Biopic sobre la trágica figura de Joseph Merrick, conocido como “El Hombre Elefante” a causa de las horribles deformidades que padecía su cuerpo. Alguien como él tendría pocas posibilidades de llevar una existencia digna en cualquier sociedad; pero menos aún en la despiadada Inglaterra victoriana, donde se vio abocado a convertirse en atracción de feria para ganarse el sustento. Un médico llamado Frederick Treves le conoció por casualidad y aunque aprovechó para hacerse famoso investigando su caso, le sacó de las calles y se convirtió en su amigo, siendo la primera persona que le trataba con afecto y respeto. La amistad entre ambos duraría hasta el fallecimiento de Merrick con tan solo 27 años.

A finales de la década de 1970 el célebre comediante Mel Brooks quiso producir un largometraje dramático y se fijó en esta historia, contratando a David Lynch para que la dirigiese porque a Brooks le había gustado la extraña Cabeza borradora, debut del cineasta británico en la pantalla grande. Al ser un trabajo totalmente hecho por encargo el público se ahorró los devaneos mentales de Lynch, sobradamente conocidos a día de hoy, recibiendo a cambio un producto de calidad sublime en cualquier aspecto que fue correspondido con un gran éxito. Nada en El Hombre Elefante baja de un listón sobresaliente comenzando por la espléndida fotografía en blanco y negro de Fredie Francis, digna de mirar (y de admirar) desde el primer fotograma. La película quedó redonda al beneficiarse del talento de Lynch como director, quien se limitó a dar lo mejor de sí mismo sin entrar en berenjenales.

Mención especial para los dos protagonistas indiscutibles, Anthony Hopkins y sobre todo John Hurt, quien aceptó someterse a un verdadero tormento de maquillaje para transmutarse en Joseph Merrick de modo convincente en lo físico, echando luego el resto con una interpretación de quitarse el sombrero. Era tal la cantidad de horas que debía permanecer añadiéndose y quitándose postizos que rodaba en días alternos para descansar algo. La conmovedora escena final de la cinta, que él acapara en una especie de merecido homenaje tanto a Merrick como a sí mismo, quedaría como una de las más aplaudidas en la historia del cine.

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