Viendo: Un día de furia

En 2018 se cumplen 30 años del estreno de esta película, perteneciente a una categoría que yo denomino “Princesa prometida”. Como en el caso de la cinta que da nombre al invento, Un día de furia constituyó un fracaso, pero actualmente es objeto de idolatría por parte de numerosos fans que en general llevan lustros sin verla o que ni siquiera la han visto, así directamente. Todo por obra y gracia de un detalle concreto, que en el caso de La princesa prometida era esa puta frase que me niego a reproducir, y en el caso del filme que nos ocupa es un personaje, D-FENS, interpretado por Michael Douglas. Y ello sin menoscabo de que el resultado en conjunto sea más bien flojo, que lo es en ambos casos.

Sin embargo, el de Un día de furia duele más, ya que la idea de partida es muy buena y el arranque de la película es extraordinario. D-FENS podría ser cualquiera de nosotros: alguien que un buen día se despierta de un sueño y se da cuenta de que toda su vida ha sido una marioneta, utilizada a conveniencia de intereses espurios y luego desechada sin más. Un esclavo, en resumen, que se harta de serlo y agarra lo primero que tiene a mano (en este caso un bate de béisbol) dispuesto a desahogarse por pura necesidad. Desgraciadamente esto es una peli de Hollywood, y en el Hollywood contemporáneo no hay lugar para la reflexión moral ni, desde luego, para poner en entredicho al sistema. D-FENS tiene que estar como una cabra y recibir su merecido, en un tercer acto cuyo final es de los más bochornosos y nauseabundos que recuerdo haber visto nunca. Lástima.

Esta canción de Def Con Dos resume la película con mucho más acierto y mala leche. Y sin necesidad de tener que verla.

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