Viendo: Indiana Jones y el templo maldito

En los ochenta se impuso la moda de hacer secuelas de películas de éxito y por ello no es de extrañar que En busca del arca perdida tuviese la suya. Si acaso, sorprende que tardase tres años en llegar y que no fuese secuela sino precuela, pues la narración transcurre un año antes de la primera película, lo que no es óbice para que se haga evidente una evolución de la saga en la que Indiana Jones, convertido ya en icono cultural, se apropia la cabecera del título.

Steven Spielberg había dejado atrás su delicada situación anterior para convertirse en Dios (así, literalmente) y se nota que tiene mayor control sobre la película por la inclusión de algunos “tics” recurrentes en su filmografía como niños repelentes, una protagonista femenina insoportable y totalmente secundaria, o referencias a la unidad familiar y a la necesidad del padre que Spielberg nunca tuvo. Indiana Jones y el templo maldito fue recibida con los brazos abiertos por el público pero no así por la crítica, que en muchos casos se despachó a gusto con ella acusándola de ser demasiado macabra y oscura. El personaje de Short Round / Tapón le sobraba a casi todo el mundo (y es cierto: prueben a “eliminarlo” mentalmente y verán cómo la película hasta gana algún entero) y la evolución del protagonista chirriaba a no pocos, con ese look sucio y macarra que le aproximaba al de Rambos y demás héroes de acción que tan de moda estaban entonces. En conjunto, Indiana Jones y el templo maldito resulta inferior a su antecesora, pero no por ello deja de ser una extraordinaria peli de aventuras marcada por escenas inolvidables como la inicial (sin duda el mejor arranque de toda la saga), la cena en el palacio del majarajá o la persecución de vagonetas por la mina de diamantes, otra obra maestra de Industrial Light & Magic.

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