Colosal Renée Zellweger. Eso bastaría para describir, y a la vez resumir, cualquier comentario o crítica referente a este biopic de Judy Garland dirigido por el británico Rupert Goold, sobre la base de un edulcorado montaje teatral de Peter Quilter ambientado en el último año de vida de la artista, quien para entonces era ya poco menos que un desecho humano abandonado por casi todos. Hasta por su hija mayor Liza Minnelli, quien con poco más de veinte años ya se había destacado como actriz y cantante y a la que esta película retrata claramente distanciada de su madre, a la que considera un lastre. Huelga decir que a la Minnelli, que arremetió sin ambages contra el filme, aquello no le gustó nada.

El arranque, utilizado para ilustrar toda la situación anteriormente esbozada presentando a una Garland completamente arruinada personal, artística y económicamente, es donde se concentra lo mejor de un largometraje que, en base a una serie de flashbacks, anticipa la situación en que se encontraría la actriz al final de los años sesenta, convertida en el enésimo juguete roto de Hollywood luego de una existencia triste y desgraciada marcada por el consumo de barbitúricos, a los que era adicta desde casi niña y que causarían su muerte poco después por una sobredosis accidental. En los actos segundo y tercero la película se va diluyendo poco a poco, y aun conteniendo secuencias reseñables como las que muestran a la Garland en trance de convertirse en una pionera diva gay o la interpretación final de Over the Rainbow, está lejos de dar lo que a priori promete. Especialmente a tenor de la celebrada interpretación de Zellweger, que por sí sola no basta para que la película resulte memorable, quedándose muy lejos de eso.

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