Viendo: El jovencito Frankenstein

Pese a llevar muchos años (tal vez demasiados) en horas bajas, el actor, director, productor y guionista Mel Brooks disfrutó de un periodo en los años sesenta y setenta durante el cual consiguió hacerse muy famoso gracias a un puñado de películas cómicas de gran éxito popular. Y El jovencito Frankenstein es la más conocida de esas películas. Tras finalizar Sillas de montar calientes, una parodia del western clásico que tuvo muy buena acogida, Brooks tomó en cuenta la idea de su amigo Gene Wilder (participante en aquella película y por entonces en la cúspide de su carrera) acerca de filmar una nueva parodia, esta vez basada en el Frankenstein que había protagonizado Boris Karloff en 1931.

Ambos se sentaron a escribir un alocado guión del que saldría una de las comedias más emblemáticas de la historia del cine aunque solo sea por la presencia de Marty Feldman, al que esta película convertiría en leyenda. Por fortuna, El jovencito Frankenstein no se queda ahí pese a resultar algo ingenua vista en la actualidad, si bien muchos gags aún se mantienen plenamente vigentes sobre todo gracias a Feldman, que es el verdadero motor de la película por la combinación de su imposible careto con una irresistible vis cómica. Del éxito de la apuesta habla una recaudación total de 86 millones de dólares contra un presupuesto de sólo 2,8, llegando a inspirar una de las canciones más famosas de Aerosmith y convirtiéndose, por añadidura, en el mejor homenaje imaginable a uno de los grandes clásicos del cine de terror. Mel Brooks llegó incluso a utilizar parte de los decorados y el atrezzo del Frankenstein de Karloff que todavía se conservaban.

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