, dispara y corre es un calco tan fiel al original de Eddie Murphy que casi merecería una demanda por plagio: como aquel, es una buddy movie de policías y ladrones que mezcla acción y comedia (el título original, Running Scared, nos da alguna pista sobre eso) y cuya trama gira en torno al tráfico de drogas. Como en aquel, el protagonista es un comediante negro (Gregory Hines) acompañado por colegas blancos (en este caso uno, encarnado por Billy Crystal). Como en aquel, no falta una banda sonora con canciones pegadizas y ultracomerciales (que por cierto comenté hace años en esta misma web). Hasta la acción se desarrolla en Chicago, situada en el mismo estado de Michigan donde también se sitúa la cercana Detroit, ciudad de la que procedía Axel Foley.

Como resultado, un largometraje con cierta pátina de serie B, típica de su director, pero perfectamente válida para solventar cualquier tarde o noche de fin de semana sin mayores complicaciones.

Viendo: Monstruos University

Tras el éxito de Monstruos S.A. en 2001, era de esperar una continuación pese a que la historia quedaba lo bastante cerrada y aprovechada como para no necesitarla. Por lo último no sorprende que dicha continuación llegase en forma de precuela. Sí sorprende, en cambio, que tardase doce años en llegar, lo que evidencia la crisis de ideas que Pixar viene atravesando en los últimos tiempos y que se ha traducido en algunas películas flojas, o al menos por debajo de la media a la que estaban acostumbrados como Cars o su secuela apócrifa Aviones.

Sobre Monstruos University no hay mucho que contar. La historia se sitúa a partir del momento en que Mike logra una plaza en la Facultad de Asustadores y conoce a Sully, desarrollando la forja de su amistad por medio de un conjunto de clichés, lugares comunes y humor blandito para toda la familia junto a la acostumbrada (y muchas veces insoportable) moralina Disney. Al menos la película se deja ver y resulta lo bastante aceptable como para entretener a los críos sin sonrojar a sus padres, lo que ya es algo.

Viendo: Air America

Película de 1990 realizada en base a una novela escrita once años antes por el británico Christopher Robbins, que a su vez se basó en hechos y personajes reales. Fundada en la década de 1950 con el supuesto fin de realizar labores humanitarias transportando cargamentos en el Sudeste Asiático, Air America era en realidad una tapadera de la CIA que utilizaba el tráfico de armas y drogas para financiar operaciones ilegales en la zona, muchas veces con el conocimiento de los pilotos. El joven Billy Covington es uno de ellos. Sin empleo en Estados Unidos debido a su levantisco carácter, acepta un contrato para trabajar en Laos con Air America en plena escalada de la Guerra de Vietnam, extendida sin remedio a los países vecinos. Allí conocerá a un grupo de alocados pilotos con los que se verá mezclado, sin quererlo, en numerosas aventuras marcadas por la sombra de la corrupción en una guerra que oficialmente nunca ha rebasado las fronteras vietnamitas.

Sin ser ni mucho menos una maravilla, Air America es una de esas pelis ideales para apañar una tarde de fin de semana. En su fracaso tuvo mucho que ver la mala suerte antes que sus propias carencias: inicialmente iba a rodarse con Sean Connery y Kevin Costner de protagonistas, pero se subieron a la parra exigiendo un dineral y Carolco Pictures canceló la producción durante varios años hasta que pudo revivirla, esta vez con Mel Gibson y Robert Downey Jr. encabezando los créditos. El estreno se vio afectado por la invasión iraquí de Kuwait y la posterior Guerra del Golfo, pero antes el director Roger Spottiswoode y el equipo hubieron de hacer frente a un tifón y dos terremotos sucedidos durante el rodaje, así como a la negativa de los especialistas a volar con los desvencijados aviones de época cedidos por las Fuerzas Aéreas de Tailandia, donde tuvo lugar la fotografía principal. El presupuesto acabó disparado y por ello (aunque también por las flojas críticas recibidas) Air America las pasó canutas para recuperar lo invertido en ella. La película es ciertamente irregular, pero resulta entretenida y el tono de comedia no le sienta mal, destacando un Mel Gibson en plan cachondo total, que sin tomárselo para nada en serio (aceptó el papel más que nada por los siete millones de dólares que le pagaban), acaba por hacerse merecedor de nuestra atención.

