Clásico de la ciencia ficción gracias al cual el director y guionista Phillip Kaufman firmó su mejor trabajo, basándose en un largometraje igualmente espléndido rodado por Don Siegel en 1956 y que, a su vez, se había basado en una novela escrita por Jack Finney publicada por entregas a partir de 1954. Por tanto estamos hablando de un remake, pero tan bueno que por momentos llega a eclipsar al filme original y, de hecho, está considerado como uno de los mejores en la historia del cine. Sin embargo, en el momento de su estreno no acabó de funcionar como se esperaba. Kaufmann lo achacó en parte a la coincidencia del mismo con los sucesos de Jonestown, que conmocionaron Estados Unidos y mantuvieron al público más enganchado a la televisión que de costumbre.

Con un solvente reparto encabezado por Donald Sutherland en uno de sus papeles más recordados, La invasión de los ultracuerpos dejaba atrás la psicosis anticomunista y el macarthismo que habían impregnado su antecesora para centrarse en mostrar una distopía de lo más inquietante. La película juega magistralmente con el suspense y el terror psicológico que derivan de su angustiosa atmósfera, dentro de la cual siempre cabe espacio para dudar sobre quién es quién, humano o marciano. Para desembocar por supuesto en esa inolvidable escena final donde Verónica Cartwright, en su eterno papel de sufridora del Un, Dos, Tres, hace un descubrimiento espeluznante rematado por unos créditos finales sin música ni sonido.

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