Oyendo: Total Recall (Jerry Goldsmith)

Una de las mejores obras del gran Jerry Goldsmith en su última etapa como compositor, que le permitió resurgir a lo grande tras un periodo (los 80) marcado por una relativa mediocridad, viendo incluso rechazados algunos de sus trabajos como el que llevó a cabo para la película Alien Nation. Total Recall señaló el encuentro  de Goldsmith con el director Paul Verhoeven, quien quedó tan satisfecho de su trabajo que volvería a colaborar con él en otras dos ocasiones. No era para menos: The Dream, tema que inicia la película y el disco contenedor de la banda sonora, se convirtió en un clásico inmediato, al punto que Canal+ España lo usó como sintonía para sus retransmisiones futbolísticas durante décadas. Sobre la complejidad de la obra y su impecable ejecución baste decir que Goldsmith accedió a la propuesta inicial de los productores para grabar con la Orquesta Sinfonica de Múnich, más económica que la National Philharmonic Orchestra con que habitualmente trabajaba, y al final hubieron de echarse atrás porque los alemanes no daban la talla exigida. Tal vez como agradecimiento, los integrantes de la Philharmonic se crecieron ante un grueso de pentagramas francamente exigentes, orquestados de manera encomiable por Arthur Morton, quien es responsable en buena parte de la magnífica fusión entre elementos orquestales y electrónica que distingue la partitura. Un trabajo inspirado, pletórico y sumamente eficaz a la hora de integrarse en la película que ambienta.

Viendo: Los odiosos ocho

Confieso que Los odiosos ocho me gustó más de lo esperado. Tras haberme dormido viendo Kill Bill y sufrir en su momento con la espantosa Malditos bastardos y la prescindible Django desencadenado, que arranca de maravilla pero al cabo de una hora se desmorona, mis expectativas respecto a Los odiosos ocho eran muy bajas. Sin embargo me vi sorprendido, porque si bien la película no alcanza ni de lejos el nivel de Reservoir Dogs y Pulp Fiction (situadas a una escala que su autor no ha alcanzado ni alcanzará jamás al ritmo que va), al menos se trata de un trabajo digno, con el que Quentin Tarantino parece querer volver a los orígenes de Reservoir Dogs, afrontando con valentía retos que obligan a estar bien atento si no se quiere aburrir hasta la muerte al espectador. En especial cuando las ocho personas a las que alude el título se van a pasar casi toda la película encerradas en una cabaña, y hablamos de tres horas largas que podrían trasladarse perfectamente al formato de una obra teatral. Para solventar la papeleta, Tarantino echa mano de sus recursos habituales, convertidos ya en clichés a base de repetirlos durante toda su carrera; pero esta vez le sale bien, o al menos razonablemente bien. Sólo flaquea de verdad la secuencia del flashback, totalmente prescindible y que parece añadida solo con la intención de alcanzar las tres horas de metraje al precio que sea. Incluso a costa de fastidiar el brío narrativo de la historia si hace falta, sujeto hasta entonces un tanto con pinzas pero sin desmerecer.

Total, una película que me ha parecido mejor de lo que su discreta taquilla podría indicar (el peor estreno de Tarantino desde Jackie Brown, hace ya dos décadas nada menos), y que juega su mejor baza gracias a un reparto solvente en el que aparte del sempiterno Samuel L. Jackson (a estas alturas otro cliché tarantiniano más) destaca la presencia de Bruce Dern, Kurt Russell y Jennifer Jason Leigh. A los serieadictos también les llamará la atención la presencia de Walton Goggins, que hace unos años se dio a conocer gracias su papel de poli listillo en la magnífica The Shield, mientras que en los créditos sobresalen los nombres del legendario Ennio Morricone y de John Dykstra, principal responsable de los efectos especiales de Star Wars.

Vista la recaudación, todo un varapalo a las finanzas de los productores, queda claro que al público le sonó a chino. O eso o empieza a cansarse de ver la misma película una y otra vez desde hace casi treinta años. 

La religión, el origen del mal

Creo que gran parte de las divisiones que hay en el mundo han sido ocasionadas por la religión, incluso en una época como la de Espartaco, en que se rendía culto a muchos dioses. ¿Cuál es la finalidad de la religión? Después de haber pasado noventa y cinco años en este planeta, he llegado a la conclusión de que la religión debería basarse en una única cosa: ayudar a tus congéneres. Si todo el mundo practicara esa religión, la de ayudar a sus congéneres, los ejércitos desaparecerían de la noche a la mañana. Desaparecerían la injusticia, la intolerancia y la inhumanidad. Y jamás se confeccionarían listas negras. Cuán maravilloso sería ese mundo.

