Viendo: El corazón del ángel

Película de Alan Parker, quien al final de los setenta había iniciado una más que exitosa carrera como director con obras como El expreso de medianoche. Mediada la década siguiente aún se mantenía como uno de los realizadores británicos más prestigiosos aunque no se comiese un torrao: tanto The Wall (con Pink Floyd) como Bridy, que en 1984 descubrió a unos jovencísimos Matthew Modine y Nicholas Cage, habían fracasado pese a las aclamaciones casi unánimes de la crítica. Tres años más tarde, Parker planeó hoyar nuevamente la cima del éxito con ayuda de una calenturienta novela titulada El corazón del Ángel, publicada en 1978 y en la que un decadente detective privado recibe el encargo de localizar a una persona desaparecida hace años. El trabajo, solicitado por un enigmático personaje llamado Louis Cyphre y en apariencia de poca monta, sumergirá al protagonista en una inquietante espiral de muerte y depravación que le pondrá contra las cuerdas tanto física como mentalmente.

En resumen, una clásica historia de cine negro teñida de sexo y referencias religiosas nada veladas. Más bien facilonas, hasta el punto de resultar insultantes (Louis Cyphre, ¡Louis Cyphre! ¿Es que nadie lo ha pillado aún, joder?) y más efectista que efectiva. Muy en la onda de Alan Parker, un cineasta al que se le nota, y mucho, su procedencia del mundo publicitario y del que resulta, por ello, un filme estéticamente influenciado por todos los males engendrados durante los años ochenta en lo que, para abreviar, se vino a llamar despectivamente “estilo videoclip”. Si a eso le unimos una trama previsible (¡Louis Cyphre!) y algo aburrida, más interesada en provocar al espectador que en atraparlo con una buena historia, no sorprende nada que El corazón del ángel deje un poso ciertamente agridulce. Su mayor interés reside en contemplar a Mickey Rourke en la cumbre de su popularidad, siempre haciendo gala de ese aspecto desaliñado y guarro que tantas admiradoras le proporcionó (?) antes de que su personaje le devorase. Luego está Robert De Niro interpretando a Louis Cyphre (¡Louis Cyprhe!) en plan “toma el dinero y corre”. Poco más, descontando la buena fotografía y las pintas de zorrón de Lisa Bonet.

Aún así, El corazón del ángel nunca me pareció tan mala como para darse la hostia que se dio, con el agravante de que esta vez la crítica tampoco se hizo pajas con ella. Si algo la tumbó, por encima de sus propios defectos o los devaneos de su director, la responsabilidad recae directamente en la nauseabunda agencia de censura estadounidense, la MPAA, que le  endosó una X y de esta forma limitó su exhibición comercial a un puñado de salas, algo de lo que Alan Parker se lamentaba a la menor oportunidad en cada entrevista que concedía. Pero si alguien resultó particularmente damnificada esa fue la ya citada Lisa Bonet, actriz por aquel entonces muy famosa gracias a su papel en La hora de Bill Cosby: su participación en una película mostrando las tetas y follando sin el menor recato, todo sin haber cumplido aún ni veinte años, le costó el despido fulminante de la serie tras una agria polémica con el propio Cosby, que la llamó de todo menos bonita. Su carrera quedó hecha añicos por toda la eternidad, teniendo que limitarse a ser “esposa de” (primero con Lenny Kravitz y más tarde junto a Jason Momoa) y a ejercer de incubadora para churumbeles, cuatro en total. Me gustaría saber qué piensa hoy la Bonet de su antiguo jefe, ahora que se ha revelado como un auténtico mierda. Un conservador de manual, de los de consejos vendo y para mí no tengo.

Aquí Lisa Bonet, insinuando su capacidad para amamantar una eventual prole.

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