Aplausos o abucheos: The Damned United

El cine y el fútbol nunca se han llevado especialmente bien, y la inmensa mayoría de las películas con el llamado “deporte rey” como epicentro son bastante malas. Pero hay excepciones para todo, y The Damned United está entre las mejores películas de su género que jamás se hayan filmado. Eso si no es la mejor.

Muchos consideran a Brian Clough como uno de los más grandes entrenadores de fútbol de todos los tiempos. Su leyenda se gestó en la década de 1970 cuando, formando tándem con su ayudante y amigo Peter Taylor, un hombre con el que se compenetraba a las mil maravillas, condujo al modesto Derby County desde la cola de la Segunda División hasta la conquista de su primer título liguero en 1972 y a una semifinal de la Copa de Europa, en la que fueron eliminados con gran polémica por la Juventus de Turín. Pero las llaves del Olimpo se las ganó entrenando al Nottingham Forest, un pequeño equipo de provincias que militaba también en Segunda, donde recaló tras una breve y desastrosa etapa de 44 días al frente del Leeds United, el mejor equipo inglés de la época. Allí conquistó una Liga y dos Copas de Europa consecutivas, algo que ningún entrenador de su país ha vuelto a lograr jamás.

Elegidos para el triunfo.

Basada en una novela / biografía escrita en 2006 por David Peace, la trama de The Damned United se centra en aquellos 44 nefastos días en los que Brian Clough dirigió al Leeds. Llegó (sin Pete Taylor, que había elegido entrenar por su cuenta) como sorprendente sustituto de Don Revie, quien había permanecido trece años en el cargo y renunció para convertirse en el nuevo seleccionador inglés. Clough profesaba un odio visceral contra Revie y llegó a Leeds con la intención de superar sus éxitos y hacerle caer en el olvido, pero su deslenguado carácter, un ego estratosférico y la animadversión de sus propios jugadores acabaron provocando su despido fulminante luego de que el equipo cosechase el peor arranque de temporada en veinte años.

Brian Clough, solo ante el peligro.

De la película no puede decirse otra cosa salvo que es estupenda. Apoyada en una estructura de flashbacks para poner en situación al espectador y explicar así los porqués de los acontecimientos que se sucederán años más tarde, atrapa desde el primer minuto y resulta entretenida incluso si no se es aficionado al fútbol. El secreto puede que esté en la forma de ser del propio Clough, interpretado por Michael Sheen de forma más que correcta y con el que resulta fácil congeniar pese ser retratado de un modo no muy condescendiente. Ya no es que Clough se comporte la mayor parte del tiempo como un elefante en una cacharrería, sino que utiliza su fachada de “tipo duro” para esconder una profunda inseguridad en sí mismo y en su habilidad como entrenador, puesta en duda por todo el mundo cuando su ayudante de siempre no está disponible para aconsejarle.

Resultado: aplauso. Y muy fuerte.

Ficha de la película en la IMDB.

Live fast, die Leong

Hollywood se divide en dos mitades: la que ha matado a Al Leong y la que no.

(Cinecutre.com).

Nacido en 1952, Albert Leong es uno de esos tipos que reconoces de inmediato cuando asoma por la pantalla, aunque no recuerdes su nombre. Especialista y experto en artes marciales, secundario habitual en películas de acción y series de TV desde los años ochenta, acabar muerto en todas y cada una de ellas (o casi) al poco de aparecer en escena ha hecho de él un hombre famoso. En Internet es toda una celebridad e incluso puedes comprar camisetas con su efigie, para ir por la calle más chulo que un ocho:

Ya que estamos, esta camiseta os la podéis agenciar aquí.

El vídeo que viene a continuación recopila algunas de sus mejores muertes, incluyendo la ya mítica de El último gran héroe (Last Action Hero). Todo un clásico de la autoparodia y, de largo, mi favorita. Elegid la vuestra.

Oyendo: Backdraft (Hans Zimmer)

Banda sonora de uno de los primeros blockbusters de los noventa, hoy olvidado pero todavía capaz de hacer entretenida cualquier tarde. En la onda de lo que solía despachar Zimmer por aquellos tiempos, la música no carece del componente épico necesario para acompañar la acción, pero más allá de eso no tiene nada especialmente destacable si exceptuamos la aparición de Bruce Hornsby, que participa del sarao con esta simpática tonadilla:

Viendo: Un hombre lobo americano en Londres

Ayer mismo hablaba de Aullidos como de una de las mejores películas de terror de los 80, pero en opinión de muchos An American Werewolf in London (curiosamente estrenada también en 1981, aunque más tarde) pasa por ser la mejor, y puede que tengan razón. La mezcla humor – terror del guión funciona como un reloj suizo y el inmenso talento del maquillador Rick Baker brindó escenas que han pasado merecidamente a la historia del cine. Obra maestra.

Viendo: Death Proof

El Proyecto Grindhouse fracasó en taquilla y pocos habríamos imaginado que dos películas tan flojas darían como para entretener a una pandilla de colgados medio borrachos con una serie de dialogo inacabables. Quentin Tarantino no ha vuelto a ser el mismo desde que acabó a la gresca con Roger Avary, pero el que tuvo retuvo. Al menos esta es un poco mejor que Malditos bastardos o Django desencadenado, aunque solo sea por el hecho de que no dura tres horas.