(Kirk Douglas).

Viendo: El poder del Tai Chi

Primera (y hasta ahora única) experiencia de Keanu Reeves como director, que ejemplifica la influencia de China en el cine americano actual: hace unos pocos años nadie habría imaginado que una estrella de Hollywood acabaría rodando una película producida en el país asiático con capital y equipo locales prácticamente al 100%. ¿Quieren más ejemplos? Ahí van: el gran éxito de Warcraft en China sirvió para enjugar su desastrosa taquilla en el resto del mundo y rentabilizar su enorme presupuesto. En el lado contrario, es más que probable que nunca veamos una secuela del remake “en femenino” de Los cazafantasmas porque las autoridades chinas prohibieron su exhibición en el país, haciéndole un buen roto a Sony y provocando que la cinta quedase en números rojos. Mientras en Occidente se cierran salas por la cada vez menor afluencia de público, en China se abren a diario por docenas. Tal como están ahora las cosas en Estados Unidos, con el cine desplazado ante el empuje de los videojuegos y el boom de las teleseries mostrando evidentes signos de agotamiento, es casi seguro que veremos más casos como el de Keanu Reeves. De actores famosos yéndose a “hacer el chino” en busca de oportunidades de trabajo, cada vez más escasas en sus lugares de origen.

Ese es precisamente el mayor interés de El poder del Tai Chi: comprobar qué tal se desenvuelve el protagonista de Matrix tras la cámara, en una película rodada mayormente en Hong Kong con financiación entre otros de Wanda (¡un saludo a los aficionados del Atlético de Madrid!) en la que Keanu Reeves se reserva además el papel de villano, cediendo el protagonismo a su amigo Tiger Hu Chen, al que conoció en tiempos de Matrix. Más allá de ahí, nos encontraremos una cinta bastante rutinaria, con una temática y desarrollo muy al gusto de los espectadores chinos menos exigentes. Una peli de artes marciales cuyo guión no se anda por las ramas, yendo directamente al grano desde el minuto uno: acción a tope y diálogos justitos, los estrictamente necesarios para enlazar escenas de hostias sin solución de continuidad. Por tanto, aquellos que esperen personajes profundos y trama compleja mejor lo dejen para otro día porque aquí no hallarán nada de eso. Al menos la coreografía de las peleas es decente, pero la película acaba por hacerse muy repetitiva, y la anodina labor de Reeves frente y tras la cámara (va con el piloto automático puesto en ambos casos) no ayuda a que El poder del Tai Chi deje de ser totalmente prescindible, más allá de las curiosidades que animan a verla en primera instancia como (además de las ya citadas) la participación del legendario diseñador de vestuario Joseph Porro, encargado de que Reeves porte estilosamente los trajes de Giorgio Armani que luce en la película.

Viendo: Pánico en el túnel

Tras el éxito de Máximo riesgo en 1993, Sylvester Stallone buscó repetir diana tres años después usando una fórmula parecida, entroncando directamente con el cine catastrofista que tan de moda había estado dos décadas antes. De entrada el personaje que interpreta se parece mucho al de aquel largometraje: un hombre que carga sobre su conciencia con el peso de una decisión fallida tomada en un momento crítico, por la cual fue defenestrado, y al que las circunstancias le permiten redimirse tras verse nuevamente involucrado en una situación excepcional; en este caso un aparatoso y mortífero accidente de tráfico que provoca el hundimiento de un túnel de Nueva York, atrapando en su interior a un puñado de supervivientes por los que nadie en su sano juicio apostaría un céntimo. La guionista del filme, Leslie Bohem, se inspiró en un caso verídico ocurrido en los años 40 para escribir el argumento de la cinta, que obtuvo unos réditos de taquilla aceptables. Sin ser ninguna maravilla, Daylight se las apaña para brindar un rato de evasión sin complicaciones, lo que ya es bastante tratándose de una película dirigida por Rob Cohen (futuro creador de la saga Fast & Furious) y protagonizada por un Stallone al inicio de su declive, quien no obstante lo pasó mal teniendo que rodar en lugares que ponían a prueba su aversión a los espacios cerrados. 

