Esta imagen ilustra a la perfección en qué ha quedado la saga Star Wars tras nueve películas.

Podría empezar esta reseña del mismo modo que empecé esta otra. Porque la tuve meses aparcada en un cajón antes de animarme a verla. Porque después de sufrir la entrega anterior no esperaba nada (nada bueno, por descontado). Y porque afortunadamente ya no tengo doce años y no me hace gracia que me traten como si los tuviese y por añadidura, fuese subnormal del culo.

La verdad es que habría sido imposible hacerlo peor tras la inmudicia de Los últimos Jedi. J.J. Abrahams es un terrorista que debería estar encerrado a perpetuidad en Guantánamo por el bien de la especie humana, pero aunque se hubiese limitado a grabar dos horas de cinta con gruñidos de Chewbacca y proyectándolos luego sobre un fondo negro, esta película ya le habría quedado mejor que sus antecesoras. Lo que no significa que sea buena ojo: este remedo mongoloide del Episodio VI sigue siendo una puta mierda como lo eran los otros dos, pero es menos puta mierda. Y eso no quiere decir que deje de ser… pues eso, una puta mierda. Que no gustase ni a los fans de la saga, en su mayoría una ralea con graves problemas mentales, cognitivos o de adaptación social (o todo junto en tropel), ya lo dice casi todo. Quizá lo más interesante de este ñordo resida en comprobar hasta qué extremo ha calado en el cine la ponzoñosa ideología ultraderechista que rige actualmente nuestra sociedad, siguiendo el ejemplo de otras películas recientes.

No es que los episodios IV, V y VI fuesen precisamente un atrevimiento antisistema. Sirva como ejemplo que cuando el tipo que los ideó conoció a la que un día sería su esposa, tardó tres meses, tres, en preguntarle su nombre. Pero es evidente que en las cuatro décadas transcurridas desde entonces nuestra sociedad ha tomado una deriva extremadamente peligrosa al unir el pensamiento reaccionario a la hipocresía más lacerante. Hoy ser gay o lesbiana es tolerable porque la comunidad LGTBI tiene más poder de consumo que nunca, es un mercado en sí mismo. Pero eso quita para que, a sus espaldas (o no tanto), se siga tratando a sus integrantes de “maricones” o “tortilleras” mientras se les somete a una discriminación rampante. El ascenso de Skywalker lo refleja en su manera pacata de abordar una relación lésbica. Por ejemplo, en la escena final se ve a dos chicas abrazándose como queriendo dar a entender que ahí “hay rollo” pero sin insinuar nada más, no sea que algún colectivo de “ofendiditos” de extrema derecha decida lanzar una campaña para boicotear la película, que por otra parte no deja de ser un producto Disney con todo lo que eso implica.

Walt Disney: “Hitler es un bolchevique”.

Con el nivel de entendimiento que caracteriza actualmente al conjunto de la opinión pública, resulta que El ascenso de Skywalker es “feminista” entre otras cosas porque la protagonista no se enrolla con ningún tío, decide mantenerse célibe y se comporta como una machorra. Cuando se estrenó la película, los quioscos y las redes se llenaron con verdaderos montones de heces en los que el tema se discutía como si fuese pura filosofía griega. Lo mismo cabe aplicar al conato de amor interracial apuntado en la entrega anterior, donde al “negro oficial” de la saga lo liaban con una chica oriental en vez de con una blanca por si acaso. A propósito, aquí ese conato de lío desaparece sin dejar rastro, si bien al mencionado “negro oficial” le montan otro conato de lío… con una tía de su misma raza. Todo dentro del orden establecido por la derecha más conservadora, no vaya a ser que esto se convierta en una Babilonia en la que ya sólo nos falte ver a perros y gatos cohabitando, eh.

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