Un aspirante a escritor que cuenta los días que restan para casarse con su novia, vegana y algo neurótica, acepta un trabajo temporal como vigilante de un ignoto hotel aragonés cerrado por temporada. De este modo espera no ya conseguir algún dinero con el que ir tirando dentro de su precaria situación, sino también aislarse para dar un impulso a la novela en la que está trabajando. Son los primeros días de marzo de 2020, y poco después el Gobierno español decreta el Estado de Alarma y el confinamiento total del país para frenar la expansión del Covid-19. De este modo, lo que iba a ser un retiro de apenas unos días se convertirá en mucho más, dado lo sorprendente de una situación impuesta por motivos que no todos entienden y que nadie está listo para afrontar.

La breve sinopsis del párrafo anterior aclara cuáles son los dos ejes sobre los que pivota el argumento de esta agradable comedia de enredo, cargada de referencias nada veladas hacia El resplandor ya desde los créditos iniciales y a la situación creada por el coronavirus, tirando adrede de tópicos para denunciar cosas como la inepta actuación de las fuerzas de seguridad durante ese periodo de confinamiento absoluto. El hecho de que se tuviese que rodar a toda velocidad (para aprovechar una relajación en las medidas anticovid) y con medios muy limitados, no le pasa factura evidente al espectador. Se nota que había una buena planificación previa y en virtud de eso la realización técnica es bastante solvente. En cuanto a los actores, ninguno es conocido a excepción del escritor y crítico Juan Manuel de Prada, interpretándose a sí mismo de forma autoparódica y bastante cachonda como tutor literario del atribulado protagonista.

Todos cumplen dignamente su cometido, y bridan algunas secuencias divertidas sin necesidad de caer en la sobreactuación ni la chabacanería tan habituales en la comedia española. Algo muy agradecido tratándose de una película que hace chistes de un tema como el del coronavirus, pero del que los tres guionistas acreditados (entre ellos el propio director, que también produce) salen airosos demostrando habilidad para lograr que el espectador pase un buen rato sin que se sienta incómodo. Pero al mismo tiempo no pueden levantar tramos en los que se aprecia un claro decaimiento de la trama. Por ejemplo en el desarrollo de la historia de amor, que aunque no chirría en medio de la situación generada por culpa de un encierro tan forzado como surrealista, acaba haciéndose un poco larga y pesada. En esos momentos la película transmite la sensación de que no llegaba ni por asomo a la duración mínima exigida (los noventa minutos de rigor), y había que buscar metraje extra hasta debajo de las piedras. Pese a este defecto, vale la pena acercarse a ¡Ni te me acerques!

Resultado: aplausos.

Ficha en la iMDB.

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