100 años de cine resumidos en 100 planos

Bonito vídeo este, que como bien indica el título del post resume un siglo de cine mediante una selección de cien planos históricos del séptimo arte. Cronológicamente y a lo largo de seis minutos, podemos aprovechar para divertirnos tratando de adivinar las películas que aparecen en él.

Si bien no están todos los que son (francamente sería imposible tratándose de solo 100 planos), puede afirmarse con rotundidad que sí son todos los que están pese a que, como siempre en estos casos, puedan surgir discrepancias en torno al material seleccionado. Personalmente yo habría restado minutos al cine más actual (películas como 300 me parecen una mierda que no aporta nada a la historia del cine) y metería más clásicos de, por ejemplo, los cincuenta o sesenta. Pero como digo, al final es cuestión de gustos.

La importancia de la geometría en el cine

En teoría, hacer cine es muy fácil: basta con agarrar un móvil (o antes una cámara Súper-8) y darle al botón de grabar. Pero a la hora de la verdad, el cine entendido como profesión puede llegar a ser algo mucho más complicado. A fin de lograr el objetivo último que ha de perseguir toda película, que es llamar la atención del espectador que paga por plantar el culo en la butaca, entra en liza hasta la psicología, con detalles tan sutiles que rara vez llegamos a fijarnos en ellos conscientemente. Un ejemplo es el que ilustra el siguiente vídeo, que además de estupendo lleva subtítulos para aquellos que no entiendan inglés.

¡Joder, Quentin!

No me voy a explayar escribiendo sobre Quentin Tarantino. Quizás lo haga cuando me apetezca comentar por aquí alguna de sus películas. Con la tontería, a día de hoy me las he visto todas excepto Los odioso ocho, que sinceramente me da muchísima pereza. Porque el bueno de Quentin no ha vuelto a ser nadie desde que estrenó Pulp Fiction, con diferencia su obra maestra. Acabó a tortas con Roger Avary, el amigo que hasta entonces había sido su mano derecha puliéndole los guiones, y jamás ha vuelto a hacer nada ni remotamente parecido pese a llevar casi más de dos décadas intentándolo, que se dice pronto.

En el caso de estos dos sí que vale eso de que cualquier tiempo pasado fue mejor.

Lo que nadie puede negar a Tarantino es lo que hizo por (y para) el cine norteamericano durante los años noventa del pasado siglo, especialmente durante el primer lustro. Mezclando un proceloso batiburrilo de influencias procedentes en su mayoría de la serie B, Tarantino logró convertir en mainstream un tipo de cine hasta entonces despreciado por “cutre”, que no directamente casposo. Todo con el apoyo (entre otros) de los astutos hermanos Weinstein, dos auténticos bastardos pero que de idiotas no tienen un pelo, y que supieron ver en el procaz realizador de Tennessee un talento singular que, junto a otros realizadores indies, introduciría algo de aire fresco en un Hollywood anquilosado tras demasiados años de “revolución conservadora”. Son muchos los tics que distinguían y distinguen el cine de Tarantino, aunque a fuerza de repetirlos el director haya terminado convirtiéndose en poco más que una caricatura de sí mismo. Uno de los que más llaman la atención es el lenguaje usado en los diálogos, coloquial, directo y no pocas veces salvaje, trufado de palabras malsonantes entre las que fuck (joder) se lleva la palma. Tanto que hace un tiempo alguien tuvo la idea de recopilar en un vídeo todas las escenas de las pelis de Tarantino en las que aparece. Y cuando digo “todas” es literalmente, incluyendo el primer corto que el director filmó en 1987 y todos aquellos trabajos (o casi) en los que ha participado como actor, productor o guionista. No diré la cifra para no estropear la sorpresa, pero sí diré, a modo de pista, que el número 1.000 se alcanza en Jackie Brown y que no está incluida Los odiosos ocho porque el vídeo se montó justo antes del estreno.

Lo que pasa cuando quieres ser como David Lean y NO lo eres

Pues pasa que te salen cosas como ESTA:

Ya hemos dicho en multitud de ocasiones a lo largo de la historia de esta web que en los ochenta Steven Spielberg era DIOS. Pero sólo de cara a la taquilla. La realidad es que el cineasta de Cincinnati siempre tuvo una espina clavada: quería ser como sus compañeros integrantes del Nuevo Hollywood que, durante los años setenta, se ganaron la alabanza unánime no sólo del público, sino también de la crítica. Spielberg se había destetado viendo la televisión, con la que trataba de digerir el traumático divorcio de sus padres; pero como confesó en más de una ocasión, fue tras ver Lawrence de Arabia cuando decidió realmente que quería dedicarse al cine. David Lean era para él un espejo en que mirarse y en cuanto pudo trató de imitarle para aproximarse a amigos como Coppola, que tiempo atrás le habían mirado por encima del hombro y le consideraban un realizador “palomitero”, imberbe y mojigato, con más ansias por medrar en la industria que por ganarse el respeto como artista. Con los años las tornas cambiarían radicalmente: tras hacer una fortuna gracias a películas ultracomerciales y con Coppola en la ruina, Friedkin y Cimino defenestrados, De Palma en las sombras o Malick retirado, él y su amigo George Lucas se convirtieron en los amos de Hollywood. Pero no dejaban de ser dos niños grandes (excepto para hacer pasta. Para eso SÍ eran muy serios) a los que se consideraba como poco más que artistas de circo antes que de cine, pese al respeto que se les tenía por el hecho de estar forrados.

