Viendo: Todos los hombres del presidente

«Peliculización» de las investigaciones llevadas a cabo por los reporteros del Washington Post Carl Bernstein y Robert Woodward, que en 1974 convertirían a Richard Nixon en el único presidente en la historia de Estados Unidos que ha dimitido del cargo. Gozando de una consideración casi heroica, habiendo elevado el ya alto prestigio de su periódico hasta un nivel legendario, y siendo responsables de convertir el periodismo en la profesión que todo el mundo quería ejercer, Bernstein y Woodward se apresuraron a publicar un libro cuyo éxito llevó casi de inmediato a la compra de los derechos por parte de Robert Redford, quien produjo una película bendecida por un fenomenal reparto en el que no solo destacan sus protagonistas (Dustin Hoffman y el propio Redford), sino también secundarios con el empaque de Jason Robards o Hal Holbrook, todos ellos bajo la batuta de un profesional contrastado: Alan Pakula.

Empezando así, y dado el oportuno estreno en un momento en que el caso Watergate aún estaba en boca de todos, el resultado no podía saldarse de otra forma que con un gran triunfo, pero sin embargo Todos los hombres del presidente ha envejecido mal, en buena parte por estar demasiado vinculada a ese oportunismo mencionado anteriormente. El guión, firmado por el casi siempre espléndido William Goldman pero en el que otros también meterían las zarpas de vez en cuando (Woodward, Bernstein, Redford y hasta Pakula), resulta demasiado espeso y parece escrito con la idea de que todo aquel que iba a ver la película conocería el caso al dedillo, algo que quizá podría ser así en 1976 pero no hoy. Para colmo, el metraje (dos horas y media) es excesivo a todas luces para contarnos una trama que se resume en que Nixon básicamente dimitió por mentir, en lugar de por cometer un delito como espiar ilegalmente a sus rivales políticos, y para eludir cualquier responsabilidad si llegaban a juzgarle (su vicepresidente y sucesor, Gerald Ford, le indultó casi de inmediato).

Eso sí: la película está muy conseguida desde el punto de vista formal, bien rodada y con unas interpretaciones al nivel de lo que cabría esperar de semejante plantel de actores, que además atravesaban el mejor momento de sus carreras. Pero desgraciadamente eso no basta para hacerla entretenida. Lo mejor que brinda tras haber finalizado es la posibilidad de reflexionar sobre hasta qué punto se ha deteriorado el periodismo (y los periodistas) en el transcurso de unas pocas décadas, algo completamente descorazonador. A fin de cuentas, una sociedad sin un periodismo de calidad es una sociedad de mierda. Tanto como lo son aquellos a quienes se les llena la boca autodenominándose periodistas sin serlo, que hoy son legión por mucho que exhiban licenciatura y carnet del gremio.

Algo ha ganado el periodismo desde el Watergate: ahora admite que los retrasados mentales también puedan ejercer la profesión.

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