Viendo: Los últimos jedi

Para que se hagan una idea del interés que tenía en ver esta película, nada más les diré que la tuve guardada siete meses antes de animarme con ella. Porque a decir verdad no esperaba nada después de tragarme El despertar de la Fuerza y salir escaldado. Nada bueno, se entiende.

Lo que no esperaba es que Los últimos jedi sería aún peor, algo todavía más nauseabundo, que ya es decir. Una burda copia de El imperio contraataca (de igual modo que El despertar de la Fuerza lo era de La guerra de las Galaxias), pero ahondando en los defectos arrastrados por su antecesora hasta el punto de que, por momentos, parece que hasta se vanagloria de ellos. Resulta muy complicado describir con palabras el cúmulo de despropósitos e insultos a la inteligencia que es Los últimos jedi, un largometraje escrito y dirigido por un subnormal para individuos a su mismo nivel. Los mismos que se toman en serio unas películas que estuvieron inicialmente destinadas a un público infantil y juvenil. Obviamente no me refiero a niños sino a esa piara de gordinflones, freakies e individuos malfollados en general que hacen gala de una mentalidad infantil, exhibiéndola con orgullo además. Esa gente que cree que Star Wars y sus diversas entregas representan un pináculo en la historia del cine entendido como arte. A la altura de Centauros del desierto o La Reina de África, por citar solo dos ejemplos.

Descripción gráfica de la oligofrenia.

En resumen, una puta mierda infecta y purulenta que por si fuera poco dura ¡dos horas y media!, más que cualquier filme anterior de la saga, y todo para no contar absolutamente nada. Ciento cincuenta minutos que parecen mil, trufados desde su inicio con diálogos sonrojantes que nos hicieron soltar más de una carcajada. Mark Hamill provoca aún más risas interpretando a un Yoda de regional preferente, y mientras tanto yo me sigo preguntando de dónde coño surgió la puñetera Primera Orden y cómo obtuvo los medios necesarios para poner a la República de rodillas, luego de que ésta derrotase al todopoderoso Imperio Galáctico. Tras dos películas con casi seis horas de duración total, lo que dice mucho acerca de la habilidad de los guionistas.

El equipo de guionistas de Disney, trabajando a destajo en las nuevas entregas de Star Wars.

Con todo, lo peor es la basura progre que lo impregna todo, entre cliché y cliché. Ya no es el feminismo del tres al cuarto, como si el mero hecho de incluir mujeres en roles importantes convirtiese una película en «feminista». Es que no falta ni la introducción a un rollo amoroso interracial, que presuponemos se desarrollará durante la próxima entrega. Pero ojo: entre un negro y una china. Nada con blancos, no sea que los palurdos del cinturón bíblico estadounidense u otros jumentos con deterioro cognitivo severo (una legión en el mundo actual) decidan boicotear la franquicia. Todo muy a la altura de Disney, una empresa esencialmente repugnante. Y por extensión del Hollywood más rancio, hipócrita y miserable.

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