David Lean fue uno de los directores de cine más grandes que jamás han existido, pero hacia el final de los años 60, el cansancio y los disgustos acumulados tras Lawrence de Arabia y Doctor Zhivago le hacían barajar cada vez más seriamente la posibilidad de retirarse. El muy complicado rodaje de La hija de Ryan, salpicado por todo tipo de vicisitudes, fue la gota que colmó el vaso.

El guionista habitual de Lean por aquel entonces, Robert Bolt, había escrito esta versión muy libre de Madame Bovary ambientada en Irlanda durante la Primera Guerra Mundial con la intención de que la protagonizara su mujer, Sarah Miles, y Lean aceptó el trabajo arropándola con actores de primera categoría como Robert Mitchum y apoyándose él mismo en gente de confianza entre los que destacaba el español Perico Vidal, íntimo amigo del realizador y un personaje con una biografía sencillamente fascinante. Pero todo se torció desde el principio y la película no alcanzaría la excelencia de anteriores obras de Lean, viéndose especialmente lastrada por un metraje a todas luces excesivo. Para colmo, la época del cine épico que el director acostumbraba a facturar había pasado y los espectadores buscaban algo diferente, por lo que no obtuvo el éxito de taquilla esperado y por si fuera poco la crítica se ensañó con ella sin piedad. Lean, harto de casi todo, no volvería a dirigir hasta pasados catorce años.

La hija de Ryan quedó así como una obra “menor” que a pesar de sus defectos sigue siendo totalmente recomendable: incluso el David Lean más pasota y despistado le da sopas con ondas a la mayoría de sus colegas sin apenas despeinarse.

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