En la Marsella de 1925 Alain es un boxeador que se mete en un buen lío cuando se niega a obedecer al chantaje de un jefe de la mafia local para amañar un combate. Con su cabeza pendiente de un hilo intenta poner tierra de por medio huyendo a América junto con una antigua prometida, que encima es también la chica del gánster. Pero el plan fracasa, y tras matar al hermano del mafioso durante una refriega cuando trataban de pescarle, Alain toma una decisión desesperada: ocultarse alistándose en la Legión Extranjera para ser enviado al norte de África, donde Francia sostiene una guerra colonial sin tregua contra los rifeños marroquíes liderados por Abd el-Krim.

Al final de los años 90 la estrella de Jean-Claude Van Damme se tambaleaba, y para tratar de apuntalarla esbozó un plan ya probado con anterioridad por otros héroes del cine de acción como Stallone o Schwarzenegger, consistente en alejarse de sus registros habituales para hacer algo distinto buscando “desencasillarse”. De este modo, el de Bruselas unió fuerzas con un viejo conocido suyo (Sheldon Lettich, que le había dirigido en sus primeros éxitos) para escribir un guión de acción pero que ponía más énfasis en el drama y dejaba a un lado las artes marciales y los mamporros en general. Parecía una buena idea, y la presencia en el cast de Peter McDonald (con mucha experiencia trabajando en segunda unidad, pero conocido como el director accidental de Rambo III) y un plantel de actores británicos de “serie media” entre los que destacaban Steven Berkoff o Nicholas Farrell, ahondaban esa impresión. Sin embargo, y como suele ocurrir en estos casos, la cosa salió mal; tanto que la distribuidora americana no quiso estrenar la película en cines, optando en su lugar por exhibirla en la tele por cable y demás segmentos del llamado “mercado secundario” como el DVD.

El caso es que Soldado de fortuna (su título original, Legionario, resulta mucho más elocuente) no es tan mala. Desde luego tampoco es buena: el guión es simple como la mentalidad de un votante de extrema derecha, y está repleto de todos los tópicos y lugares comunes que se nos puedan ocurrir en esta clase de estofados bélicos, lo que le resta emoción. Pero igualmente, tampoco cabe engañarse: esperar más de una película como ésta sería ridículo, y partiendo de ahí y de que su duración apenas rebasa la hora y media, resulta lo bastante entretenida como para permitir cierta diversión apostados frente a la tele en una tarde de fin de semana. Siempre y cuando tengamos la precaución de apagar el cerebro hasta que lleguen los créditos finales, por descontado.

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