100 años de cine resumidos en 100 planos

Bonito vídeo este, que como bien indica el título del post resume un siglo de cine mediante una selección de cien planos históricos del séptimo arte. Cronológicamente y a lo largo de seis minutos, podemos aprovechar para divertirnos tratando de adivinar las películas que aparecen en él.

Si bien no están todos los que son (francamente sería imposible tratándose de solo 100 planos), puede afirmarse con rotundidad que sí son todos los que están pese a que, como siempre en estos casos, puedan surgir discrepancias en torno al material seleccionado. Personalmente yo habría restado minutos al cine más actual (películas como 300 me parecen una mierda que no aporta nada a la historia del cine) y metería más clásicos de, por ejemplo, los cincuenta o sesenta. Pero como digo, al final es cuestión de gustos.

Aplausos o abucheos: El caso Fischer

De Bobby Fischer se dice que es el mejor ajedrecista de la historia. No voy a discutir esa afirmación porque reconozco no tener ni idea de ajedrez, pero es indudable que en su sostenimiento cuenta (y mucho) que Fischer era estadounidense y protagonizó uno de los hitos de la Guerra Fría, cuando le arrebató el cetro de campeón del mundo al ruso Boris Spassky en un encuentro disputado en Reikiavik en 1972. Un triunfo teñido de connotaciones que iban más allá del deporte y que tuvo consecuencias negativas para ambos: Fischer, un hombre inestable y paranoide, sufrió un agravamiento de su ya frágil salud mental. Renunciaría al título para evitar darle la revancha a Spassky, se retiró del ajedrez y acabó viviendo como un mendigo. El ruso casi lo pasó peor: en la Unión Soviética su derrota se vivió como una humillación nacional y las autoridades del país le defenestraron, quitándole sus privilegios y obligándole a exiliarse en Francia, país donde vive y del que es ciudadano desde 1978. Curiosamente ambos hombres volverían a encontrarse años después en una reedición amistosa de su célebre enfrentamiento, disputado esta vez en Belgrado. Sólo hubo un problema: el encuentro violaba las sanciones internacionales impuestas a Yugoslavia por la Guerra de los Balcanes y Fischer, que como buen tarado no se mordía la lengua (entre otras lindezas se reconocía abiertamente antisemita pese a su ascendencia judía), acabó proscrito por el gobierno de Estados Unidos, que le puso en busca y captura. Tras dar tumbos por medio mundo protagonizando toda clase de sucesos (incluyendo una esperpéntica detención en Japón, donde acusó a la Policía local de torturarle) acabó admitido en Islandia como asilado, y allí moriría en 2008.

Es probable que quienes vean El caso Fischer encuentren más interesante el resumen anterior, y gracias a él se aventuren a indagar en la figura del ajedrecista americano y profundizar en su rivalidad con Spassky, trufada de anécdotas impagables. El motivo es que la película resulta, lisa y llanamente, decepcionante. La culpa la tienen el guión de Stephen Knight (demasiado largo) y la dirección de Edward Zwick, quien acostumbrado a rodar melodramas épicos de escasa entidad como Leyendas de pasión o El ultimo samurai no consigue dar con el tono adecuado para este trabajo, mucho más intimista y complejo. El resultado es un filme aburrido y pesado, que no da de sí todo lo que podría y en el que lo único realmente destacable se encuentra en la interpretación del actor Liev Schreiber, de origen ruso y cuyo parecido con Spassky no se limita al aspecto físico. La réplica como Fischer se la da Tobey Maguire, quien además produce la película y a veces sobreactúa tanto que parece que su papel se lo está tomando a broma, casi como si estuviese “interpretando” de nuevo a Spiderman. Muy flojo.

“¡Que estoy muy loco tío! ¡QUE ESTOY MUY LOCO!”

Total, un filme cuyo interés se encuentra a la par del suscitado en países como España, a donde El caso Fischer llegó más de dos años después del estreno oficial y de manera casi clandestina, pese a la presencia de Tobey Maguire encabezando el reparto. Yo mismo me aburrí tanto que hubo un momento en que decidí parar la película e irme a fregar y a limpiar la arena de los gatos, teniendo que esforzarme acto seguido para poder acabarla. Eso lo dice todo acerca de ella, y es una pena porque los mimbres disponibles sin duda daban para bastante más.

