Leyendo: Nadie me enseñó a vivir (Diego Galán)

Si alguien tuviese que describir en pocas palabras a la realizadora de cine y TV Pilar Miró, bien podría decir que era un bicho cuya vida estuvo marcada por la polémica. Polémica fue la relación que mantuvo con su familia, calificable como mínimo de distante. Polémicos fueron sus inicios en RTVE, donde entró al más puro estilo español, por enchufe, cuando la sociedad tardofranquista de la época aún mostraba fuertes reticencias para aceptar a la mujer más allá de su papel como esposa y madre. Polémico fue su trato con subordinados y compañeros de profesión, a los que muchas veces se dirigía con prepotencia cuando no los ninguneaba directamente. Polémicas fueron sus relaciones amorosas: nunca se casó, y la identidad del padre de su hijo Gonzalo continúa siendo un misterio. Polémico fue su descarado arribismo político durante la Transición, cuando aireaba sus simpatías hacia el PSOE y presumía de su amistad con Felipe González. Polémicos fueron sus nombramientos al frente de la Dirección General de Cinematografía y de la propia RTVE. Polémica fue su gestión en ambos organismos, marcada por un cúmulo de luces y sombras cuyas consecuencias todavía se advierten hoy. Polémicos fueron sus enjuiciamientos por El crimen de Cuenca y por la ropa supuestamente comprada con dinero público. Polémicos fueron sus últimos trabajos antes de fallecer prematuramente a causa de una enfermedad cardiaca. En resumen, Pilar Miró era un bicho.

Ésa es la idea que subyace tras la lectura de la que seguramente es la mejor biografía publicada hasta hoy sobre la directora más importante del cine español, algo que puede sorprender sabiendo que fue el propio hijo de la Miró quien animó al periodista Diego Galán, a la sazón buen amigo de la realizadora, a escribir un libro sobre ella, para lo cual le cedió cantidad de diarios y otros escritos que le habían pertenecido y nadie había leído hasta entonces. Con ese material y la valiosa aportación, vía entrevistas, de gente que la conoció o trabajó con ella, Galán factura una narración brillante, fluida y muy bien estructurada, que si bien no pierde ocasión para ponerse de parte de quien fue amiga, tampoco elude reflejar el lado más oscuro de una persona que nunca tuvo su fuerte en el trato hacia los demás, ni siquiera cuando intentaba tratarles bien. Detalles que podrían resultar hasta simpáticos, como el de regalar un cactus a todos aquellos que no tragaba o le habían hecho alguna faena, dejan paso acto seguido a los desplantes, el carácter altivo y el trato desdeñoso, “cualidades” que a Pilar Miró le sirvieron para dejar un rosario de enemigos allá por donde pasaba. Y tal como cabría esperar, algunos no dudarían en vengarse cuando se les presentó la ocasión.

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