Biopic sobre el neozelandés Herbert “Burt” Munro (1899-1978), un vendedor y mecánico de motos que también era aficionado a correr. Munro se pasó dos décadas enteras de su vida modificando en profundidad una vieja Indian Scout, que se había comprado a los veinte años de edad, para que pudiese batir marcas de velocidad rozando o superando los 300 km/h (originalmente su velocidad máxima era de 90). Todo lo hizo él, trabajando artesanalmente las piezas necesarias y usando el método de “prueba y error” hasta dar con la solución adecuada a sus pretensiones. Las opiniones sobre tamaña excentricidad oscilaban entre la estupefacción y el choteo, pero en 1962 se presentó con aquella motocicleta-engendro en la Semana de la Velocidad de Bonneville y dejó boquiabiertos a todos con su rendimiento. Cinco años después batió con ella un récord mundial que todavía hoy sigue vigente.

En 1971, el también neozelandés Roger Donaldson ya había filmado un documental sobre Burt Munro para la televisión y siempre quiso llevar su historia al cine, pero entre unas cosas y otras nunca pudo hacerlo. Tuvo que esperar hasta este siglo para cumplir su sueño con ayuda de un grupo de inversores japoneses. Puede decirse que tan larga espera valió la pena porque está historia sobre la Indian más rápida del mundo (ese es su título original) y el viejo chalado que la montaba, es una de las mejores películas de su director y guionista, aunque se tome más de una “licencia dramática” y dejé a un lado aspectos vitales de la biografía de Munro a fin de potenciar el carácter del filme como historia de superación. Que lo fue, pero no tanto como aquí se nos quiere hacer creer; porque Munro era algo más que un simple aficionado a las motos y llevaba acudiendo a Bonneville con regularidad desde finales de los años 50.

Rodada con el estilo habitual en su director, no especialmente brillante pero sí muy eficaz, esta road movie que ocasionalmente entronca con Una historia verdadera se destaca por la presencia de Anthony Hopkins ejerciendo el papel de protagonista con un estilo calcado al de Donaldson, a quien ya conocía tras haber trabajado a sus órdenes en el fracasado remake de Motín a bordo orquestado por Dino de Laurentiis en 1984. Aunque su relación no fue buena, veinte años y un cheque bien cargado de ceros pueden obrar milagros y estos dos tipos se avinieron a coincidir nuevamente en un rodaje que esta vez transcurrió sin problemas, y dio como resultado una película de gran éxito en su país de origen pero no tanto fuera, en parte por culpa de una distribución y publicidad limitadas.

Aunque Hopkins se tomó el trabajo desde un planteamiento básicamente alimenticio (recibió críticas por no esforzarse siquiera en imitar el acento kiwi del personaje real, que él esquivó con una mezcla de elegancia y excusas a cada cual más marciana), su enorme talento bastó y sobró para componer un personaje realmente entrañable, vital y optimista, al que enseguida se le toma cariño y da pie a algunas escenas de gran emotividad, como aquella en la que es escoltado por una banda de moteros yendo de camino al barco que le llevará a Estados Unidos. En resumen, una película maja, sin pretensiones especialmente elevadas, sencilla y agradable de ver.

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