Viendo: The Last Man on the Moon

Ahora que se conmemoran cincuenta años desde que un ser humano pisó la Luna por vez primera, quizá sea el momento idóneo para recordar también al último en hacerlo. Eso es lo que hace este bonito documental sobre la vida de Eugene Cernan (1934 – 2017), que de niño soñaba con ser granjero como su abuelo pero que, por esos giros del destino, acabó pilotando aviones para la U.S Navy  y finalmente oyendo los cantos de sirena de la NASA. Al inicio de los años sesenta, inmersa en plena carrera contra la URSS, la agencia espacial (y por ende el Gobierno de los Estados Unidos) prometía fortuna y gloria a quien estuviese dispuesto a sacrificarlo todo para ser astronauta. Incluso la propia vida si era necesario. Este largometraje, que recorre la vida de Cernan de forma bastante convencional, es un relato de superación típicamente yanki y no prescinde del tono heroico que suele impregnar cualquier relato sobre la conquista espacial. Sin embargo, tampoco elude mostrarnos la otra cara del asunto. Y ahí es donde reside su mayor interés.

Porque se trata de una cara con más vertientes oscuras de las que podríamos imaginar. Cernan jamás se arrepintió de ser astronauta, algo perfectamente lógico y comprensible: no en vano hizo algo que sólo han hecho otras once personas además de él. Pero ya anciano, y por mucho que aquello hubiese valido la pena, le costaba reprimir las lágrimas recordando a sus compañeros muertos en la tragedia del Apolo 1, hombres que también eran amigos y tenían familias como la suya. Y sobre todo no podía evitar cierta sensación de amargura por una vida que muchos envidiarían pero en realidad estaba muy lejos de ser envidiable, llena de sacrificios que destruyeron su primer matrimonio y le alejaron por completo de su hija, a la que apenas veía.

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