Viendo: Los gritos del silencio

Dramatización basada en la historia real del periodista Sydney Schanberg (1934 – 2016), un estirado corresponsal de guerra del New York Times que en 1973 aterrizó en Camboya para cubrir el conflicto entre la dictadura militar que controlaba el país y la guerrilla maoista de los Jemeres Rojos, concluido con la victoria de estos últimos dos años después y que devino en uno de los genocidios más salvajes de que se tienen noticia. En todo ese tiempo Schanberg estuvo acompañado por su traductor y guía local, Dith Pran, a quien le resultó imposible escapar de Camboya tras el fin de la guerra y padeció en sus carnes la vesania criminal de un gobierno para el que el simple hecho de hablar idiomas o hasta llevar gafas podía ser motivo para ejecutar a alguien acusándolo de “burgués”. Confinado en los que más tarde serían conocidos como “campos de la muerte” (los killing fields a los que alude el título original de la película, sustituido en España por el ridículamente pomposo Los gritos del silencio), en 1979 Pran lograría por fin llegar a Tailandia tras una épica huida siendo acogido por Schanberg en Estados Unidos, donde acabaría trabajando como fotógrafo en el mismo periódico que su amigo.

Leyendo el párrafo anterior queda claro que el verdadero protagonismo de Los gritos del silencio no le corresponde a Sydney Schanberg sino a Dith Pran, sobre quien pivota el eje narrativo de la película que haría famoso a su director (el londinense Roland Joffé, especialista en historias de gran carga emocional como esta) pero por encima de todos a su “protagonista”. Entrecomillamos porque en realidad Haing S. Ngor figura en los créditos como actor de reparto y como tal se llevó los múltiples galardones que premiaron su interpretación; entre ellos el Óscar, lo que le convirtió en el segundo actor no profesional en recibir la estatuilla en cuarenta años. Igual que el personaje al que da vida, Ngor fue confinado y torturado por los Jemeres Rojos y logró salir de Camboya para refugiarse en Estados Unidos. Su trabajo es lo mejor de un filme por lo demás excelente y visualmente muy crudo, con algunas escenas directamente escalofriantes, aunque quizás los tramos más destacables sean el del dramático reasentamiento forzoso de los habitantes de Nom Pen, con la participación de hasta 3000 extras, y en especial toda la parte que transcurre en la embajada francesa, logrando transmitir de manera muy efectiva la angustia de Dith Pran mientras espera su evacuación junto a los extranjeros refugiados allí temporalmente. La película, filmada en Tailandia con dinero británico y hoy bastante olvidada, suscitó el recelo de las autoridades locales, temerosas de la reacción de los jemeres rojos que aún pululaban por la frontera camboyana. También de los productores, a quienes el director tuvo que convencer sobre la idoneidad de un reparto sin estrellas y sobre la capacidad del novato Mike Oldfield para hacerse cargo de la banda sonora. Por suerte Joffé no se equivocó.