Quinta y última entrega de las aventuras de Harry “el Sucio” Callahan que llegó cuando nadie se la esperaba tras el estreno de Impacto Súbito cinco años antes. Siguiendo la pauta habitual en su carrera, Clint Eastwood aceptó retomar el personaje para compensar a Warner del más que probable fracaso de Bird, filmada antes pero que se estrenaría después. La idea no era mala. De hecho parecía una apuesta sobre seguro tras la excelente taquilla cosechada por Impacto Súbito (la mayor de la saga), pero esta vez las cosas no funcionaron igual.

Cediéndole los trastos de dirigir a su amigo Buddy Van Horn y trabajando sobre el guión de un tal Steve Sharon en su único trabajo para el cine, Eastwood facturó el “largo” más flojo de los cinco, que podríamos considerar epítome de una franquicia que la Warner exprimió hasta para editar una serie de novelas. En este, Harry Callahan se enfrenta a su enésimo perturbado asesino en serie, esta vez fan desmedido de un realizador de cine de terror de poca monta al que da vida Liam Neeson. Los demás cimientos de la saga se utilizan para construir una cinta cargada hasta arriba de tópicos, pero disfrutable pese a todo si lo que uno busca es relajarse ante la pantalla sin pensar mucho. Para los anales queda la escena de la persecución con el coche de juguete explosivo, espectacular aunque esencialmente absurda por inverosímil. Como la película en sí, para qué engañarnos.

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