Viendo: 1997, rescate en Nueva York

Poco cabe decir a estas alturas del que está considerado como uno de los grandes clásicos de la ciencia ficción. Ya de pequeño me parecía fascinante y creía estar ante una superproducción hollywoodiense con todas las letras, pero nada más lejos de la verdad: el presupuesto fue de tan solo seis millones de dólares, aún así el mayor con el que John Carpenter había trabajado nunca. La culpa de que el filme llegue a parecer lo que no es la tienen el fantástico diseño de producción y los muy conseguidos efectos especiales. A la cabeza del primero estuvo el legendario Joe Alves, quien junto a su responsable de localizaciones impulsó la idea de rodar en San Luis, aprovechando las consecuencias de un devastador incendio ocurrido años atrás que había arrasado manzanas enteras. En cuanto a los segundos, es conocida la presencia entre los técnicos de un tal James Cameron dibujando y fotografiando mattes (cristal pintado para recrear fondos), aunque también cabe destacar a quienes tuvieron la genial idea de usar sencillos trucos de luz para simular gráficos de ordenador, ahorrándole a John Carpenter un buen pico y muchos quebraderos de cabeza.

Más menciones esoeciales: Como guionista influenciado por las historias postapocalipticas que tan de moda estuvieron durante los primeros años ochenta a raíz del éxito de Mad Max, pocos esperaban gran cosa de Nick Castle, un amigo del director al que había conocido en la escuela de cine. Pero tuvo el honor de crear (junto al propio Carpenter, eso sí) a uno de los antihéroes por excelencia del cine contemporáneo: “Snake” Plissken, elevado al rango de icono cultural casi ide inmediato y cuya influencia se ha hecho patente en toda clase de productos, desde libros a videojuegos. Kurt Russell, buscando quitarse de encima el sambenito de estrella infantil que le había caído trabajando con Disney, dio en la diana aceptando el papel que los productores querían darle a actores con más caché como Charles Bronson o Tommy Lee Jones, algo a lo que Jhon Carpenter se opuso con vehemencia. El gran Lee Van Cleef va tras él en los créditos del reparto, lleno de caras familiares en las primeras obras de Carpenter (que también son las mejores) como Donald Pleasence, Tom Atkins o la que entonces era su mujer, Adrienne Barbeau. Como la cosa iba de enchufar parientas, Russel aprovechó para hacer lo propio con la suya, Season Hubley, y colocarla bien arriba en los créditos pese a que tiene un papel minúsculo. No importó: la película quedó muy bien y su éxito, con más de veinticinco millones recaudados solo durante el primer año, abrió a Carpenter las puertas grandes de Hollywood.

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