Viendo: Machete

Que no, que no estamos ante una de las últimas películas de un Steven Seagal orondo y abotargado (dicho sea, son las que más molan… por malas) sino ante Machete. Muy bizarra, sí. Muy loca, tambien. Muy estúpida, sin duda. Pero también muy divertida… si antes de verla tomas la precaución de medicarte adecuadamente. Por ejemplo con algo como esto:

En resumen: gordo aikidoka con coleta + bigotón cubierto con tatuajes de talego + Robert De Niro dispuesto a actuar en la comunión de tu sobrina si le pagas lo que pide + violencia absurda + Jessica Alba + colegas + alcohol = diversión asegurada.

Viendo: Aullidos

The Howling (1981). Una de las mejores películas de terror de los años ochenta, cuyo éxito tuvo un reverso tenebroso en la forma de innumerables secuelas a cada cual más ponzoñosa (la segunda ya tiene tela, así que imagínense las demás).

Joe Dante (dirección) y Rick Baker (maquillaje) en estado de gracia sacando petróleo de un presupuesto bajísimo que fue amortizado con creces, Dee Wallace en un papel diametralmente opuesto al que un año después la haría mundialmente famosa con E.T. y una pizca de crítica político – social (la protagonista trabaja presentando un noticiero basura en un canal de TV) para una cinta más que entretenida. A modo de postre para los cinéfagos españoles, este fue uno de los últimos trabajos de Rafael Navarro, actor de doblaje conocido por ser la voz española de Charton Heston en Ben-Hur.

¡Hola mundo!

(Ya que este es el título que WordPress asigna por defecto al primer post de un blog recién nacido, y puesto que todo el mundo lo borra o lo modifica, al menos que esta vez sirva para algo ¿no?)

Mi historia es de lo más vulgar: desde que tengo uso de razón he sido aficionado al cine. Empecé con un equipo de proyección Super-8 adquirido por mi padre durante un viaje por Alemania a primeros de la década de 1970. Proyector, pantalla formato ancho con trípode y tomavistas. Un verdadero precursor del home cinema que admitía, además de las típicas películas caseras filmadas en rollos de cinco o diez minutos, cintas comerciales que, grabadas en bobinas enormes y guardadas en cajas aún más enormes, podían alquilarse en determinadas tiendas de fotografía que funcionaban de un modo parecido al de los videoclubes, siguiente peldaño en la digievolución de la cinematografía casera. En general se trataba de series B, cuando no directamente Z (Supersonic Man, Aeropuerto 80, imitaciones de Star Wars filmadas con lo que cuesta un bocadillo de chóped y provenientes de Dios sabe dónde…) que dieron paso y luego se alternaron con mis primeras visitas a cines “de verdad”. Estrenos, reestrenos y el típico programa doble. Con veinte años o así, mientras casi todos mis conocidos y amigos se gastaban el dinero en discotecas, yo me pulía hasta el último céntimo acudiendo al cine al menos una vez por semana, aunque ello implicase tener que quedarse en casa un sábado por la noche. Veía cualquier película interesante emitida por TV, acudía al videoclub de manera casi compulsiva y leía todo libro sobre cine que cayese en mis manos mientras me preparaba para estudiar Periodismo.

Gracias a su pasión por el cine, más de un tarado pudo hacer realidad sus sueños de filmar el caos, la muerte y la destrucción.

Mi destino estaba casi cantado. Por diferentes razones nunca llegué a cursar la carrera y opté por otro destino profesional, pero la llegada de Internet me permitió matar el gusanillo que aún tenía dentro y empecé a colaborar en diversas páginas web con disertaciones sobre eso que llaman séptimo arte, siempre como aficionado y más que nada por divertirme, aunque también con la ilusión de que me leyese cuanta más gente mejor (quienes se llenan la boca diciendo publicar textos que escriben “para mí” pecan de falsa modestia, de imbecilidad o de ambas cosas a la vez). A principios de 2000 y gracias a un compañero de trabajo, entré a formar parte de Sala1.com, medio fallecido tres años después pero que disfrutó un periodo de éxito merced a un grupo de estupendos colaboradores y a un webmaster inteligente, buen conocedor de los entresijos de la Red y muy hábil a la hora de publicitar su invento. Tras un periodo de descanso volví a las andadas colaborando en Computer Age hasta 2010, web que aún sigue activa aunque apenas se actualiza. Luego, otro descanso. Y ahora esto.

Porque la vida funciona por rachas, por altibajos, pero hay pasiones que nunca se extinguen. Y dado que me gusta escribir y que todo el mundo me lea más allá de las redes sociales, aunque haya habido momentos en que me apetezca menos que en otros, puesto que nunca he dejado de ver cine y de pensar en el cine aunque sea como simple aficionado, creo que es el momento de empezar de nuevo. Esta vez con un proyecto propio, sencillo, adaptado a los usos actuales de Internet y a lo que es actualmente el cine. Un cine que mayormente se disfruta en la intimidad de las casas, a la carta y no pocas veces en soledad. Lejos de esos centros comerciales de mini salas con maxi precios que han equiparado el consumo de películas con el de hamburguesas. Cine de verdad, cine “nuestro”. Cine “mío”, el cine mío de cada día.

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