Miniserie documental de cuatro episodios producida por Netflix sobre la tragedia del transbordador espacial Challenger, que estalló en mil pedazos a finales de enero de 1986 llevándose por delante la vida de sus siete tripulantes y el prestigio de una organización, la NASA, que ya entonces llevaba tiempo viviendo de glorias pasadas aunque todo el mundo (comenzando por sus administradores) la considerase virtualmente infalible. Llevando el timón de algo tan susceptible a fallos y peligroso como es un programa espacial con vuelos tripulados, la agencia había alcanzado logros históricos y había puesto hombres en la Luna sin perder una sola vida en el transcurso de una misión, Por añadidura, cuando más cerca estuvieron del desastre (tras la explosión del Apollo 13 a 330.000 kilómetros de la Tierra), habían demostrado estar hechos de una pasta única, salvando a tres astronautas de una muerte segura. Era tal la sensación de confianza que el gobierno estadounidense autorizó la inclusión de una profesora, una persona común y corriente, entre los tripulantes del Challenger, como maniobra publicitaria y paso previo a la apertura de los vuelos espaciales a personal civil no cualificado.

Aquel sueño se hizo añicos con una explosión que también sacudió, y de qué forma, los cimientos del orgullo estadounidense, con una onda expansiva que se siente hasta hoy. Y eso que, desgraciadamente, aquel no sería el único accidente fatal del programa americano de transbordadores. Pero las circunstancias particulares en que tuvo lugar sí lo fueron, y marcarían para siempre a todos cuantos se vieron afectados por él, sin importar que fuesen familiares de los tripulantes, trabajadores de la NASA o incluso responsables políticos.

En torno a todo ello gira el documental que nos ocupa, que admito me daba grima ver por tratarse, en primer lugar, de un producto Netflix con todos los males que se le presuponen como tal, dada la querencia que parece tener esta gente por estirar el hilo narrativo de sus productos más allá de lo razonable. ¿Tiene sentido emplear más de tres horas de película para contar una historia que he visto resumida en otros documentales (y además muy bien) en 45 minutos?

Pues a priori no. Y más cuando todo se reduce, en lo esencial, a una cuestión puramente económica, como casi siempre. Al finalizar los años setenta la NASA había vendido el transbordador (un proyecto carísimo concebido exclusivamente con fines militares a petición de estos) como una especie de “camión espacial” que podría realizar numerosas misiones al año y resultar así rentable. La realidad demostró todo lo contrario, y ante la presión del Congreso y la opinión pública la agencia espacial se encontró en una situación desesperada a principios de 1986. Se había comprometido a aumentar el número y frecuencia de los vuelos con el fin de hacerlos más baratos, y para cumplir los plazos previstos decidió lanzar el Challenger incluso desoyendo las advertencias del fabricante de los cohetes propulsores externos (o boosters) sobre el riesgo de efectuar un lanzamiento con tiempo atmosférico extremadamente frío, aunque la dirección de la empresa acabó dando el visto bueno porque se jugaba un dineral en contratos si se oponía al criterio de la NASA. Las bajas temperaturas dañaron los sellos de goma de uno de los cohetes, que al encenderse no estalló en la plataforma de lanzamiento por puro milagro. Sólo un minuto después acabaría provocando un desastre letal, con millones de personas del mundo entero viéndolo todo por televisión.

Casi todo esto se cuenta en el documental que nos ocupa, en el que como productor ejecutivo figura ese terrorista que responde al nombre de J.J. Abrams. Otro punto en su contra, aunque no sea causa definitiva para decir “pues paso de verlo”. Tampoco es para tanto, pero se centra demasiado en eso que viene a llamarse “drama humano” y que yo llamo “sensacionalismo” a secas porque muchas veces lo es, sin ambages, por mucho que se disfrace. Aunque los tripulantes de la desventurada nave y sus familias merecen ser recordados y hasta es posible que la maestra Christa McAuliffe merezca un capítulo entero para ella sola como el que aquí se le brinda, al final los hechos verdaderamente importantes que señalan responsabilidades en el accidente (en realidad un homicidio involuntario con todas las letras) no se tratan con la exhaustividad requerida, lo que deja una sensación bastante agria.

Es cierto que Challenger, The Final Flight no elude mencionar algunos detalles en torno a la investigación del suceso que ponen los pelos de punta, como por ejemplo que el asqueroso Ronald Reagan nombrase a un ultraconservador de su cuerda como jefe de la comisión investigadora, al objeto de cubrir a la NASA frente a su responsabilidad. Tuvieron que ser unos periodistas quienes finalmente destapasen la verdad de lo ocurrido mientras la susodicha comisión mareaba la perdiz buscando cabezas de turco. El sainete concluyó con la dimisión o jubilación anticipada de algunos de los prebostes que, tanto desde la NASA como desde la empresa fabricante de los boosters, bendijeron el despegue del Challenger contra el uso de toda lógica, pero ninguno hubo de afrontar responsabilidades penales. Resulta muy clarificador que, mientras por un lado la subcontrata de la NASA soltaba cuatro millones de dólares para indemnizar a las familias de los “nuevos héroes de la nación” y despedía a cientos de empleados, por el otro estaba recibiendo del gobierno 1.800 en nuevos contratos para rediseñar los cohetes. Lo importante es lo importante y con rendir algún que otro homenaje a los muertos, asunto terminao y encima quedamos de puta madre.

Definiendo el postureo con siete muertos de por medio.

El problema es que para los responsables de Challenger, The Final Flight todo eso constituye un argumento secundario, concentrado mayormente en un último episodio que, aparte de no profundizar excesivamente en aquello, tampoco elude un tono triunfalista en plan “los americanos somos la hostia”, presente por lo demás en todo el documental. El detalle del dinero mencionado al final del párrafo anterior ni se cita, por ejemplo. Ellos entienden que lo verdaderamente importante es el “drama humano”, centrándose de este modo en mostrar con todo detalle las ejemplares vidas de aquellos que, en palabras de Reagan, “cortaron sus lazos terrenales para tocar el rostro de Dios”. Es una auténtica desgracia pero así es el mundo actual, donde lo que cuenta es mantener al público con la mente adormilada frente al televisor y enganchada a su teléfono móvil mientras postea idioteces en las redes sociales. Para eso nada como convertirlo todo en un reallity bien cargado de ideas simplistas y sensaciones superfluas, emoción y drama, evitando en lo posible meterse en camisas de once varas. En ese sentido este documental se basta y se sobra.

Resultado: abucheos.

Ficha en la IMDB.

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