Spielberg haciendo un cameo en Poltergeist (1982), que también dirigió de tapadillo.

Spielberg siempre envidió a sus colegas del Nuevo Hollywood que en el fondo jamás le aceptaron como un igual. Por eso se fijó en cuanto pudo en proyectos “serios” con los que reafirmar su condición de cineasta, de artista de la cámara capaz de rodar algo más que chorradas sobre arqueólogos con látigo o marcianitos repelentes con voz de señora mayor. Pero es como cuando Arnold Schwarzenegger se convenció de que también podía hacer reír, permítanme la comparación. El resultado sólo podía ser uno y así se demostró con El color Púrpura, un fistro que no hay por dónde cogerlo porque a Spielberg no se le da bien ser una persona de verdad, así de claro. No era la primera advertencia sobre ello.

Pero igual que el Chuache no escarmentó tras protagonizar Los gemelos golpean dos veces, Spielberg tampoco. En realidad no ha escarmentado nunca, pero ésa es otra historia. Dolido por el fiasco de El color púrpura, que sólo funcionó en taquilla medio bien gracias al tirón popular de su director pero que en los Oscar se llevó un auténtico bofetón de advertencia (11 nominaciones y ni una estatuilla), Spielberg decidió que merecía redimirse y fijó sus zarpas en una historia escrita por el perturbado novelista J.G. Ballard e imaginada en celuloide por… David Lean. Steven quería producirla para que Lean la dirigiese, pero el cineasta británico, que había regresado con Pasaje a la India de un retiro de 14 años tras acabar hasta las narices del cine, estaba ya muy mayor para enfangarse en un proyecto tan difícil y no podía rodarlo. Turno para Steven, que siendo DIOS hizo y deshizo a su antojo. Y así salió la cosa, una vez más.

“Fijáos que aquí pongo un cartel de Lo que el viento se llevó para demostraros cuánta cultura cinematográfica tengo”.

En realidad El imperio del sol no es mala película ni mucho menos, pero acusa todos los lastres que afectan a la filmografía de Spielberg casi en su totalidad hasta el punto de haberse convertido en clichés, encima magnificados cuando el realizador busca ponerse “profundo” y reflexivo. Aquí no podían faltar los niños irritantes en busca de su padre perdido ni una visión pacata y torticera de la Historia, y aunque Christian Bale actúa bien, su repelencia alcanza tales cotas que en más de una ocasión estamos deseando que un japonés le pegue un tiro en la sien, acabando así con el sufrimiento de todos y, para empezar, de los espectadores, obligados a aguantar algunos momentos de vergüenza ajena. Mucho mejor está ese pedazo de actor que fue (sí, en pasado) John Malkovich, en compañía del hoy olvidado Joe Pantoliano.

Que alguien le pegue cuatro hostias, por favor.

Y poco más, la verdad. En realidad casi podría escribirse un libro sobre la película (y lo hay: prueben a leer la Biografía no autorizada de Spielberg escrita por el crítico australiano John Baxter); pero a mí sinceramente no me apetece. Que sí, que El imperio del sol está muy bien hecha y tiene momentos francamente brillantes porque quien la rodó es, en el fondo, un gran cineasta. Pero no deja de ser Speilberg y lo que es peor: jamás dejará de serlo. Después de todo, el tiempo pone a cada uno en su lugar y cabe pensar si las generaciones que vengan se acordarán de alguien cuyas mejores películas son productos filmados hace ya décadas con una clara intención comercial, cortoplacista y por tanto muy ceñidas a su época, razón por la cual están empezando a envejecer de forma alarmante a la par que su público. La única excepción es Tiburón, que no puede considerarse una película suya al 100% y tal vez por ello sigue siendo una maravilla. Si no, atiendan a la demoledora crítica que se hace de En busca del arca perdida en un capítulo de la teleserie The Big Bang Theory: bastan unas pocas palabras para desmontar uno de los grandes mitos del cine contemporáneo y dejarlo con las vergüenzas al aire. Hoy Spielberg vive de los recuerdos de un pasado que cada vez es más lejano no sólo para él, sino también para el público que hoy pretende atraer pero considera que las películas que un día le hicieron grande están entre esas cosas viejunas que tanto molan a papá o a los abuelos. Es la clara demostración de que Spielberg no es Coppola ni jamás lo fue. Ni desde luego, tampoco David Lean. Incluso el público lo vio de este modo cuando El Imperio del sol se estrenó en 1987 y la película resultó un fracaso de crítica y público aún mayor que el de El color púrpura. Ni siquiera entonces colaron los intentos de Spielberg por ser tomado en serio.

Alegoría de un suicidio

En este caso artístico:

En 1978, nadie hubiese imaginado que esta famosa secuencia de El cazador acabaría representando el destino del propio Michael Cimino, que llevaba demasiado tiempo jugando a la ruleta rusa (la gestación de esta película constituyó una odisea en sí misma) y acabó como tenía que acabar. Porque ciertamente no podía acabar de otro modo… 

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