Viendo: Sexo, mentiras y cintas de vídeo

Debut en el largometraje de Steven Soderbergh, que fue para él como llegar y besar el santo. Hasta entonces no había sido otra cosa que un mindundi que no tenía ni para un billete de autobús, lo que le obligaba a ir y volver caminando de las proyecciones del filme en Sundance. Pese a todo, el realizador natural de Atlanta, un agonías de libro, creía que las alabanzas y premios que estaba recibiendo gracias a la película le imposibilitarían llevar una vida normal y acabarían anticipadamente con su carrera. Su cara al recoger la Palma de Oro que le tocó en la rifa de Cannes ´89 resume con claridad todo lo que le pasaba por la cabeza en ese momento (excepto, por supuesto, renunciar al galardón. Que una cosa es quejarse del peso de la fama y otra muy distinta ser gilipollas). Un rictus digno de alguien que es como esa gente que amenaza con tirarse desde una azotea sólo por llamar la atención, porque es demasiado boba (o cobarde) para enfrentarse a sus demonios de otro modo. Soderbergh lleva lustros amenazando con abandonar para siempre el cine y no lo ha hecho. ¿Entienden a qué me refiero? Pues eso.

“No os metáis conmigo, joder. Mi vida es una puta mierda”.

Por lo demás, el éxito de Sexo, mentiras y cintas de vídeo sorprende cuando se ve la película. Para mal, claro. No porque sea mala en el sentido estricto del término, sino porque resulta evidente que no merece el bombo que en su momento le dieron. La crítica estuvo a partir un piñón con ella, y con su impulso acabaría elevada a a la categoría de icono. En eso tuvo mucho que ver la ambiciosa campaña promocional orquestada por Bob y Harvey Weinstein para vender la película, dando a entender que era una cosa transgresora y guarrilla cuando en realidad se trataba de un producto muy conservador, que tiene de transgresor y guarro lo mismo que una peli de Mickey Mouse. Sea como fuere los Weinstein se la colaron a todo el mundo y se hicieron de oro porque la película, que había costado lo que un McMenú, recaudó cincuenta millones en los cines. Una barbaridad.

¿Y de qué va? Pues de un tipo (Peter Gallagher) que mantiene una relación ilícita con la calenturienta hermana de su mujer, una mojigata más estrecha que un folio puesto de canto a la que da vida (es un decir) la empalagosa Andie MacDowell. Un día aparece por allí James Spader, antiguo compañero de estudios de él y hombre sin aparente oficio ni beneficio que se dedica a hacer entrevistas picantes a chicas random y grabarlas en vídeo para excitarse, porque a causa de un trauma es incapaz de mantener una relación normal. Como es de suponer, la entrada en escena de tal individuo precipitará una serie de acontecimientos que cambiaran dramáticamente la vida de los protagonistas.

Clásica historia sobre gente pija aburrida de que el dinero le salga por las orejas, en la que lo más destacable es su gestación (muy bien narrada en esa maravilla de Peter Biskind titulada Sexo, mentiras y Hollywod) antes que la película propiamente dicha, a la que no le faltan clichés tan insultantes como el de la mujer que, tras su fachada de Ned Flanders, esconde en su interior una ninfómana reprimida. Típico coñazo indie que se resume en un insípido grupo de personas largando diálogos aparentemente llenos de significado, pero en realidad tan insustanciales y superficiales como ellas mismas. Un fiel reflejo de Soderbergh y de su trayectoria en el cine, qué caray.

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