Mediados los años ochenta del siglo pasado, The Cannon Group (o “la Cannon” para abreviar) se sentía lista para dar el salto anhelado por sus dos mandamases, los ínclitos Menahem Golan y Yoram Globus, y codearse al fin con las productoras más grandes y poderosas de Hollywood. De este modo, se lanzaron a financiar grandes superproducciones (o lo que ellos creían que eran “grandes superproducciones”) destinadas, en teoría, a amasar una fortuna en taquilla. Lifeforce fue una de las primeras, y en vista de cómo salieron las cosas tendría que haber servido como toque de atención para evitar lo que vendría después, en forma de precipicio por el que la compañía se iría al garete.

Resumiendo, aquellos dos primos judíos, que se habían comprado unos estudios en Inglaterra y una cadena de cines con la idea de gestar un imperio global, contrataron al director Tobe Hooper creyéndole principal responsable del éxito de Poltergeist, le pasaron una novela titulada Vampiros del espacio, le dieron 25 millones de dólares, le arroparon con técnicos de primera línea como John Dysktra y le dijeron poco más o menos: “Vete al Reino Unido y haznos una película con esto como te salga del pie, porque nosotros te dejamos hacer lo que quieras”. Estaban tan convencidos de tener un blockbuster entre manos que impusieron cambiar el título, porque el de la novela original recordaba al cine de mala muerte que la Cannon solía facturar. Llegados a este punto hay que hacer un par de incisos: el primero es que 25 millones, aunque eran una pasta, tampoco eran tantos para la clase de película que se pretendía rodar. El segundo es que un director volando completamente libre sin el control de los productores, es un peligro potencial: puede entregarte una gran película, pero también hundirte en la miseria. El tándem Golan-Globus no había aprendido las lecciones extraídas de La puerta del cielo.

Y el resultado ya se pueden imaginar cual fue. Aunque para ahorrar costes la acción de la novela se trasladó desde mediados del Siglo XXI al presente, la película acabó quedándose sin dinero porque los primos no cejaron en su costumbre de financiar un montón de proyectos al tiempo que pagaban las facturas de este. El guión era flojo y tuvo que ser reescrito varias veces sobre la marcha, lo que finalmente impidió a Tobe Hooper extraerle todo su potencial. Aunque tenía buenas ideas, Lifeforce quedó irregular, un tanto aburrida y fracasó merecidamente en taquilla. Hoy se la considera peli de culto, pero por muchos homenajes a la Hammer que esconda y demás argumentos esgrimidos por sus fans actuales para elevarla, sigue sin funcionar. A ver: cuando quienes están haciendo una película que no sea porno filman a una tía despelotada casi en cada escena, están reconociendo implícitamente que algo no marcha bien. Porque intentar esconder los defectos de una peli tras un par de tetas (en este caso majestuosas, todo hay que decirlo) es un cliché imperecedero. A lo mejor es por eso por lo que Lifeforce es peli de culto. Pero claro, la mayoría de quienes así la ven jamás te lo reconocerán.

¿Qué es lo único que si se incluye en una película tiene el éxito asegurado? Pues eso.

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