Producción independiente presupuestada en tan solo dos millones de dólares, que tras un periplo por salas meramente testimonial se hizo un nombre como pequeño clásico de videoclub (el hábitat natural para estas cintas “de género”, donde además resultaban fáciles de rentabilizar) luego de que su protagonista, Charlie Sheen, alcanzase la fama con Platoon y Wall Street. Pero el suyo no es el único nombre con pedigree entre los principales del reparto: como archienemigo figura el hijo de John Cassavetes, Nick, quien gozaría de cierto prestigio como director a principios de este siglo. La sobrina de la cantante Suzi Quatro (Sherilyn Fenn, efimeramente reconocida a primeros de los noventa) interpreta a la novia de Sheen. Y luego, en papeles más secundarios, aparecen por ahí el hermano pequeño del director Ron Howard y Randy Quaid, el hermano más conocido de Dennis…

Aquel era entonces el único nombre de peso entre “hijos de” y enchufados varios buscando foguearse a la espera de su gran oportunidad, en una película marcada por la tragedia (un miembro del equipo falleció en accidente durante el rodaje) y cuyo argumento no puede ser más simple. Charlie Sheen es un joven que regresa de entre los muertos buscando vengarse de los pandilleros que lo asesinaron, aficionados a las careras ilegales de coches. En virtud de eso, para vencerlos contará con la ayuda de un vehículo muy singular que también puede considerarse como el verdadero coprotagonista de la cinta, y que es a su vez un guiño a teleseries como El coche fantástico o El halcón callejero, muy populares por entonces: nos referimos al imponente y futurista Dodge M4S Charger Turbo de 1981:

Y si simple es el argumento, no lo es menos su desarrollo, bastante tontorrón en líneas generales y que recuerda al de esas máquinas recreativas de los ochenta donde el protagonista avanzaba fases a base de repartir estopa, superando a sus jefes correspondientes hasta llegar por fin al final boss cuya derrota le permitía liberar a su chica secuestrada. Todo esencialmente igual de elemental, tópico, previsible, chorra y en consecuencia perfectamente olvidable una vez lo has visto. Pero es precisamente gracias a eso por lo que este subproducto de ciencia ficción con tintes sobrenaturales, claramente orientado a un público juvenil nada exigente, tiene cierta gracia, y como apenas dura una hora y media y va al grano desde el primer segundo, sin plantearse complicación alguna, acaba resultando útil para matar el tiempo durante una de esa tardes / noches de fin de semana en las que lo último que apetece es pensar. A destacar la ochenterísima banda sonora, que incluye artistas de la talla de Ian Hunter,  Mötley Crüe, Ozzy Osbourne, Robert Palmer o Bonnie Tyler, entre otros.

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