Viendo: Boogie Nights

La película con la que Paul Thomas Anderson irrumpió como una estrella en el panorama cinematográfico de finales del siglo XX. Boogie Nights deslumbró a los críticos, cuyos laudos sin vaselina crearon una atracción desmedida hacia esta historia basada en la biografía del actor porno John Holmes y en la industria del cine “para adultos”, que hacia finales de los setenta alcanzaría su momento de mayor esplendor y, si me permiten decirlo, glamour. Aquel castillo de naipes se vino abajo tras la llegada de dos epidemias durante los primeros compases de la siguiente década: el vídeo y el virus del SIDA, culpable también de la muerte del propio Holmes en 1988.

Veintisiete años tenía el amigo Paul Thomas cuando estrenó esta Boogie Nights, cuyo éxito cristalizó en una recaudación superior al triple del presupuesto final y en tres nominaciones al Oscar. Las dos primeras fueron para los secundarios principales: Julianne Moore y un resucitado Burt Reynolds, quien no obstante acabó renegando de la película, harto hasta la nausea de aguantar a un director-niñato que se creía el rey del mambo ya antes de que los críticos le desgastasen el nabo a mamadas (sí, el chiste es horrendo aparte de facilón, pero no me he podido aguantar). La otra nominación fue para el guión escrito por… Paul Thomas Anderson; algo sorprendente teniendo en cuenta que ese guión da pie a un filme irregular cuya duración, superior a las dos horas y media, es a todas luces exagerada. Especialmente en el último tramo, alargado de un modo demencial sin que ello aporte nada relevante a la historia, que bien podría haberse cerrado al menos media hora antes.

Con todo, es justo reconocer que Boogie Nights atesora fragmentos de gran cine, como el plano-secuencia inicial. Ahí y en los siguientes tres cuartos de hora se concentra lo mejor de una obra que, pese a los defectos antes indicados y el protagonismo de un armario con patas metido a actor llamado Mark Wahlberg, al menos se deja ver para que cada cual saque sus propias conclusiones.

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