Viendo: The French Connection

La obra maestra del director William Friedkin y su mejor película, incluso por encima de El exorcista. Con ella ganó un Oscar, su prestigio subió como la espuma y cosechó un taquillazo: habiendo costado 1,8 millones de dólares, The French Connection recaudó 25 sólo durante la primera fase de exhibición en Estados Unidos. Friedkin, que provenía de una familia modesta, cobró un buen pellizco de los beneficios y estaba que no cabía en sí de gozo. Empleó su primer cheque, de 463.000 dólares, en cosas como tomar clases de tenis en la escuela más pija de Beverly Hills. “Soy millonario”, decía orgulloso a la menor oportunidad.

The French Connection fue consecuencia directa del éxito de Bullitt tres años antes. El productor de aquel largometraje, Phil D´Antoni, decidió, con buen criterio, seguir por el mismo camino y para su nuevo proyecto se fijó en una novela del escritor Robert Moore, basada a su vez en hechos reales, que había funcionado muy bien porque en aquel momento los delitos relacionados con el tráfico de drogas eran una novedad para el gran público. A D´Antoni le gustaba el trabajo de Friedkin y le contrató de inmediato, pese a que todo el mundo le consideraba un director de segunda porque hasta entonces sólo había cosechado fracasos en la gran pantalla.

Con el aval de Bullit bajo el brazo y con un director ya en el saco, el productor creía tenerlo todo hecho, pero nada más lejos: ningún estudio quería financiar la película. Sólo al final, el entonces jefazo de la Fox Richard Zannuck, les dijo señalando un cajón: “Ahí tengo dos millones de dólares que me sobran. Si sois capaces de hacer una película con eso, acepto”. El proceso de filmación se prolongó cinco semanas, durante las cuales Friedkin estuvo tenso y de mal humor. El escueto presupuesto le obligaba a cosas como hacer muchas tomas sin permiso, lo que le ponía en un brete frente a las autoridades. A instancias de D´Antoni, Friedkin accedió a incluir una original escena de persecución entre un coche y un tren del Metro, complicando todavía más un rodaje obligadamente apresurado.

Pero ni que decir tiene que las complicaciones salieron a cuenta. The French Connection revolucionó el género policíaco como antes había hecho Bullitt, solo que esta vez la revolución iba mucho más allá de una “simple”persecución de coches. Siempre influenciado por el cine europeo y en esta ocasión también por Howard Hawks, con cuya hija estaba saliendo, Friedkin le dio a la película un tono oscuro y descarnado, al que contribuye que fuese rodada en pleno invierno neoyorkino siguiendo un estilo realista, en ocasiones casi documental, y animando a que los actores improvisasen sus diálogos. Así fue como sentó las bases para el soberbio trabajo de Gene Hackman dando vida al cínico “Popeye” Doyle, un policía nada ajustado a clichés que, bajo el influjo del sórdido ambiente que le rodea, vive en una nebulosa legal y moral. Pocos desean como él atrapar a los narcotraficantes que pretenden introducir en la ciudad un cargamento de droga traído de Francia (la “conexión francesa” a la que alude el título del filme); pero para ello no vacila en transgredir cualquier límite, llegando a matar por la espalda a un delincuente desarmado.

No es lo único a destacar de un largometraje absolutamente redondo, que además cuenta con presencia española en el reparto: nada menos que de Fernando Rey, a quien Friedkin conocía merced a sus apariciones en Viridiana y Tristana de Luis Buñuel. El director le contrató personalmente para que encarnase al taimado jefe de los narcotraficantes en un clásico injustamente olvidado en la actualidad, salvo entre los aficionados al cine (cada vez menos) que reconocen su valor. El que corresponde a unas películas que ya prácticamente no se hacen, porque la industria se ha plegado a las nulas exigencias de un público adoctrinado y mentalmente incompetente, que por desgracia hoy es legión.

“Dejaos de monsergas y ponednos Fast & Furious 8”.

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