Resultado: un muermo, como el ajedrez para los no aficionados.

Ficha en la IMDB.

Viendo: Argo

Gran triunfadora en los Óscar de 2012, en otro tiempo Argo no habría pasado de ser un correcto telefilme basado en hechos reales. Sin embargo ya no estamos en “otro tiempo”, y en las circunstancias actuales un correcto telefilme puede aspirar a todo, incluso a ganar premios en eventos cinematográficos antaño reservados a películas con mucha más enjundia. Ben Aflleck, catalogado en numerosas ocasiones y con muy mala leche como el peor actor del mundo, dirige y protagoniza una cinta que, como ya hemos comentado, se basa en hechos reales: concretamente en el audaz plan de un agente de la CIA para sacar de Irán a un grupo de personas, retenidas en la embajada de Estados Unidos en Teherán tras la revolución islámica que aupó al poder al ayatolah Jomeini en 1979. Sin otra posibilidad de actuar más que de forma subterfugia, dicho agente tuvo una idea aparentemente descabellada: orquestar la producción de una película falsa y camuflar a los rehenes como parte del staff para traerlos de vuelta a casa sanos y salvos. Lo mejor de la película transcurre al principio, por cómo se cuenta la puesta en marcha del tinglado sin eludir puyas hacia los absurdos de Hollywood, un mundo de farándula y oropel que no es más que una tapadera para que un grupo de caraduras pueda vivir de puta madre sin dar un palo al agua.

Más allá, Argo no pasa de ser simplemente correcta, con Affleck dirigiendo e interpretando de manera bastante aséptica y sin alardes. Lo peor se concentra en la escena final del rescate, la del aeropuerto, retorcida innecesariamente en busca de dramatismo y concluida de forma bochornosa, con un tropel de coches de policía y vehículos militares persiguiendo a un Boeing 747 en pleno despegue hasta colocarse en paralelo a él, con los soldados haciendo señas al piloto para que se detenga y todo. Un avión como ese despega a unos 260 km/h, y el chorro de sus motores a plena potencia es capaz de hacer que un camión salga despedido del suelo como papel de fumar. Hay que esforzarse mucho para no soltar una carcajada viendo tal disparate de escena, pero en el país de los ciegos el tuerto es el rey. Premio para Ben Affleck.

Viendo: Sleepers

Cuatro jóvenes de un barrio marginal de Nueva York se divierten robando el carro de un vendedor callejero. Pero el carro se escapa de su control, cayendo por una boca de metro e hiriendo gravemente a un hombre. Por ello, son enviados a un reformatorio, y allí varios guardias los someten a toda clase de abusos y torturas. 15 años después, dos de ellos han seguido en el barrio y se han convertido en delincuentes de poca monta. Una noche, entran en un bar y se encuentran con el líder de los guardias, a quien matan a sangre fría. Los otros dos amigos, uno periodista y el otro abogado, deciden unir sus fuerzas para que sus amigos puedan salir libres de la condena por asesinato.

Ambiciosa adaptación del libro homónimo de Lorenzo Carcaterra, con el que inauguró su trayectoria de escritor narrando hechos presuntamente autobiográficos: aunque no existan evidencias claras, él jura y perjura que todo lo que cuenta es verdad, pero las autoridades de Nueva York sostienen que de eso nada. Sleepers es un dramón absolutamente tremebundo, que juega su mejor baza presentando un reparto de campanillas. Dustin Hoffman y Robert De Niro, compartiendo cartel por vez primera en sus ya dilatadas carreras (aunque no escenas) arropan a un Jason Patric que esperaba alcanzar por fin el estrellato tras años bregando en toda clase de producciones. No lo consiguió, y en buena parte la culpa la tiene el director y guionista Barry Levinson, quien por mucho Oscar del que presuma (por Rain Man) nunca ha dejado de ser un mediocre, y aquí no logra aprovechar el enorme potencial de la cinta para rematarla como se merece, dejándola en un producto tan solo interesante. Esto se nota especialmente en la segunda mitad, mal narrada, carente de tensión y con actores como Brad Pitt que parece que más que nada pasan por allí. Salvan la papeleta Vittorio Gassman, que impone con su sola presencia, un gran Kevin Bacon haciendo de malo cabrón, y la partitura de John Williams, algo anodina pero que le acabó reportando su enésima nominación al Oscar.

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