Viendo: Cita a ciegas

Debut en el cine de Bruce Willis, al que la televisión se le había quedado manifiestamente pequeña tras triunfar en Luz de luna y haberle comido la tostada bien comida a su compañera Cybill Shepherd, teórica estrella de la serie.

Tras aceptar que también pudiese modificar a su gusto el guión inicialmente escrito por Dale Launer (Por favor, maten a mi mujer), los productores le entregaron la batuta de director a Blake Edwards, uno de los reyes de la comedia americana cuyos mejores tiempos en la profesión habían quedado atrás hacía mucho, pero que todavía mantenía un prestigio y había demostrado poco tiempo atrás con Víctor o Victoria que el que tuvo aún retenía. Esta vez la cosa no salió ni mucho menos tan redonda, pero desde luego resultó mucho más aceptable que las insufribles secuelas de La Pantera Rosa en las que Edwards se venía embarcando con demasiada frecuencia. A ello contribuyó sin duda la ausencia de Sean Penn y Madonna, quienes para fortuna de todos renunciaron a protagonizar la cinta en beneficio del citado Bruce Willis y de Kim Basinger, que aceptó contra el criterio de su representante, empeñado que la Basinger cultivase su imagen de sex symbol pese al fracaso de películas tan estúpidas como Nueve semanas y media. El representante de marras estaba convencido de que Cita a ciegas arruinaría la carrera de su clienta por siempre jamás.

No fue así. La idea de juntar al típico yuppie ochentero con una mujer que se desmadra a la mínima que prueba una gota de alcohol y a la que conoce en la cita a ciegas que da título al filme, resultó en un disparate presidido lo que yo llamo «humor gorreril», la sal gorda de toda la vida, pero con algunos gags francamente divertidos en los que cabe destacar la contribución de John Larroquette, otro actor famoso gracias a una teleserie (Juzgado de guardia). Quienes no conozcan este largometraje y se presten a verlo cometerán un error si esperan chistes a la altura de los Monty Python; pero es que ése tampoco era el estilo de Blake Edwards, siempre más cómodo en el terreno del slapstick propio del cine mudo que él admiraba.

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