El éxito de Acorralado y su final abierto en contraposición al de la novela original de David Morrell, auguraban la llegada de una secuela que finalmente desembarcó en los cines en pleno reaganismo, lo que fue aprovechado por Sylvester Stallone para facturar uno de los productos más repulsivamente fascistoides en la historia reciente de Hollywood. Para hacerse una idea del daño hecho por los neoconservadores a todo, así en general, pero especialmente al cine, baste decir que en apenas seis años pasamos de El cazador o Apocalyse Now, muy críticas con la intervención estadounidense en Vietnam y sus consecuencias, a esto, una película en la que el protagonista gana la guerra él solo restituyendo de paso el maltrecho orgullo de su país. Las limitaciones de un guión pueril lleno de frases estomagantes y fantasmadas, han convertido a Acorralado Parte II en una comedia involuntaria sumamente disfrutable en la actualidad (siempre lo ha sido, pero ahora las costuras se le notan aún más), aunque también deja espacio para la reflexión. No en vano la película es ilustrativa de un periodo de nuestra historia del cual todavía no hemos salido ni saldremos en el corto plazo, caracterizado por la imposición a la sociedad de un ideario ruin que la ha conducido a su infantilización y del que el cine se convirtió, a partir de los años ochenta, en mezquino instrumento propagandístico.

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