Viendo: Hindenburg

En pleno auge del cine de catástrofes habría sido muy raro que nadie se lanzase a producir este largometraje. El desastre del Hindenburg no fue ni mucho menos el más mortífero en la historia de la aviación comercial. De hecho, de las 97 personas que iban a bordo sobrevivieron 61, un milagro dadas las circunstancias: imaginen por un momento un globo del tamaño del Titanic cargado con doscientos mil metros cúbicos de hidrógeno, un gas que arde con solo mirarlo de reojo. El “problema” (digámoslo así) es que el día del siniestro rondaba por allí un grupo de periodistas y camarógrafos que tomó buena cuenta del hecho narrándolo en directo y filmándolo para la posteridad, convirtiendo el desastre en la primera “catástrofe mediática” (llamémosla así también) y sellando ya puestos el destino de los enormes zepelines.

Por lo demás, Hindenburg responde a todos los cánones de estas películas: cogemos a un grupo de personas, las soltamos en un espacio “x” preferentemente cerrado, dejamos que interactúen entre sí y en un momento dado ¡zas!, catástrofe al canto y veamos quien salva el pellejo y quién no. Para redondear la faena ponemos sobre la mesa un cheque bien surtido de ceros para pagar las facturas, contratamos un grupo de actores famosos a la caza de papeles de esos llamados “alimenticios” por su excelente remuneración, y como guinda para esta vez le entregamos los bártulos de dirigir a un realizador de prestigio, aunque esté en horas bajas. ¿Éxito asegurado? Pues no, miren por dónde. En su día los críticos se cebaron con la película, viniendo a decir que su principal defecto era que la catástrofe sobrevenía demasiado tarde y que por ello era muy aburrida, porque hasta entonces no ocurría nada interesante. Porque lo interesante en estos tinglados es la catástrofe de marras y sus consecuencias para el reparto, las cosas como son. Y no les faltaba razón.

El caso es que Hindenburg tampoco está mal. Al menos a mí no me lo parece, aunque admito que mi opinión pueda estar influenciada por el hecho de que me gusta mucho la historia de los zepelines y veo puntos de interés allí donde un espectador corriente seguramente no verá nada de nada. Basandose en una olvidada (y olvidable) novela previa, los guionistas hicieron cuanto pudieron para hilvanar una historia lo más atractiva posible. En cuanto al resto, destacan las facetas técnicas, tal como cabe esperar en una peli de catástrofes bien regada de dólares. Los decorados recrean el interior del dirigible en todo su esplendor, pero los efectos especiales alcanzan un nivel de magnificencia asombroso, sobre todo pensando que aquí no hay ordenadores que valgan porque hablamos de un filme estrenado hace más de cuarenta años, en 1975. Los trucajes apenas se notan y el dirigible parece flotar de verdad en el cielo, en lo que constituye una pequeña hazaña con su punto culminante durante la escena final, la de la catástrofe, muy bien rodada en blanco y negro mezclando filmación de estudio con metraje real del accidente y una impresionante mezcla de sonido. Mención especial para la banda sonora de David Shire, presidida por una mayestática y emocionante obertura compuesta para los créditos iniciales.

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