La historia de la II Guerra Mundial está salpicada de hechos que por diversos motivos han perdurado en la memoria colectiva. Otros, sin embargo, se han visto tristemente cubiertos por la bruma del olvido. Uno de estos últimos es sin duda el hundimiento del Yamato, el buque acorazado más grande jamás construido; un leviatán destinado a otorgar el poder supremo a la Flota Combinada japonesa por su capacidad para hacer añicos cualquier buque enemigo que se cruzase en su camino. Sin embargo, su historial operativo pasó con más pena que gloria hasta que, en el transcurso de una misión kamikaze al final de la guerra, fue atacado por cientos de aviones estadounidenses que lo masacraron sin piedad hasta enviarlo al fondo del mar junto con la mayoría de sus casi 3.000 tripulantes. El que este suceso ocurriese prácticamente a la par que la toma de Berlín por los Aliados y muy poco antes del ataque nuclear sobre Hiroshima y Nagasaki, convirtió la tragedia del Yamato en un hecho puntual dentro de aquella sangrienta contienda, idénticamente a lo ocurrido con otras tragedias acaecidas al bando perdedor, como los ataques aéreos sobre ciudades alemanas con bombas incendiarias.

Otoko-tachi no Yamato (literalmente Los hombres del Yamato) pretende homenajear de algún modo a los hombres que sirvieron, lucharon y murieron en aquel barco. Lo hace desde la perspectiva de un chico de quince años que se embarca a bordo como marinero cuando la derrota de Japón era sólo una cuestión de tiempo. Algunos han querido ver en esta película una especie de “remake” de Titanic a la japonesa, y aunque no sea precisamente eso tampoco les faltan razones para opinar así: tenemos el barco enorme e “insumergible” que acaba por irse a pique irremediablemente, una historia de amor (tratada de un modo bastante más blando, eso sí) y hasta tenemos el impepinable baladón en los créditos finales, servido con imágenes reales del barco hundido y con una música bastante cursi por cierto. Todo esto (y algunas cosillas más que me dejo) no implica necesariamente que Yamato carezca de personalidad propia.

Hasta la mirada de la chica destila cursilería.

Yamato no es una mala película. Sin embargo, y teniendo en cuenta su a priori holgado presupuesto  (el mayor hasta entonces en la historia del cine nipón), hay cosas que no terminan de encajar. El metraje está estructurado a partir de flashbacks, dentro de los cuales se crean ciertos segmentos para encauzar la trama según el periodo de la guerra en el que transcurre la acción. La idea está ya muy vista, y aunque no es mala, la forma de presentar esos segmentos mediante un formato semi-documental con el apoyo de imágenes reales no acaba de funcionar del todo y queda un poco chusca. La música no está mal, pero es machacona y a veces tan melodramática que resulta digna de un culebrón. Los actores, aunque buenos en general, también se contagian ocasionalmente de ese tinte melodramático que, por excesivo, puede resultar incluso hilarante. Únanle a eso el detalle antes citado de la música y tendremos, por analogía, un torpedo directo a la línea de flotación del filme. Con todo, la palma se la llevan unos efectos digitales indignos de una producción teóricamente de primer nivel, que en ocasiones parecen obra de un aprendiz de 3D Studio MAX. Mejor resueltos están los decorados, aunque tienen poca variedad y falta pulir detalles como los fogonazos de los cañones al disparar, que restan mucha verosimilitud al conjunto: parecen disparos de una pistola de juguete, cuando en realidad el estampido de la batería principal era tan fuerte que podía desintegrar a un hombre en cubierta, literalmente. Todo ello deja al desnudo las carencias de una película demasiado ambiciosa para los medios de que dispone.

Y pese a todo, insistimos que Yamato no es una película mala, aunque le falten demasiadas cosas para llegar a ser el gran filme épico por el que intenta hacerse pasar. Algunas secuencias están muy bien resueltas, y aquellas que retratan las dos mayores batallas en que se vio envuelta la nave (Leyte y Okinawa, que sería la batalla final) están rebosantes de ritmo y acción, aunque siempre chocaremos con las limitaciones de medios que impiden un lucimiento mayor. Desgraciadamente la película no da mucho más de sí, y al igual que el infortunado barco, que estaba destinado a escribir páginas gloriosas para el Japón, se queda en mera curiosidad histórica.

Resultado: Aplausos a fogonazos. Esto es: querer y no poder.

Ficha en la IMDB.

(Este artículo fue publicado inicialmente por Leo Rojo en COMPUTER-AGE.NET y se reedita con el permiso de su webmaster).

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