Viendo: El precio del poder

¿Qué puede decirse a estas alturas de El precio del poder que no se haya dicho ya? Sin duda poco. Estamos ante una de esas películas que apetece revisar de cuando en cuando, aunque sea para matar el rato y pese a sus defectos, propios del momento en que se rodó y que la han hecho envejecer acusadamente por excesiva, descerebrada y hasta kisch. Aún con eso, continúa siendo muy entretenida y tiene fases (y frases) memorables, surgidas del talento de un Oliver Stone que convirtió a Tony Montana en una especie de alter ego: a principios de los ochenta, el entonces guionista compartía la desmedida afición por la cocaína del mafioso cubano, con el que Al Pacino compondría, fiel a su estilo pasado de rosca, uno de sus personajes más recordados. Pese a lo que muchos creen, la película no fue bien recibida ni por la crítica (que ¡ya entonces! la tachó de “excesiva”) ni por el público, que no acudió precisamente en masa a los cines para verla y le brindó una taquilla de unos 65 millones de dólares a nivel mundial, muy discreta en relación a su elevado coste y pretensiones. Con los años iría ganando crédito y popularidad, llegando su extravagante protagonista a convertirse en icono hasta el punto de que el dictador iraquí Saddam Hussein bautizaría como Montana Management a una sociedad tapadera creada para lavar dinero de sus negocios. Hay que reconocer que el tío era un cachondo, después de todo.

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