Viendo: Excalibur

Con ustedes la mejor versión cinematográfica de la leyenda artúrica, amén de la cinta más famosa del director británico John Boorman pese a tener en su filmografía películas aún mejores que esta como Deliverance, incluida en la afamada Librería del Congreso estadounidense. Boorman llevaba persiguiendo el sueño de rodar esta historia desde 1969 pero no pudo cumplirlo hasta que, diez años más tarde, logró el respaldo de un productor americano para hacerlo realidad. Aun rodando en Irlanda con equipo y actores de teatro ingleses, utilizar música prestada de autores como Richard Wagner o Carl Orff, y reciclar algunos diseños destinados a un proyecto basado en El Señor de los Anillos que nunca cristalizó, Boorman se gastó once millones de dólares, una suma importante para la época y el tipo de película, que ayuda a hacerse una idea sobre la ambición del proyecto.

Aunque a estas alturas quizás haya envejecido un poco, el resultado está a la altura de lo que cabe esperar y Excalibur es hoy un pequeño clásico que en su momento, aparte de amasar una taquilla bastante aceptable, hizo famosos a sus protagonistas, quienes por añadidura llevan a cabo un trabajo magnífico (actores de teatro ingleses, recuerden) en el que destacan Nicol Williamson y Helen Mirren como Merlin y Morgana respectivamente. Ambos se odiaban a matar tras haber trabajado juntos en una obra teatral años antes, y el cabrón de Boorman los contrató adrede para que su tensa relación se trasladase a la pantalla. Acertó de pleno, por supuesto. Williamson, que no se cortaba a la hora de admitir públicamente que bebía como un cosaco y fumaba como una chimenea (amén de hacer y decir muchas veces lo que le salía de las narices), hizo el papel de su vida. En cuanto a la Mirren, igualmente espléndida, sacó un plus de su participación en el filme enrollándose con un neófito Liam Neeson, que por aquel entonces aún compaginaba sus intentos por hacer carrera de actor con trabajos como el de pintor.

La crítica acusó a Excalibur de ser «históricamente anacrónica». Tenían razón: sale el capitán Picard, sin ir más lejos.

En resumen, una estupenda película que no obstante peca en su tercer acto, cuando los caballeros de la Mesa Redonda se ponen a buscar el Santo Grial: el que debiera ser el tramo más tenso y emocionante se hace, por el contrario, largo y tedioso. Un verdadero problema que sin embargo no desmerece el resultado conjunto, aunque le haga bajar de nota un par de enteros.

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