Viendo: Cadena perpetua

Clásico de los años 90 del pasado siglo que sirvió para revitalizar un género olvidado durante décadas: el drama carcelario, que en otro tiempo había brindado al cine joyas como Brubaker, Fuga de Alcatraz o La gran evasión. Sin embargo, al principio no le fue nada bien en taquilla pese a la aclamación de la crítica, y solo tras ser nominada a siete premios Óscar logró captar la atención de los espectadores. Pese a ello, queda muy lejos de los ejemplos antes citados porque en realidad es una gilipollez como un piano de cola. ¿Cómo coño es posible que un preso encerrado en una cárcel de alta seguridad pase más de diez años cavando un agujero del tamaño de un túnel del Metro y nadie (absolutamente nadie) se de ni puta cuenta? ¿Y más cuando utiliza un póster para tapar el agujero?

Pues eso, una auténtica chorrada que destruye por completo la credibilidad del filme, basado en un mediocre relato corto del inefable Stephen King, y que sin embargo no impide que Cadena perpetua acabe medio funcionando porque la fuga, utilizada a modo de giro sorpresa, ocupa únicamente el tramo final de la película, que dura dos horas y media. El resto se centra en desarrollar la difícil vida entre rejas del protagonista, y resulta mucho más llevadero y verosímil gracias a la excelente dirección de Frank Darabont (en su debut para la gran pantalla) y a las magníficas interpretaciones de los actores. Empezando por los indiscutibles cabezas de cartel, Tim Robbins y Morgan Freeman, pero sin olvidar a los secundarios entre quienes destaca James Whitmore dando vida al entrañable Brooks Hatlen. Darabont le brindó el papel de su vida tras más de cuarenta años rompiéndose los cuernos en toda clase de producciones cinematográficas y televisivas.

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