Oyendo: 2001, The Legendary Original Score ( Alex North)

Del controvertido Stanley Kubrick no todo el mundo opina que sea precisamente un genio. Durante su carrera cometió bastantes errores, llevado sobre todo por su afán de rodar “la película definitiva”. La película definitiva sobre Vietnam, la película definitiva sobre Napoleón, la película definitiva sobre el porno… Es un aspecto que algunas de las mejores biografías del cineasta no se cortan un pelo en juzgar, como ocurre en la escrita por el australiano John Baxter (algún día hablaremos de ella, lo prometo) y que ha contribuido a que muchas de sus consideradas “mejores películas” hayan envejecido de forma alarmante. Pero eso no quita para que Kubrick merezca estar donde está, porque también tomó muchas decisiones con acierto y posiblemente una de las que más fuese la de quitarse de encima la banda sonora que Alex North le escribió para 2001. Tras haberla escuchado, poco cabe decir sobre uno de los episodios más legendarios de la historia del cine, salvo que el director neoyorquino hizo lo correcto prescindiendo de un compositor al que conocía bien tras haber trabajado con él en dos ocasiones. North se llevó un buen disgusto al ver su trabajo ninguneado y a él mismo humillado, porque Kubrick no cesó de hacerle “sugerencias” sobre una partitura que luego arrojó a la basura sin previo aviso, sustituyéndola por valses de Strauss y piezas clásicas de György Ligeti, Cosas de los genios. O de los tocapelotas con ínfulas, que también.

Alex North, cornudo y apaleado.

De esta banda sonora, la más famosa de la historia dentro del capítulo de “rechazadas”, he leído toda clase de sesudos análisis que en general la ponen por las nubes al mismo tiempo que dejan a Kubrick a los pies de los caballos, opiniones ambas que en este caso no comparto. No me cabe duda de que Alex North era un gran compositor, y en el caso de su 2001 es algo que no se priva en demostrar con algunos tramos francamente brillantes. Pero eso no quita para reconocer que su obra resultaba muy poco adecuada para una película así. Prestigioso pero demasiado “chapado a la antigua”, quizás excesivamente influenciado por las epopeyas clásicas en las que había trabajado durante los sesenta como Espartaco o Cleopatra, North compuso una partitura que parece destinada a un peplum sesentero antes que a una peli de ciencia ficción, algo de lo que Kubrick enseguida se dio cuenta. Mientras escuchamos la música, tenemos la impresión de que una película conceptualmente adelantada a su época y aún hoy muy actual se vuelve de repente vieja, acartonada y pasada de moda. Un espanto, en resumen, y la prueba es que el autor no tuvo dificultades para reutilizar segmentos completos de la partitura en dos filmes tan antagónicos a este como Las sandalias del pescador y Drangonslayer. Al final, hubo que esperar a que North se muriera en 1991 para que su amigo Jerry Goldsmith decidiese mostrar al mundo lo que se había perdido y como forma de darle un bofetón a Kubrick, personaje habituado a hacer amigos por doquier. Sin entrar a valorar su acción, desde luego muy noble, cabe preguntarse si le hizo justicia al finado y su obra. Cada cual es libre de comparar y opinar pero yo me quedo con Kubrick.

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