Viendo: Los caraduras

Burt Reynolds dio el pelotazo de su vida gracias a esta comedia en la que un par de camioneros aceptan llevar un cargamento ilegal de cerveza a cambio de ochenta mil dólares y un coche deportivo, que utilizarán como señuelo para distraer a la policía en caso de necesidad. Hal Needham, conocido en Hollywood por su faceta de especialista, debutó como director tras pasarse años zascandileando por los estudios con esta historia de su puño y letra, que nadie quería financiar por considerarla ridícula. Hasta que Reynolds, por entonces taquillero e inmensamente famoso, la leyó y decidió implicarse oliendo, con muy buen olfato, que sería un éxito.

Porque lo fue, hasta el punto de convertirse en la segunda película más taquillera de 1977 en Estados Unidos, superada únicamente por La guerra de las galaxias. Hacerla costó sólo cuatro millones de dólares (que en realidad fueron tres: el otro millón fue para Reynolds en concepto de sueldo), y recaudó más de trescientos en todo el mundo, la mitad en su país de origen y especialmente en el sur, donde funcionó de maravilla. Algo que se explica por el tono sureño y palurdo que destila el filme, y perdón por la redundancia.

Más allá de ahí la película es una puñetera mierda y así la juzgó el público en los primeros pases, que tuvieron lugar en la costa Este y fueron un completo fracaso. Por contra, el público más redneck debió sentirse identificado en la ambientación descaradamente rural (que rebajaba significativamente el montante de las facturas de rodaje), los diálogos para besugos, las situaciones absurdas en las que la autoridad policial se retrata como inepta e incompetente, o el gran Jackie Gleason poniéndose en ridículo de forma vergonzosa en una comedia cuya característica más destacable es su poca o ninguna gracia, que es lo peor que le puede pasar a una comedia. Tampoco es menos cierto que la película se estrenó en el momento propicio: la crisis del petroleo y la derrota en Vietnam habían hundido la economía y la moral de los norteamericanos (en especial de los más pobres, los del sur), y estaban muy necesitados de cualquier cosa que les permitiese evadirse de la difícil realidad cotidiana aunque fuese durante los escasos 96 minutos que, afortunadamente, dura esta astracanada.

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