Viendo: The Martian

Como Naufrago (Cast Away, 2000) pero simplificada, que ya es decir. Así podríamos definir The Martian, la última película de Ridley Scott, en la que Matt Damon interpreta a un astronauta al que sus compañeros dejan «tirado» durante una misión tripulada a Marte tras creerle muerto. Aislado en un entorno hostil a toda forma de vida y sin posibilidad de ser rescatado a corto plazo, el astronauta tendrá que ingeniárselas para salir adelante como buenamente pueda.

The Martian sigue la tónica habitual en el cine de masas contemporáneo, parecido a una enorme caja vacía envuelta en suntuoso papel de regalo. Hay pasta a manta y se nota particularmente en el aspecto visual, que es una maravilla, aunque cabe preguntarse qué mérito tiene eso hoy día cuando puedes recrear cualquier situación con el mayor realismo sin necesidad de romperte los cuernos como antaño (teniendo dinero, se entiende).

Al menos la película está entretenida, eso sí, pero no merece más de un visionado porque no anima para nada a ello, resultando completamente olvidable al finalizar los créditos. Es demasiado fría, aparte de hueca. En ocasiones parece un documental de cómo está narrada, pero uno malo; no transmite emociones porque los personajes (comenzando por el protagonista) están poco menos que bosquejados y son superhombres sin tacha que se comportan como robots, puros bloques de hielo que convierten una trama ya de por sí bastante previsible en algo todavía más previsible. La película queda así reducida a un apabullante despliegue de medios con el que pasmarse ante la pantalla la primera vez que se ve. Una vez visto, carpetazo y a otra cosa. Y Ridley Scott a lo suyo, a seguir enfangando una trayectoria llena de suntuosas cajas vacías.

«Cuando veáis la película os daréis cuenta de que la verdadera protagonista soy YO».

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