Viendo: Rob Roy

El gran éxito de Braveheart alentó la rauda producción de este “clon” que guarda numerosas similitudes con la cinta de Mel Gibson, empezando por la naturaleza verídica de su protagonista (vamos, que vivió realmente) y su nacionalidad. Robert Roy MacGregor era un ganadero escocés que a principios del siglo XVIII se hizo famoso tras enfrentarse a un señor feudal a quien acusó de haberle estafado en un negocio, motivo por el cual fue desahuciado y más tarde encarcelado. Su historia sería llevada a la literatura por escritores de la talla de Daniel DeFoe o Walter Scott, que con ello contribuyeron a forjar una leyenda del folklore escocés reflejada más tarde incluso en la música, además de en el cine.

En cuanto a la película, si por algo destaca es por su reparto. La productora echó el resto y consiguió reunir una pequeña constelación de estrellas encabezada por Liam Neeson, al que arropan nombres como los de Jessica Lange, Tim Roth o el recientemente fallecido John Hurt. El problema es que cedieron los trastos de dirigir a Michael Caton-Jones, un realizador mediocre que no supo sacarle todo el potencial a lo que tenía entre manos, resultando con ello una cinta algo decepcionante aunque por fortuna lo bastante digna como para proporcionar dos aceptables horas de entretenimiento. Eso no bastaría para salvar a Rob Roy de un fracaso relativo, tras un rodaje difícil marcado por los imponderables del caprichoso clima escocés y las dudas del reparto sobre su propio trabajo empezando por Tim Roth. En su creencia de estar haciendo una labor nefasta dando vida al malo de la función, estaba convencido de que le despedirían. Nada más  lejos de la realidad: el director no sólo no le despidió, sino que le animó a seguir por el mismo camino. Al final hasta le nominaron a un Oscar.

Viendo: Emperador

Drama histórico enmarcado en uno de los hechos más trascendentales y menos conocidos de la II Guerra Mundial. Tras la capitulación japonesa en 1945, casi todo el mundo entre los vencedores deseaba ver al emperador Hirohito juzgado y condenado al considerarlo, no sin razón, responsable último de las atrocidades cometidas durante el conflicto por el ejército japonés, algunas de las cuales dejaban en mantillas los crímenes del nazismo. El general Douglas MacArthur, comandante supremo de las fuerzas de ocupación y hombre pragmático sobre todo, estaba convencido de que deponer y ejecutar al emperador sería demasiado humillante para el pueblo japonés, que se sublevaría en un momento critico para Estados Unidos, necesitado de alianzas para frenar la creciente influencia soviética en Asia. Trabajando contrarreloj y bajo una enorme presión, MacArthur y sus asesores hubieron de reunir pruebas con las que demostrar la no culpabilidad de Hirohito para salvarle la vida.

Este es el esbozo argumental de Emperador, que se resume en uno de los asesores de MacArthur yendo de un sitio a otro para hablar con gente y recopilar testimonios con los que exonerar al soberano, mientras por otro lado intenta localizar a su novia japonesa de la que no sabe nada desde hace tiempo, y de la que ocasionalmente nos recuerda cómo se enamoró a base de flashbacks, totalmente prescindibles y que parecen añadidos solo para que la película alcance los noventa minutos de rigor, algo que logra a duras penas. Este hecho basta por sí mismo para definir una cinta insulsa y carente de tensión, totalmente olvidable salvo por la presencia de Tommy Lee Jones haciendo de MacArthur. Para que se hagan una idea, leer el párrafo anterior de esta crítica les llevará menos de dos minutos y les habrá contado lo mismo que la película, con lo que se habrán ahorrado verla y perder mucho más tiempo en comparación.

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