Leyendo: El hijo del trapero

Esta es la historia del hijo de un judío ruso que emigró a Estados Unidos huyendo del servicio militar de su país. Una vez establecido en Nueva York con su mujer, se hizo trapero y empezó a traer hijos al mundo, seis chicas y un único chico al que sus padres llamaron Issur, quien desde pequeño soñó con hacerse actor para ser alguien y escapar así de una vida miserable y de los malos tratos que le infligía su padre. Finalmente lo lograría, convirtiéndose con el nombre de Kirk Douglas en uno de los actores más legendarios de todos los tiempos.

Había leído El hijo del trapero, la autobiografía de Kirk Douglas publicada en 1988, hace bastantes años, como desahogo frente a esas lecturas obligadas con las que profesores de colegios e institutos parecen buscar que sus alumnos acaben despreciando los libros. Espoleado por las buenas opiniones que se decían de él, lo pedí prestado en una biblioteca pública y me gustó tanto que pensé en comprarlo al día siguiente de devolverlo, pero sin que recuerde el motivo fui posponiendo la idea hasta olvidarla por completo. Hace poco me topé con una edición de bolsillo en una tienda y decidí saldar mi deuda, que ya era hora. Esas cosas pasan a veces.

Este excelente análisis del libro resume sus virtudes mucho mejor de lo que podría hacerlo yo en cualquier circunstancia. El hijo del trapero es un relato acerca de un mundo (el del Hollywood clásico, el de verdad) que ya no existe, escrito de primera mano por el que es uno de sus últimos representantes vivos, quien además fue uno de los que más fama y poder aglutinaron en una época en la que los actores eran poco menos que esclavos, explotados bajo el yugo de empresarios sin ningún tipo de escrúpulos. Conseguirlo le costó a Kirk Douglas, hijo de un mal padre y marido que fue a su vez mal padre y mal marido, labrarse fama de persona difícil con la que trabajar podía ser un tormento, pero en lo que a eso respecta no se ahorra descargos hacia sí mismo al tiempo que ataca sin miramientos un sistema cruel y despiadado que destruía, a veces hasta la muerte, a muchos de sus integrantes. A quienes no lograban adaptarse a él, deslumbrados por el oropel y los focos que sólo permitían ver un escaparate rebosante de lujos y tentaciones.

Kirk Douglas posando con sus cuatro churumbeles en 1988.

Todo esto lo hace Douglas con un estilo brillante, demostrando que es algo más que un simple actor de cine dolido por no haber triunfado sobre las tablas de Broadway, espina que siempre ha tenido clavada. Y lo hace sin escatimar nada, incluyendo reproches hacia sí mismo por su carácter libertino y crápula, que le llevaba a trajinarse casi cualquier cosa a su alcance que llevase faldas. El hijo del trapero es el relato imprescindible de una vida excepcional, forjada a través de hechos propios y de numerosos encuentros con casi todos los grandes personajes de Hollywood que podamos recordar. Que ha contemplado y participado del auge, la gloria y el ocaso de lo que un día se dio en llamar «séptimo arte».

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