Viendo: La chaqueta metálica

También conocida como La chupa de chapa, en madrileño castizo. Penúltimo trabajo de Stanley Kubrick llegado tras una pausa de siete años, los transcurridos desde el estreno de El resplandor. Durante ese tiempo el cineasta neoyorkino había adquirido una mansión en la que vivía prácticamente recluido, acentuando su fama de huraño, y por ello el anuncio de que volvería a ponerse tras las cámaras sorprendió a no pocos. Para su regreso escogió una novela autobiográfica de Gustav Hasford con la que los productores de la película esperaban marcar un hito en la historia del cine bélico. No contaban, sin embargo, con el carácter de Kubrick. O sí, pero hasta ellos mismos se sorprendieron al verle capaz de subir un poco más su particular listón de “genialidades”. En su biografía de Kubrick, el crítico australiano John Baxter escribió que si los productores hubiesen sabido de antemano lo que iba a ocurrir, casi seguro se habrían negado a financiar el rodaje, que Kubrick aprovechó para hacer repetidos ejercicios de nepotismo contratando a familiares como su hija y su suegro. Fiel a su manía de no querer salir jamás de territorio británico, malgastó tiempo y recursos para convertir Inglaterra en Vietnam, llegando a importar palmeras naturales desde las Islas Canarias porque las de atrezzo, según su criterio, no le valían. A esto, los críticos palmeros (nunca mejor dicho) lo llaman “meticulosidad”.

Sumemos las acostumbradas discusiones con los miembros del equipo (hartos de Kubrick muchos abandonaron en pleno rodaje) y un sin fin de esas tontunas que aplicadas a este director suelen definirse como “cosas de un genio” pero que aplicadas al resto suelen definirse como lo que en realidad son: ganas de tocar innecesariamente las pelotas. Por joder, o directamente porque sí. Como era de esperar, La chaqueta metálica acabó rebasando su presupuesto hasta costar 17 millones de dólares, lo que no era una suma baladí tratándose de una película como esta. Para rematarlo entonces llegó el estreno de Platoon y lo que iba a ser un filme capaz de medirse con clásicos como Apocalypse Now se transformó, a ojos del público, en un producto lanzado apresuradamente a rebufo del filme dirigido por Oliver Stone, que había vuelto a poner de moda el cine sobre la Guerra de Vietnam. A resultas de ello, el desempeño en taquilla de Full Metal Jacket (su título original) resultó más bien discreto, quedando como un filme “menor” en el conjunto de la obra de Kubrick pese a ser uno de sus trabajos más conocidos a día de hoy, cuando no el que más.

Y ello se debe a un personaje en particular: el del sargento instructor Hartman interpretado por el recientemente fallecido R. Lee Ermey, cuya historia es bien conocida a estas alturas. Tras dejar los Marines, a los que se había unido para eludir la cárcel (el juez le dio a elegir entre cumplir condena o alistarse) Ermey empezó a trabajar en el cine por casualidad mientras regentaba un puticlub en las Filipinas. Trabajaba como el clásico asesor militar, y esa iba a ser su labor en La chaqueta metálica hasta que Kubrick le observó en las audiciones largando por esa boquita que Dios le dio. También gracias a un vídeo fue contratado su “antítesis” en el reparto, Vincent D´Onofrio, que se grabó en una cinta casera vestido de militroncho y engordó más de 30 kilos para afrontar el rodaje una vez le escogieron. El resto, como suele decirse, es historia. La de una película que fue recibida con críticas tibias y ha ido ganando adeptos con los años pese a la irregular factura de sus dos mitades, ambas perfectamente delimitadas. Aunque a la gente suele gustarle más la primera por aquello de Hartman y sus improperios (amén de por el sufrimiento del pobre recluta Patoso), yo me quedo antes con la segunda, menos repetitiva y más contundente en su mensaje antibelicista aunque se quede lejos, muy lejos, de las películas a las que pretendía igualar o, con algo de suerte, incluso superar.

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