Viendo: Un puente lejano

El pasado mes de agosto murió Richard Attenborough, seguramente el director británico que más impronta ha dejado en el cine tras David Lean y Alfred Hitchcock. El deceso sirvió para constatar una vez más el nivel de esa «generación mejor formada», que en su mayoría recordaba a Attenborough por su participación meramente alimenticia en Jurassic Park, obviando el resto de una prolífica carrera que incluye obras del calibre de La gran evasión, Gandhi, Grita libertad o la que nos ocupa. Estableciendo un símil que hasta el más tonto pueda comprender, es como si se recordase a Alfredo Di Stefano por haber jugado en un par de ocasiones con la selección colombiana de fútbol; o como si Stallone hubiese pasado a la historia por dos nominaciones al Oscar. Que las tiene.

Basándose en el libro A Bridge Too Far publicado en 1974 por el escritor Cornelius Ryan, el productor Joseph Levine puso en pie una película mastodóntica en la que, de forma totalmente independiente (al margen del cualquier gran estudio) y tirando de chequera, contrató a una constelación de estrellas poniendo un sin fin de medios al servicio de Richard Attenborough, que se hizo cargo de la dirección a cambio de que Levine apoyase su ansiado biopic de Gandhi. El productor acabó gastándose veintisiete millones de dólares, una cifra colosal en 1976 reunida en parte con la venta de derechos de distribución, para lo que Levine iba de un lado a otro enseñando el material que Attenborough le entregaba periódicamente.

Fue así como logró que United Artist distribuyese la cinta, recibida de forma desigual por la crítica y el público pese a que con los años ha quedado como una de las grandes películas bélicas de la historia gracias a un guión muy bien adaptado, el apabullante desfile de estrellas y la presencia de escenas memorables entre las que el lanzamiento en paracaídas de las tropas aliadas quizás se lleve la palma. Jamás se había hecho nada igual, y recuerden que estamos en 1976, así que de ordenadores nanai: Joseph Levine tuvo que partirse los cuernos buscando todo avión DC3 o Dakota capaz de volar (incluyendo dos de su propiedad) y disponer 19 cámaras para un rodaje que implicó a cientos de extras y hubo de planificarse milimetricamente porque tenía que salir bien a la primera. No había una segunda oportunidad. A modo de curiosidad final, el encargado de la música John Addison combatió con el XXX Cuerpo de Ejército durante la operación Market Garden.

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