Viendo: House, una casa alucinante

A principios de los ochenta, la teleserie El gran héroe americano convirtió al actor William Katt en un rostro popular. Más que nada en Europa, puesto que la serie, bastante floja en general, sólo aguanto dos temporadas de emisión en Estados Unidos. En países como España, con dos canales de televisión (además estatales) en funcionamiento, el éxito de productos como este evidenciaba las carencias audiovisuales de un público obligado a elegir «si o si», pero ésa es otra historia. Sea como fuere, la popularidad cosechada por la serie impulsó la carrera de su protagonista, adscrito hasta entonces a roles secundarios de escasa importancia, y le permitió aumentar su presencia en largometrajes entre los que House destaca con luz propia por ser el mejor de todos y el más conocido de William Katt en el cine… Lo que tampoco le deja en muy buen lugar, dado que no es que estemos ante una obra maestra. El hecho de que el actor no haya logrado superar este hito y haya terminado protagonizando caspa de Asylum, lo dice todo.

Por lo demás, el subtítulo una casa alucinante puesto por los distribuidores españoles viene hoy de maravilla para distinguir este producto respecto a la famosa serie de TV protagonizada por Hugh Laurie, y ayuda a clarificar bastante por dónde van los tiros argumentales de un invento que mezcla terror y comedia, siguiendo la estela marcada por el éxito de Los cazafantasmas menos de dos años antes. House funciono mucho mejor en el videocub que en los cines, lo que auspicio una rápida sucesión de secuelas a cada cual más espeluznante (por mala, se entiende). Dirige Steve Miner, personaje vinculado desde sus inicios al terror de serie B, que como suele ocurrir en estos casos ha terminado desarrollando la mayor parte de su carrera en la tele.

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